En diversas instancias, y desde este mismo espacio de opinión, se han presentado expresiones de preocupación ante la poca profundidad, falta de solvencia y carácter inmediatista de las propuestas de políticas educativas de las candidaturas para las elecciones generales de agosto.
No es lo deseable, pero es penosamente comprensible que los documentos presentados por las candidaturas al Órgano Electoral Plurinacional (OEP) con sus programas de gobierno se caractericen por contener ideas básicas, incluso obviedades, que les permita, posteriormente, tener un margen de ajustes y de gambeta política a la hora de ser exigidos para entrar en detalles operativos y en posicionamientos ideológicos.
Queda claro que la educación no será uno de los temas prioritarios para quien logre ganar las próximas elecciones; todos, en el fondo, se autocomprenden como gobierno de transición y de ajustes económicos de urgencia; en todos los casos muestran una visión de país de corto plazo. En el marco de este cortoplacismo es natural que la educación tenga un papel marginal en las propuestas.
Un grupo de candidatos comprende la educación como una carga económica y logística de la cual el Estado debe liberarse, un servicio, como cualquier otro, que cada persona debe procurarse en función a sus posibilidades económicas, un producto más que debe ser regido por las leyes del mercado. El otro grupo tiene una mirada de la educación como un derecho que debe tener al Estado como garante y principal responsable, para equiparar oportunidades y condiciones. Unos y otros hablan de calidad educativa, pero la reducen a logros de cobertura y/o a que el país ocupe posiciones en los rankings comparativos entre países.
Ninguno comprende que las políticas educativas solo se dimensionan correctamente cuando acompañan una visión de país a mediano y largo plazo, cuando están articuladas a virajes de la matriz productiva, a procesos de autocomprensión y articulación de todos los sectores de la sociedad, a procesos de generación de escenarios de convivencia respetuosa y de condiciones para responder a un futuro altamente incierto.
Una mirada a mediano y largo plazo, que vaya más allá de las urgencias y las tensiones políticas actuales debiera comprender que el tema de fondo no es sólo volver a tener una estabilidad económica relativa basada en la misma matriz extractivista, volver a una estabilidad social y política relativa basada en la simple tolerancia de compartimentos socio culturales estancos y con una rivalidad permanentemente contenida.
En este proceso electoral no hay miradas socialmente ambiciosas, no hay más que horizontes repetitivos y, en ese contexto, es más que comprensible que las propuestas educativas sean inmediatistas. Solo ante horizontes sociales ambiciosos y desafiantes, la educación encuentra su papel no solo reproductor sino transformador; cualquiera sea la ideología que esté detrás, una visión de país de horizonte amplio no solo convence a la población, sino que también la moviliza.
Si deseamos continuar siendo un país que provee intermitente energía o materias primas, a costa de sí mismo, entonces es suficiente pensar en una educación simplemente reproductora y de mínimos. Si, por el contrario, nos atrevemos a pensar no solo en éstas, sino en las futuras generaciones y proyectamos cambiar la posición que el país ocupará en los nuevos escenarios globales, la educación ocupará un papel protagónico y transversal en la discusión y la acción política.
Se trata entonces de alcances de visión. Miradas más “chatas” presentan ideas igualmente “chatas” de educación; miradas más ambiciosas, presentan comprensiones más amplias de la educación y su papel en la sociedad.
Todo muestra que en estas elecciones nos deberemos conformar con las primeras miradas y esperar que, una vez superada la emergencia nos preguntemos: ¿y ahora, qué…?
*Luis Fernando Carrión Justiniano es Ph.D., educador e investigador boliviano




















































































