¡Fuera el ejército de las minas! fue la consigna que desde 1965 hasta 1982 agitó la población boliviana para poner fin a la dictadura militar: las minas resumían el sentimiento nacional para una convivencia democrática y pacífica, el gobierno para los civiles, los militares a las fronteras. Al ser los mineros la fuerza social más importante del país, con un discurso antimperialista y de justicia social, fueron cercados los campamentos con un dispositivo militar; en el caso de Siglo XX-Huanuni: Uncía, Catavi, Challapata, Playa Verde, Vinto, Oruro. El justificativo no era otro que los calificativos de subversivos y agentes del castro-comunismo.
Hoy en el mismo espacio, Llallagua —ya no hay campamentos mineros— se festeja la llegada de un destacamento militar para defenderse de los ayllus y el ‘narco-terrorismo’; ¿qué pasó para causar esta mutación?
En una comunidad lo principal es la convivencia, para lo cual es necesario determinar el rol y función de cada uno de los grupos y personas. En un campamento minero —complejo industrial— esa convivencia lo garantizaba la empresa y el sindicato; cualquier alteración era repudiada y sancionada. Así para las fiestas sociales había que recabar permiso, la ausencia en el trabajo era sancionada no sólo con el no pago de la jornada, sino también con la suspensión de la pulpería; en ese sentido la ama de casa era la más interesada en que el esposo no falte. En una comunidad hay una serie de actividades que se hacen en común: las luchas sociales y reivindicativas, el deporte, los actos culturales, religiosos, cívicos y políticos, todo concatenado; el sindicato era el eje de la vida ciudadana. Esa manera de convivir creó una identidad minera, que, al propagarse, se universalizó; el sindicato, sujeto colectivo, ponía en cuestionamiento la democracia liberal. Es contra esta forma de convivir que se volcaron los militares, asumiendo ellos el mando y el orden.
El modelo neoliberal destruyó el campamento, lo despobló y desapareció la solidaridad; en el campo del mercado, la creatividad y emprendimiento individual era la manera de sobrevivir; se creó las cooperativas, eufemismo para tapar la producción individual y de alto riesgo; con el pasar de los años se agotaron las zonas preparadas por la empresa; cada vez más se reduce el área de trabajo y aumentan los riesgos; la fuerza laboral experimentada se agotó, fue reemplazada por la juventud de los ayllus.
El cambio laboral trajo el cambio de residencia. Se vació el campo y se fue poblando la ciudad de Llallagua, los abandonados campamentos mineros fueron ocupados por los ayllus y se crearon urbanizaciones propias: Sakamarca, Golf, Villa Candelaria, también incursionaron en el transporte, el comercio y llenaron las aulas escolares y universitarias. Su actuar, con el voto comunitario, les ha permitido dirigir tres veces la Alcaldía y dar sucesivos triunfos a la papeleta del MAS-IPSP; el icono en las anteriores elecciones fue Arce, bailando el tinku.
La antigua población se fue acomodando a la nueva realidad, ocupada en responder a la demanda del mercado y los servicios, en muchos casos fue desplazada de la función pública; paralelamente la universidad obrera, creada para acompañar la cadena productiva minera, abrió sus puertas a carreras liberales, causando un crecimiento poblacional foráneo y temporal, que multiplica las necesidades a ser satisfechas. Llallagua no ve un desarrollo sostenible y no ha encarado, como en toda la nación, la pluriculturalidad.
Una semana antes del bloqueo, Llallagua era atormentada por filas de tres kilómetros en busca de combustibles, los mercados desbastecidos, la impotencia de las autoridades municipales y las organizaciones sociales sólo clamaban el cumplimiento de compromisos de la ANH y de EMAPA, sin entrar a la acción directa. El bloqueo agudizó la situación; el desbloqueo enfrentó a los civiles, despertando sentimientos racistas, que con la presencia militar se acrecentó.
El gobierno, con una lógica del desgaste, no abrió la negociación y solución pacífica, los cuerpos mediadores fueron ignorados: defensor del pueblo, parlamento, la COB cooptada. Al final la estrategia triunfó, el movimiento fue desbaratado en Llallagua, y en el resto del país se diluyó. Pero la amenaza es clara: el gobierno, al no solucionar los problemas, recurre al ejército como salvadores, como si los civiles estuvieran de más.
(*) José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero
















































































