En la Amazonía y la Chiquitanía bolivianas, las mujeres son el corazón latente de una revolución silenciosa. Son guardianas de ecosistemas, constructoras de soluciones y pilares fundamentales en la búsqueda del equilibrio entre el sustento familiar y la protección de los bosques. Su manejo de productos del bosque como la castaña, la almendra chiquitana y el asaí representa mucho más que una actividad económica, sino un acto de sabiduría ancestral renovada. Trabajan en conjunto con sus comunidades, complementando roles y sumando fuerzas, adaptándose a desafíos actuales sin perder su esencia, y en alianza con otros actores de la cadena de valor. Su enfoque muestra que la verdadera sostenibilidad nace de la colaboración.
Quiero compartir historias como la de Mayerlin Hurtado, secretaria de Medio Ambiente en la Asociación Indígena de Recolectores Muije. Su trabajo va más allá de la recolección: ha sido clave en impulsar las certificaciones orgánica y de comercio justo para la castaña, añadiendo valor al producto mientras protege los bosques. Coordina con hombres y mujeres de su comunidad en campañas de reforestación y prevención de incendios. Ella explica que cuando cuidamos el bosque, el bosque nos cuida a todos. Su liderazgo no se impone, se construye día a día junto a su gente.
En San José de Chiquitos, la joven Yuliana Chamo, de 23 años, ha redescubierto el valor de la almendra chiquitana y lo ha convertido en un proyecto comunitario. Comenta que este fruto era parte del paisaje hasta que entendieron que podía ser parte de su futuro. Lo que comenzó como una pequeña iniciativa local hoy se ha convertido en un emprendimiento comunitario que muestra cómo la unión estratégica entre conocimientos tradicionales y visión de mercado puede generar oportunidades tangibles para toda la comunidad.
La historia de Erica Pérez en Yororobá es igualmente inspiradora. Transformó el aceite de copaibo en una fuente sostenible de ingresos, demostrando que es posible aprovechar los recursos del bosque sin agotarlos. Ella afirma que no se trata de extraer, sino de convivir. Su enfoque ha permitido que hombres y mujeres trabajen juntos en una cadena de valor que beneficia a todos mientras protege el ecosistema. En la comunidad Porvenir, en el Territorio Indígena Bajo Paraguá, está la historia de Mariela Mendía, quien, junto a otras mujeres, lleva adelante la planta despulpadora de asaí. Desafiando los roles tradicionales, y sin dejar de ser una mamá al cuidado de sus hijos, asumió un rol productivo y de proveedora en el hogar.
Estas historias y muchas más nos llevan a reflexionar en el Día Internacional de la Madre Tierra, 22 de abril, y nos recuerdan que el progreso existe cuando incluye y fortalece a todos los miembros de la comunidad. Apoyar a estas mujeres significa reconocer su papel como agentes de cambio, como puentes entre tradición e innovación. Comprar sus productos, valorar su trabajo y amplificar sus voces son acciones concretas que todos podemos tomar.
Ése es el desarrollo que necesitamos: un camino que se construye con decisiones conscientes, como elegir productos que nacen de comunidades guardianas del bosque. Es el liderazgo transformador de mujeres que convierten obstáculos en oportunidades, tejen redes de colaboración y crean valor compartido para sus territorios. Su ejemplo nos llama a ser parte activa de este modelo, donde cada elección de consumo respalda su labor y asegura un futuro en el que humanos y naturaleza prosperen en equilibrio.
Ruth Delgado es gerente de proyectos de Cadenas de Valor y Producción sostenible
Fundación Amigos de la Naturaleza




















































































