“Estamos haciendo las gestiones”, repiten hoy en día nuestras autoridades electas, las cuales, usan este y otros eufemismos para justificar un trabajo que realmente no se ve. Hablan de consenso, diálogo e incluso propuestas – las cuales casi nunca aterrizan en algo concreto –, eso sí, siempre bajo el paraguas de la deliberación, como si esta competencia fuese abstracta e indefinible y no es así.
Es recurrente escuchar que los entes legislativos, en los diferentes niveles de gobierno, organizan ferias gastronómicas, actividades para emprendedores o actos festivos por efemérides como el día de la madre. Sin embargo, al parecer ellos como la población, desconocen que esa no es su función, sino una tarea exclusiva de los órganos ejecutivos.
Si bien estamos acostumbrados a exigir fiscalización y legislación – que tampoco presentan resultados tangibles –, muchas veces dejamos de lado la deliberación, la cual no tiene nada que ver con asistencialismo o labores ejecutivas. Es plausible, sí, que un concejal regale rosas por la calle por el Día de la Mujer cual Romeo en conquista, o que un diputado organice una feria para emprendedores nacionales, pero dichas acciones, por más buenas que parezcan, son nada más y nada menos que paliativos, extensiones de campaña y no medidas estructurales a largo plazo.
La deliberación, desde su concepción más básica es analizar, confrontar ideas con argumentos, propuestas y necesidades de la población antes de tomar una decisión oficial. Y no, no se trata solamente de emitir un voto mecánico en el pleno o hemiciclo, sino se trata de un proceso complejo, sistémico y lógico que acarrea consecuencias y responsabilidades. Lamentablemente, en el escenario político actual, se esquiva dicha responsabilidad, no solo recurriendo al silencio u omisión, sino, mucho peor, a la narrativa estéril y cínica.
Esto se refuerza con las redes sociales, las cuales han reconfigurado y distorsionado la manera en que se entiende el deber de un órgano deliberativo, fiscalizador y legislativo y sus funciones. Hoy en día vemos videos, muchos de ellos, en diferentes formatos y presentaciones, desde los más básicos hasta los más producidos, los cuales se asemejan más a un spot de campaña que uno de gestión, donde la diferencia es y debería ser simple: el resultado.
Al ser autoridades electas y representativas su labor debería trascender el discurso, la retórica y, sobre todo, la demagogia. Pues los legisladores cuentan con instrumentos legislativos y fiscalizadores, además de insumos como mobiliario, equipamiento e infraestructura para hacer un cambio real.
La deliberación no pasa por una intervención airada e innecesariamente extensa, ni mucho menos por la emisión de instrumentos que no generarán un cambio o en palabras sencillas, instrumentos para la foto; tampoco por normas sacadas del bolsillo sin pies ni cabeza, mucho menos por declaraciones a medias que solo buscan likes. Pasa por la simple y sencilla premisa de buscar algo que hoy, lamentablemente, los órganos deliberativos ven como un mito; una gestión por resultados.
*Es Magister en Gestión Pública y Gobierno















































































