En esta carrera electoral la búsqueda de razones para decidir cómo votar es más interesante que sus resultados.
León Rozitchner decía que, tras las dictaduras militares, la democracia actual fue concedida y condicionada a ser la continuación del terror económico por otros medios. Esta democracia incompleta fue aceptada como “el mal menor”.
En Bolivia, el proceso de cambio institucionalizó el deseo de superar el terror originario y de allí nace el Estado Plurinacional. Sin embargo, hoy enfrentamos una derrota simbólica profunda: las encuestas electorales muestran que el sentido común valora más los proyectos neoliberales de los 90 que los cuestionamientos al poder. La traición del gobierno de Luis Arce al proyecto político es una causa, pero hay otras donde también se inscribe la derrota.
Me parece importante escuchar a quienes apoyan la candidatura de Andrónico Rodríguez desde una posición militante y no oportunista. Compañeros que se reconocen parte del bloque nacional-popular y priorizan su representación en la Asamblea. Sus argumentos son válidos, pero no generan entusiasmo. Hoy, la línea que divide el campo político es clara: el reconocimiento o la negación de la proscripción ilegal e ilegítima de Evo Morales y del movimiento indígena originario campesino. Andrónico y muchos en Alianza Popular relativizan esta verdad como parte de su estrategia electoral. Es también derrota que quienes dicen representar al bloque popular, lo diluyen buscando votos por fuera. No sería grave si fuera una táctica, pero sí cuando es renuncia.
El hecho de que Andrónico se diferencie de Evo presentándose como “izquierda democrática” revela más miedo que renovación. Asumo la responsabilidad de haber proyectado en él una herencia simbólica que quizás no le interesa. Con esta derrota encarnada en su figura, perdimos además una oportunidad de discutir cómo se ha transformado el sujeto histórico revolucionario con el proceso de cambio.
Frente a esto, el voto nulo no es evasión, es posicionamiento. Es la opción que reconoce sin ambigüedades que la proscripción de Evo y del movimiento indígena originario campesino es ilegal e ilegítima. Además, contiene el espíritu de ruptura con la democracia aterrorizada. Ese espíritu que fundó el Estado Plurinacional, hoy, en clave de derrota, debe al menos poder abrir debates vivos.
Yo decidí votar nulo por eso. Porque hay más potencia creativa en asumir esta derrota que en volver al “mal menor”. Dicen que el voto nulo “le hace juego a la derecha”, pero mientras sigamos votando al “menos peor”, la derecha siempre gana. Lo admito: antes despreciaba el voto nulo ideológico, pero esta vez creo que carga los cuerpos proscritos detrás y no es una virtud, es una miseria de nuestra realidad.
La democracia como la conocemos funciona mal, y no solo en Bolivia. En todo el mundo se vacían los sistemas de representación, se vota sin elegir y se debilitan los contrapoderes. Votar nulo en Bolivia es una denuncia que puede no quedar en lo testimonial si se contagia.
Canela Crespo Sánchez
es tan boliviana como internacionalista
















































































