A mediados del siglo XVI, caravanas de burros y llamas recorrían el Camino Real entre Potosí y Arica. De un lado, llegaban bienes europeos; del otro, partía la plata potosina hacia dos rutas globales: una por el Atlántico rumbo a Sevilla, la otra cruzando el Pacífico hasta Filipinas, donde los galeones españoles intercambiaban el metal con comerciantes chinos frente al puerto de Cantón.
La abundante plata llegada a España desde América aumentó la oferta monetaria y provocó una inflación conocida como la “revolución de precios”. Otros países europeos aprovecharon vendiendo bienes a la Península y acumulando plata, mientras España sufría un creciente déficit comercial.
Felipe II financió sus guerras y proyectos imperiales, como la Guerra de los Treinta Años, con préstamos respaldados por la plata de Potosí. Así, buena parte del metal precioso se dispersó por Europa a través del pago de deudas y comercio exterior.
Esta plata permitió a Europa insertarse en el comercio global, especialmente con China, que tenía poco interés en los productos europeos, pero sí valoraba enormemente la plata, usada como base de su sistema monetario.
China, principal socio comercial de Europa, tenía un sistema monetario más avanzado. Marco Polo, durante la era de Kublai Kan, describió el uso de papel moneda sellado por el emperador, un concepto desconocido en Europa en ese tiempo.
Este sistema, que existía desde el siglo X, permitió a China administrar políticas monetarias complejas, enfrentando inflación, recesión y especulación, hasta consolidar un manejo efectivo de su moneda fiduciaria.
La política monetaria fue responsabilidad del Estado imperial y, por tanto, era una forma de ejercer el poder, el cual tenía la responsabilidad de garantizar la estabilidad del valor de la moneda. Parte importante de la actividad económica de China era la agricultura y una desvalorización de la moneda que creaba conflictos en el campo y ponían en cuestión el poder del emperador.
Fue necesario un proceso de acumulación de reservas en plata, que se designó como la silverización. En caso de desvalorización de la moneda, el Estado debía comprar moneda Fiat con activos de valor para corregir la situación. Para hacer más compleja la situación, existían acaudalados comerciantes que también silverizaban sus activos para especular con los precios y la moneda.
En 1661, Suecia se convirtió en el primer país de Europa en utilizar billetes y tiempo después, a finales de esa misma década, puso en marcha lo que acabaría convirtiéndose en su banco central, el Riksbank.
Es fácil imaginar que la demanda de plata de China aumentaba continuamente, lo que determinó que en el “galeón de Manila” y en el puerto de Cantón el precio de la plata se elevara. En efecto, en las zonas que destacamos, con 6 gramos de plata se compraba un gramo de oro; en cambio, en el continente europeo esa relación era 12 a 1.
Respondiendo a la interrogante de este artículo: claro que sí tienen relación. La plata del Cerro Rico de Potosí permitió que Europa comerciara con civilizaciones más avanzadas y que no sólo se beneficiara con el consumo de la seda y otras maravillas, sino que emulara a China para construir un sistema monetario. La historia moderna nos transmitirá los beneficios que Europa obtendría del sistema financiero, que derivaría sucesivamente en las posiciones de potencia colonial, imperialismo abierto y finalmente de la banca transnacional de nuestros días.
(*) Jaime Jordán Costantini es doctor en Economía y docente universitario















































































