Empieza a parecer que el principal problema comunicacional del gobierno central no está en sus herramientas, ni vocerías, ni errores tácticos, sino en el punto de partida. En la hipótesis desde la cual se entiende (y plantea) el liderazgo y, en consecuencia, la comunicación política. Paz llegó al poder en condiciones que nadie puede leer como la consolidación de un proyecto político consistente. Su victoria responde más bien al (des)orden del sistema político boliviano, antes que a la regularidad de una construcción programática.
Sin embargo, en lugar de asumir esa realidad como contingencia y fragilidad, su gobierno ha optado por narrarse a sí mismo como un hecho excepcional. Casi como una irrupción (pre)destinada a reconfigurarlo todo, respondiéndose así al dilema ya conocido de: gobierno de transición o de cambio.
Ese gesto no es aislado. Es, más bien, profundamente contemporáneo. Forma parte de un tipo de liderazgo que ha abandonado la lógica política tradicional para abrazar una narrativa más cercana a la del mundo corporativo de los tecno-bros (que hoy disputan el poder mundial) y que busca nutrir a lo público de una matriz cultural ampliamente extendida: la industria de la autoayuda, el coaching y la promesa de que la voluntad individual puede sustituir estructuras, procesos y conflictos. Trasladada a la política, esta promesa depositada sobre los actores produce una idea tan seductora como problemática: que la comunicación puede reemplazar a la política.
Es precisamente ahí donde convergen varios de los problemas del gobierno de Paz. Si predomina la creencia de que el éxito electoral fue producto de una narrativa inédita —una suerte de hazaña frente a los “molinos” de los grandes medios, impulsada por una estrategia digital inmejorable— entonces es fácil tropezar con la tentación de intentar extender esa misma lógica al ejercicio del gobierno: gobernar no puede ser prolongar el momento electoral.
Pero, sobre todo, no es posible resolver mediante comunicación los problemas estructurales con los que se inicia una gestión. La insistencia en esa continuidad no solo está reduciendo la eficacia de la comunicación, sino que la vuelve contraproducente: cuanto mayor es la brecha entre el relato y la experiencia cotidiana, mayor es el desgaste.
Así, más que un problema de gestión, el gobierno parece estar frente a un problema de concepción. La narrativa heroica, el mito del predestino dinástico y la insistencia en una excepcionalidad que camina hacia la transformación definitiva son percibidas como distancia cuando la realidad exige gestión, negociación y, muchas veces, reconocimiento de límites. En ese contexto, la comunicación deja de ordenar y comienza a ser parte del ruido.
El punto, entonces, no es ajustar la estrategia, sino revisar el supuesto de partida. Desmitificar el liderazgo no implica debilitarlo, sino fortalecerlo haciéndolo operativo, aceptando que no hay épica que sustituya la gestión, ni relato que reemplace la política. Y que la comunicación, lejos de ser un atajo, es una herramienta que requiere procesos.
La reciente incorporación de un vocero de gobierno podría abrir una oportunidad en esa dirección. No tanto por lo que (no) se conoce de su desempeño comunicacional, sino por la posibilidad de introducir una lectura más analítica en un momento que requiere más realidad que retórica. Posibilidad que convivirá con una tensión interna evidente: la de sostener la lógica de la campaña a lo Cerimedo, prolongando la mitificación como si el tiempo electoral no hubiera terminado versus la necesidad de asumir la densidad del presente con herramientas menos espectaculares y -vaya casualidad- más pragmáticas.















































































