Jacques Derrida en el año 1997 nos brinda una hermosa conferencia titulada “El monolingüismo del otro”, en ella Derrida señala y sentencia: “No tengo más que una lengua, no es la mía”. Con esta reflexión Derrida desarrolla algunas conclusiones: (1) que toda lengua es colonial, es decir, basta con trazar la historia política de las lenguas para advertir las violencias sobre las cuales se asientan. ¿Por qué hablamos castellano? ¿Qué violencia nos ha llevado a hablar esta lengua y no otra? El dominio de una lengua se ha hecho siempre al precio de la sustitución y extinción de otras lenguas bajo el pretexto de unidad y cohesión soberana, así el colonialismo de –y en– la lengua es estructural.
El gesto en los países con pasado colonial de que se pueda aprender la lengua indígena como lengua optativa es una declaración colonial, es decir, tu libertad de aprender o no la lengua indígena es una libertad situada en un orden colonial. (2) La lengua es una invención política, es decir, ¿acaso no ha sido el Estado, la nación y/o el Derecho el que ha impuesto una lengua? ¿La imposición de una lengua no ha supuesto la extinción de otras lenguas? En toda reorganización nacionalista la exigencia de la lengua correcta ha sido una constante política incluso desde el mito de la torre de Babel, a la que Derrida le dedica una extensa reflexión.
Finalmente (3) La lengua materna no existe, toda lengua es un resultado histórico, y ¿hasta dónde debemos buscar la lengua de los orígenes y a la vez encontrarnos con una madre sustituta? En el lugar de los orígenes Derrida nos dirá –siguiendo a Nietzsche– que lo que hay es una prótesis de origen, una suplantación, una decisión de punto de partida, una lengua dominante como cuestión política.
El monolingüismo del otro se convierte así en un manifiesto que en el fondo nos está interpelando a pensar que no tenemos una lengua sino que una lengua nos tiene a nosotros, y será en esta expresión de dominio que ya nos resulta imposible hablar de política sino es de manera situada, es decir, bajo alguna relación de poder. El solo hecho de problematizar la política es en sí un actuar político en unos márgenes también políticos.
Un dato biográfico de Derrida puede colaborarnos a entender su interpelación con la lengua. Derrida, nació en 1930 en Argelia, vivió la impronta política alemana entre 1940-1943 que mediante un decreto se quitaba el derecho de ciudadanía francesa a los argelinos judíos. Derrida fue expulsado del instituto francés en el que estudiaba. La lengua materna de Derrida era el francés, pero mediante una medida política se le recordaba que esa lengua no era la suya, y claro, un argelino debía hablar sefardí o árabe no francés.
Por ello, detrás de toda lengua está también la reflexión sobre el otro, es decir, el que es extranjero y en consecuencia no habla, o no debería hablar nuestra lengua. Esta diferencia entre unos y otros es el comienzo de la violencia. Tanto en la hospitalidad al otro está presente la hostilidad al otro. Para Derrida debemos soñar con una hospitalidad incondicional, una hospitalidad para mañana. Esta reflexión será la base de Derrida para hablar de una democracia como una promesa para mañana, para cuando la violencia no sea el punto de partida para convocar a la hospitalidad y/o a la democracia.

















































































