El cambio de gobierno de hace dos semanas, que parecen meses por todo lo que está sucediendo, marcó un hito por la dimensión de los aparentes cambios: se estaría dejando atrás a autoritarismos, demagogia y desmedidos niveles de corrupción.
Es natural, entonces, estar atentos a cada mensaje y señal. Las expectativas son enormes, por no decir ilusiones. La sensación del cambio ha generado esperanza, y eso, más que una buena nueva para las autoridades entrantes, es una enorme responsabilidad.
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Una de las primeras señales fue el giro visual que recorrió el mundo digital horas antes de la transmisión de mando, cuando numerosas entidades estatales reemplazaron la foto de perfil de sus redes por el logo del nuevo gobierno de Rodrigo Paz. La chacana dejó su lugar al escudo, rodeado por un círculo amarillo con el rótulo “Presidencia del Estado”. El gesto, inmediato y cargado de simbolismo, fue notorio.
Tal cambio busca unificar la identidad visual del Estado con símbolos considerados representativos de la unidad nacional, revirtiendo la estética del gobierno anterior, que impuso la chacana por decreto. Antes, en la gestión previa a Arce, también hubo variaciones recargadas y andino-centristas que, pese a invocar la pluralidad y la descolonización, fueron aspectos que no se trabajaron seriamente. La estética del masismo no pudo ocultar sus contradicciones.
La imagen actual opta por un enfoque más tradicional, un diseño luminoso y respetuoso del nombre constitucional de Estado Plurinacional. En varias actividades públicas está la wiphala junto a la bandera nacional y la del patujú, algo que se debe celebrar, aunque haya diferencias en el valor simbólico para distintos grupos sociales. Los emblemas deben comprenderse y gestionarse con respeto, libres de los usos manipuladores del pasado.
En cuanto a la narrativa en desarrollo, las comunicaciones oficiales del nuevo gobierno enfatizan la reconstrucción, reorganización y modernización del Estado, con foco en eficiencia, austeridad y transparencia. Son palabras cuidadosamente elegidas que responden a lo que se necesita escuchar.
El mensaje oficial es optimista y orientado al compromiso con la democracia y el bienestar social. Además, el presidente Paz ha mencionado la polarización, señalando que se debe construir un mejor país para todos los bolivianos: sin odios, sin división y sin persecución.
El tono general es formal, propositivo y enérgico, con llamados a la unidad, al trabajo conjunto y a la honestidad. Abundan expresiones de voluntad política sin dejar de mostrar firmeza ante prácticas irregulares. Salvo el temperamental vicepresidente —caso aparte—, el discurso evita la agresividad y destaca la transparencia. En síntesis, se percibe una estrategia comunicacional definida que sugiere coordinación entre la Presidencia y las demás entidades.
Ahora bien, más allá de lo formal, uno de los grandes retos, además de seguir avanzando hacia la inclusión e igualdad de oportunidades, es la resbalosa congruencia. Aunque suene obvio, es crucial que el discurso se traduzca en acciones y cambios verificables, si se busca construir legitimidad.
En los primeros días de esta gestión son muchos los mensajes contradictorios; es muy seria la percepción de la falta de línea programática y acuerdos internos, así como de tensión entre las primeras autoridades. En términos de marketing, la gestión de marca va bien, pero si la realidad no la acompaña, los riesgos son altos. Urge trabajar en la confianza de la palabra empeñada.
(*) Isabel Navia Quiroga es comunicadora y periodista















































































