Las elecciones de agosto dejaron como saldo la recomposición del campo político. A la manera de Octavio Paz: dijo adiós al que fue (sistema de partido predominante), se demora en el que será (sistema de pluralismo limitado). Es previsible asimismo una transición en el modelo económico: del Estado centrismo al mercado recargado. Hay quienes señalan que podría mutar también el régimen político, hoy sin consenso sobre sus reglas. E incluso algunos quisieran remover el modelo de Estado.
En ese paisaje de cambios en la política, en la economía y en las instituciones, el gran ausente es el campo mediático. El desempeño de los medios y sus operadores es intocable: algo de lo que ni siquiera se puede hablar. Como dijo hace poco, con gran candidez, un dirigente de la Asociación de Periodistas: “Los candidatos se deben a nosotros; tenemos credibilidad, tenemos principios que nos permiten trabajar de forma excelente” (sic). Ni un gramo de autocrítica, colegas.
Cierto que hay medios/periodistas que, en condiciones adversas, hacen un trabajo valioso para contribuir al derecho ciudadano a la información. Ahí están, en los procesos electorales, esfuerzos genuinos por generar agenda informativa y de opinión, entrevistar candidatos, difundir programas de gobierno, organizar debates, financiar encuestas; en fin, alentar el ideal del voto informado. Lo que preocupa es la mediocracia: medios/periodistas convertidos en operadores políticos.
La falacia del “periodismo independiente” encubre el despliegue de acciones mediáticas (unas cuidadosas, otras groseras) a favor o en contra de fuerzas políticas y candidaturas. Peor todavía: en nombre de la libertad de prensa, manipulan noticias, deslizan desinformación, agitan la guerra sucia. El gremio hasta cobija opinadores chillones que, desde sus viejos púlpitos, declaran enemigos absolutos a candidatos que no les gustan. Y ni hablemos de las peligrosas cloacas mediáticas, todavía marginales, pero ya presentes.
En un reciente estudio Delphi de la FES se pidió a los liderazgos consultados que califiquen el rol de los medios tradicionales durante el proceso electoral. Solo dos de cada 10 creen que facilitaron el debate y la información plural. La gran mayoría afirma que los medios fueron un canal más de propaganda política, amplificaron rumores y desinformación, o fueron un espacio de polarización y agresión. Semejantes percepciones, lo menos, debieran preocuparnos.
Toca mirarnos en el espejo, colegas, lejos de la sola contemplación del ombligo. La regeneración mediática es urgente e imprescindible. Ojalá llegue, más temprano que tarde, desde nuestros patios interiores.
FadoCracia debatible
- Luego de un malogrado “debate sobre el debate”, tendremos finalmente el esperado encuentro entre los candidatos a la vicepresidencia. Hay que celebrarlo. La democracia, en esencia, es deliberativa. 2. A ello se suma la posibilidad de un debate “alternativo”, en otra casa, con distinta lógica. 3. A reserva del espectáculo que nos espera esta noche en el evento oficial del TSE, queda en agenda la discusión crítica sobre las condiciones del debate electoral. ¿Quiénes lo organizan? ¿Dónde? ¿Con qué moderadores? ¿Cómo se definen los temas y las preguntas? No son cuestiones de forma. 4. La premisa es preservar con pulcritud algunos principios. El debate, por definición, es público. No puede delegarse ni menos privatizarse. 5. Es imprescindible también garantizar la equidistancia respecto a las opciones políticas en competencia. Ello implica evitar anfitriones con camiseta: no puede haber cancha inclinada. 6. Está por hacerse una norma que establezca la obligatoriedad del debate electoral en condiciones plenas de igualdad y pluralismo. 7. Hay que cuidar la conversación pública en democracia.















































































