Esa frase, que la escuchamos de abuelos, comunarios y quienes trabajan la tierra encierra una verdad que hemos olvidado. No es poesía romántica ni superstición de otros tiempos. Es conocimiento. Es ciencia empírica. Es la certeza acumulada por generaciones que aprendieron a leer en el cielo y en la tierra los mensajes que garantizan la vida.
En los pueblos de la Chiquitania y de tantos otros rincones de Bolivia la luna, los animales, los árboles, el viento y el fuego no son elementos aislados de la naturaleza. Son calendario, brújula y termómetro. Cada detalle cuenta, cada señal es parte de una red de significados. El comunario que observa la luna antes de sembrar no está siguiendo un mito: está tomando una decisión informada sobre cómo cuidar sus semillas y asegurar el alimento para su familia.
Hoy, en tiempos en que los eventos climáticos como los incendios forestales agotan la tierra, recuperar estos saberes ancestrales es más urgente que nunca. La sostenibilidad ambiental no puede ser un discurso vacío, tiene que ser práctica. Y en esas prácticas, la voz de las comunidades indígenas que han convivido con la naturaleza por siglos debería ser escuchada.
La observación de la luna no es casualidad. Muchas veces hemos escuchado decir, los ciclos lunares influyen en la humedad del suelo, en las plantas, en el comportamiento de los insectos y plagas. Lo que hoy se comprueba con estudios en laboratorios, las comunidades locales lo aprendieron a pulso, cuidando cada cosecha, comparando cada temporada, transmitiendo cada lección como consejo sagrado.
Este conocimiento profundo de la naturaleza no se estudia en las aulas, se aprende caminando el monte, observando con paciencia, cultivando la memoria. Mientras el mundo urbano corre tras una tecnología imparable, el comunario sabe leer la dirección del viento, el color del cielo, la forma en que las hormigas se desplazan antes de una lluvia. Sabe comprender que su vida está ligada íntimamente al pulso de la naturaleza.
Hoy, cuando Bolivia sufre incendios forestales, conviene detenernos a pensar: ¿qué se perdió entre ese ritual respetuoso y el descontrol actual? La diferencia es clara: para las comunidades indígenas, el preparar la tierra para sembrar esta mediado por un calendario, por prácticas colectivas, por límites definidos. La avaricia y desmedida expansión de la frontera agrícola, ese insaciable modelo extractivista que ve en la tierra un recurso inagotable para talar, perforar y vender se prende fuego sin calendario, sin ritual, sin contención.
La tragedia no está en el fuego en sí, sino en la pérdida del conocimiento que lo regula. Y aquí nos detenemos a reflexionar: no podemos prohibir sin entender. El desconocimiento de los saberes ancestrales nos muestra que estamos condenados al fracaso. La solución no es imponer desde arriba, sino escuchar a quienes han sabido manejar la tierra durante siglos. Entender ese ciclo es entender que nada es casualidad: la luna que marca la siembra, los animales anuncian la sequía, el fuego que debe ser contenido, la tierra que necesita descanso. Cada elemento es parte de un equilibrio en la naturaleza. Si no escuchamos la luna, la tierra lo siente. Y si no escuchamos a quienes llevan generaciones dialogando con ella, el futuro será muy desalentador.
Karina Sauma es directora de Comunicación de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN)















































































