El domingo electoral cerca de cuatro millones de bolivianos, el 75%, rechazaron (incluido al voto nulo) en las urnas aquella ilusión que nació hace 20 años, que luego se transformó en el proyecto político de los pobres: la derrota del bloque nacional-popular se olfateaba a priori, pero los ganadores (Rodrigo Paz y su acompañante de fórmula) no se vislumbraban. Ellos, como si fueran parte de una mitología griega, salieron de una caja de Pandora, dizque para liberar a Bolivia de un mal: Evo Morales y el MAS.
Inopinadamente, el expresidente Morales festejó los guarismos del voto nulo que él mismo promovió. Ese voto alcanzó al 19%, pero si quitamos el promedio histórico de ese voto, el 4%, en realidad estamos hablando de un 15% a lo mucho, atribuible al liderazgo de Morales. Geográficamente, el voto nulo se localizó, sobre todo, en los municipios rurales de Cochabamba predominantemente, además de Chuquisaca y Potosí. El Pacto de Unidad, ala evista, tiene control sindical en esos espacios geográficos.
En las manos de Morales estaba la posibilidad que el proyecto político del proceso de cambio no se malogre. Empero, el desemboque electoral se redireccionó hacia la derecha. Si bien los resultados electorales del voto nulo ratificaron el “efecto de poder” que aún tiene el expresidente, precisamente allí radicaba su responsabilidad política de Morales para evitar que el “proceso de cambio” no naufrague electoralmente. Pero prevaleció en él su angurria por el poder que luego se convirtió en su mezquindad política. Además, ese 15% del voto nulo que se atribuye a Morales es una victoria pírrica y simbólica: sin representación parlamentaria, con una ola electoral adversa a su forma de hacer política.
Hoy no sirve para nada esa alegría mezquina del expresidente de considerarse como el “ganador” en el campo del bloque nacional-popular, solo reveló un rasgo espantoso de su personalidad: su egocentrismo. Él y sus seguidores se vanagloriaron de la derrota de la izquierda y su consuelo sórdido, entre otras cosas, estriba en el fracaso electoral de Andrónico Rodríguez. La artillería discursiva de los evistas contra el actual presidente del Senado pasó de “traidor” a “cadáver político”.
La ilusión del exjefazo (como diría un sociólogo cochabambino) tiene un rasgo autoritario: la libertad de aplastar a los más débiles. Morales se confundió de adversario. O sea: esa jugada “magistral” del voto solo fue la cereza en la torta que sirvió para aplanar el sendero del retorno de la derecha al gobierno. (No existe duda alguna, ambas fracciones electorales en el balotaje representan a la derecha, inclusive a la extrema derecha aderezado, además, con sus discursos religiosos).
Si Morales hubiera vencido su mezquindad y hubiera apoyado a Andrónico, el bloque nacional-popular quizás no estaría derrotado electoralmente, incluso hubiera tenido la chance para la segunda vuelta. Pero, no lo hizo, prefirió alimentar su ego absurdo, en vez de proteger el proyecto del proceso de cambio.
Este accionar político del expresidente no solamente fue un complot al proceso de cambio, sino, quizás, aquí radica la cuestión perversa: el retorno de la derecha al gobierno. Karina Batthyány decía: “Las derechas representan un peligro para la democracia y los derechos humanos”. Entonces, aquí radica el principal conjuro de Morales a la democracia boliviana.














































































