La pasada verbena del 16 de julio ha sobrepasado los límites de la efeméride cívica y la fiesta popular para entrar, sin vergüenza alguna, en una demostración colectiva de excesos y descalabros debidos al consumo desmedido de alcohol. Me causa profunda tristeza afirmar que la verbena paceña, esa práctica social íntimamente arraigada a nuestra cultura ciudadana ha cruzado en el año del Bicentenario la delgada línea de la iniquidad. Como este es un tema social muy complejo, rehuimos la autocrítica para no visibilizar esa lacerante realidad.
Parece que las autoridades decidieron levantar las manos ante el desmadre de la última verbena. La noche del 15/16 he paseado por las calles y callejones aledaños al Parque Urbano Central y al Prado paceño, y testifico que esos espacios fueron tomados por comerciantes, vivanderas y automóviles (como licorerías ambulantes); y, en medio de ese zafarrancho comercial, miles de ebrios y ebrias transformaron esos sectores del centro paceño en un mingitorio colectivo a cielo abierto (24 horas después de la verbena volví a nuestro paseo patrimonial El Prado, y lugares como la acera del ex Hotel Plaza todavía destilaban intensos hedores). En el imaginario colectivo del patrioterismo andino mal entendido, en la noche del 15/16 no hay ley ni mando que valga; y por ello, una parte de la sociedad urbana, envalentonada por los excesos etílicos, espanta a cualquier autoridad.
Más allá de la visibilidad de esos excesos están los problemas estructurales. Uno: los peligros más evidentes del abuso de alcohol en fiestas colectivas residen en el deterioro de la salud pública. Para la paceñidad en su conjunto, esto se traduce en una mayor demanda de servicios de salud, y un aumento en los costos sanitarios, desviando los escasos recursos de salud en momentos de extrema incertidumbre económica. Dos: el abuso de alcohol debilita los lazos comunitarios, obstaculiza la construcción de capital social, y frena el progreso colectivo. La comunidad se vuelve menos resiliente, menos colaborativa y es incapaz de enfrentar momentos difíciles como la actual policrisis que nos tiene acogotados. Tres: Y, por último, queda la imagen de la juerga interminable como un paradigma “educativo” para las nuevas generaciones.
No soy un pechoño y me gusta la fiesta. Pero, esta celebración de los excesos se realiza en espacios públicos emblemáticos del centro paceño. Allí, nativos y turistas, vivimos la naturalización del descalabro y eso es, socialmente, nefasto.
A futuro tenemos dos alternativas. Para recobrar el orgullo de ser paceñas y paceños debemos recuperar la institucionalidad en las fiestas populares y cívicas con mayor control policial y municipal de bebidas adulteradas, del comercio informal, y con la instalación de cientos de baños móviles o químicos. Por el contrario, si continuamos por la ruta del descalabro, debemos suspender estas demostraciones colectivas para salvaguardar la salud mental y física de las futuras generaciones.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto















































































