Ludwig Von Mises decía que la inflación era como un arma de destrucción masiva. Esta afirmación guarda mucho sentido porque actúa sin previo aviso; una vez liberada, es muy difícil detenerla; no distingue entre la población afectada, aunque termina recayendo en los más pobres y desplazados, y puede dejar secuelas de largo plazo. Con una inflación viajando al 19% en términos interanuales, la escalada inflacionaria en Bolivia ha roto récords de hace 30 años. Analicemos la anatomía y prospectiva de esta crisis inflacionaria.
El primer repunte inflacionario provino del aumento de costos de producción a causa del desdoblamiento del tipo de cambio. En Bolivia tenemos varias anclas nominales, una de ellas —hasta hace poco— era el tipo de cambio cuyo valor influye en los bienes importados. Cuando la sicurí de la inflación despertó —al son del tambor de los movimientos devaluatorios— los bienes de origen extranjero comenzaron a erguirse en una fina danza envolvente. En un principio, esta inflación de costos fue muy moderada, casi imperceptible al ojo humano de los incautos consumidores que arropados por la melodiosa sinfonía no lograron percatarse cómo la sicurí los iba envolviendo centavo a centavo. A esto, los yatiris económicos le llaman inflación de bienes transables que ha superado el 25%.
Luego de la danza del dólar, le siguió el desfile de los precios relativos. Después de que los precios de los bienes importados subieron, le siguió el de los bienes nacionales con dependencia a la importación en su estructura de costos y que luego trasladaron su costo a los compradores. Durante el primer año de alta inflación, las alzas provocadas por la sicuri inflacionaria fueron disimuladas por anuncios de cambios de temporada y bajo la promesa de que todo volvería a la normalidad. Otros rubros de bienes no transables, como los servicios, no mostraban alzas importantes, lo que mantenía viva la esperanza. Sin embargo, a medida que la brecha entre el dólar paralelo y el oficial continúo ampliándose, el traspaso del costo a los bienes finales fue en aumento, difuminándose en todos los precios relativos de la economía. En términos agregados, por dólar que sube en 1% la inflación se eleva en 0,15%.
La economía ha ingresado en una tercera fase de inercia inflacionaria. La inercia ocurre producto de los mecanismos del reajuste de salarios a los precios y del surgimiento de expectativas inflacionarias primas lejanas de las expectativas devaluatorias y otros factores inerciales que arrastraron a la población a acumular productos, validando así precios más altos, generando escasez y contribuyendo al fenómeno especulativo que ya no es solamente de dólares sino de artículos de primera necesidad. El incremento salarial financiado con creación de dinero primario está reforzando esta sinfonía de precios alcistas. El Banco Central, otrora guardián de la estabilidad de la moneda —según establece la CPE—, ha perdido el control de la política cambiaria y va camino a perder el control de la política monetaria.
La inflación es profundamente regresiva, pues tres de los cinco quintiles de ingresos destinan más del 70% de su ingreso al consumo de alimentos. El descontrol de precios ha debilitado en cerca de un quinto el valor del ingreso de los bolivianos. El problema no termina con la crisis inflacionaria, sino que da lugar a otra, la de inseguridad alimentaria. Ello ocurre cuando la población no accede a alimentos seguros, nutritivos, en cantidades adecuadas para llevar una vida saludable. El lema nacional de “país con ingresos bajos, pero con alimentos baratos” parece desvanecerse. La inflación de alimentos alcanzó 24%, la de alimentos agropecuarios 30% y la de procesados 20%.
Un reciente informe de la ONU da cuenta de estos riesgos. La combinación de alta inflación sumada a la limitada capacidad de importación por la escasez de dólares nos vuelve vulnerables frente a shocks climáticos, pues la merma de producción nacional no podría ser compensada por alimentos importados debido a la escasez de divisas. Pero más peligrosos aún son los efectos de largo plazo. Bolivia está rankeada entre los países con mayor desnutrición infantil. Una mala alimentación en niños menores de 5 años podría dejar secuelas en la productividad de las próximas décadas.
Estamos entrando en una crisis inflacionaria que ocurre cuando se produce un aumento descontrolado y sostenido de precios que provoca a su vez una pérdida aguda en los ingresos nominales de la población, distorsiona la actividad económica y genera inestabilidad social y política. Es importante aclarar que crisis inflacionaria no es sinónimo de hiperinflación. La hiperinflación es una fase avanzada de la crisis inflacionaria. Es esencial corregir los desajustes macroeconómicos de forma urgente para no perder los logros sociales acumulados en más de una década anterior.
Omar Rilver Velasco
es habitante del Kollasuyo, Yatiri económico y promotor del Vivir Bien.
















































































