En algún lugar del mundo, en el interior de una casa, está un hombre, sentado, frente a una mujer. Apoyan los codos en una mesa, rústica, vieja. Con narración. Las cosas viejas las tienen. En esa mesa habrán comido los abuelos, quizás los trastatarabuelos. Quién sabe. La mesa sabe. La mujer, habla, cuenta, despacio, con pausas largas. En desorden, sobre cosas que le pasaron en la vida, hasta este momento en el que un hombre escucha. Escucha con el cuerpo entero. Tengo miedo, tengo miedos, le dice. Como todo el mundo, pero acentuados, le temo a la calle, al ruido de los motores acercándose, le temo al mañana. No sé ya estar hoy. Temo despertar otra vez, y otra y otra. A la noche, a la obscuridad, les temo. Al silencio no. Me calma, me invita a cerrar los ojos e introducirme en un mundo que no es de aquí. En el silencio habitan, creo, las flores del cerezo y del durazno, las mariposas, los algodones dulces, las nubes en forma de nubes, siendo todo un momento y nada el siguiente. En el silencio mío, nieva, en septiembre, en marzo, cuando yo quiera. No se escucha si lloro, no sé si lloro, no me doy cuenta.
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Hay temporadas, en medio del frío, en las que me pongo contenta y bailo en un parque que hay cerca de la escuela, esa en la que hay puro militares. Siempre me ha dado curiosidad sobre qué será lo que aprenden. Se los ve los lunes saludar a la bandera, con venia, En seguida, cantan un himno. En ese momento, me entro en mi silencio. Voy al parque y bailo. La música sale de un balcón que tiene la ventana abierta, es siempre música cantada. Tangos, chamamés, gatos. Alguna vez vi a un señor que salía al balcón, con un pañuelo en el bolsillo de un saco y con un cigarrillo en la mano. Hace mucho que no sale, pero la música sigue saliendo y yo bailo. No le tengo miedo a bailar, es porque me muevo como evadiendo toda clase de amenazas y proyectiles y disparates e insultos. Salto, me agacho, muevo la cintura, levanto los brazos. Hasta agotarme tanto, que debo sentarme y recuperar mis miedos.
No sé, a veces siento que es importante vivir con los miedos como si fueran un recordatorio de estar en un mundo hostil y con pocas pulgas. Los miedos, como alarmas que se prenden al ver un rostro, al preguntar un precio, al escuchar una promesa sobre cómo va a ser vivir mejor en un lugar en el que lo mejor es siempre una promesa, un movimiento adelante, un futuro que se quedó para siempre como futuro. Los futuros buenos son los que se vuelven presente, y buenos recuerdos.
Sabía de memoria unos poemas de Lorca y un pedazo del manifiesto comunista, también otra receta, la del saice tarijeño. El lagarto está llorando, esa me la sabía, habían perdido su anillito de desposados. Me acordaba y lloraba, un poco. Para no darme cuenta, me metía rápidamente en mi silencio y asunto acabado. Una vez, en medio de una lluvia torrencial, bajando una de las calles que dan a la avenida principal, me quedé tiesa, parada, atrapada en una cabina de teléfono que no estaba ahí antes. No podía respirar, ni gritar, ni esconderme en mi silencio. Creí que había cambiado de plano, que así sería estar del otro lado de la existencia. Gente me hacía gestos, me hablaban, me rodeaban, mojados, con la ropa pesada, escurriendo agua. No los oía. No sé en qué momento aparecí sentada en un café, con unas personas hablando, hablando, que ya está bien, me decían, que fue un episodio, que ya pasó.
Pero de esos episodios, ha estado llena mi vida. No sé si esto está sucediendo. Nunca hablo tanto. Me acostumbré también a hablar poco, será que durante mucho tiempo me corregían, me callaban, me traducían estando presente. Lo que quiso decir, decían. Y lo que yo quise decir era exactamente lo que dije. No sé, tampoco, por qué razón, si la hubiera, estoy hablando de cosas que a nadie le importan. Que si en una oportunidad me corté el brazo, que si me caí del columpio, que si quemé mi pie con agua hervida, que si me hace bien pelar arvejas, que si estoy imaginando ahora que alguien me escucha.
El hombre, sin decir nada, en silencio, escuchó. Nada más. Hizo un regalo, sin saberlo, tampoco supo si en verdad estuvo ahí, frente a nadie.
(*) Óscar García es compositor y escritor













































































