En la quinta ronda de votación para elegir al 267 Santo Padre Obispo de Roma, los 133 cardenales electores proclamaron como sucesor de San Pedro al peruano-estadounidense Robert Francis Cardenal Prevost Martínez, nacido en Chicago hijo de padres con ascendencia española, italiana y francesa, el segundo miembro de la Orden de San Agustín en acceder al Papado tras 578 años —y 60 Papas— después de Eugenio IV, el único agustino anterior.
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Papa de Dos Mundos (las Américas anglosajona y la hispanoamericana), con antepasados tan múltiples como la conformación inmigrada del país que lo vio nacer y que se afirma en su vínculo con el Perú, donde trabajó en períodos largos entre 1985 y 2023, cuando el Papa Francisco lo designó Prefecto del Dicasterio para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.
Papabili, el hasta entonces Cardenal Prevost fue elegido en sólo cinco rondas porque posiblemente representó para sus correligionarios —de quienes era bien conocido desde sus cargos vaticanos— la potencial continuación, quizás moderada y más centrista, de diversos aspectos de la obra de Francisco —incluida la Misión en Salida y el compromiso con los pobres— a la vez que con algunas posibles diferencias doctrinales de una visión menos rupturista. Quizás también influyó, como señaló el vaticanista Massimo Faggioli: «Esta elección papal es también una respuesta a Trump, pero una respuesta oblicua y no frontal contra él».
Mención importantísima es el de su nombre papal: León XIV, un claro homenaje a León XIII, el Pontífice católico que a finales del siglo xix fuera el impulsor de la profunda revolución que desembocó en la Doctrina Social de la Iglesia a partir de su trigésima octava Carta Encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas), la primera de las Encíclicas sociales de la Iglesia Católica: versada sobre las condiciones de las clases trabajadoras, León XIII expresaba claramente su apoyo al derecho laboral de «formar uniones o sindicatos», pero también al derecho de la propiedad privada como derecho natural frente a las ideas socialistas de propiedad comunitaria. No menos simbólico el lema de Cardenal Prevost: «In Illo uno unum» («En Él solo, uno»), palabras que San Agustín de Hipona pronunció para explicar que «no es Él uno y nosotros muchos, sino que, siendo nosotros muchos en Aquel uno, somos uno. Luego Cristo es uno, Cabeza y Cuerpo».
En su discurso de investidura, el nuevo Pontífice puso acento primordial en reiterados mensajes de Paz (siguiendo la guía que marcó San Agustín en su Exposición Felicidad del justo: «He aquí el bien, hermanos; el gran bien se llama paz»), de Diálogo y de Entendimiento, priorizando en su búsqueda de la Unidad de la Iglesia («Ayúdennos y ayúdense a construir puentes») además de agradecer la Obra de su antecesor y mencionar destacadamente (con inusual empleo de correcto castellano) su vínculo con el Perú y las Misiones que allí realizó.
Aunque la misa de inicio del pontificado de León XIV será el 18 de mayo, el mismo jueves ofició en la Capilla Sixtina para sus colegas, donde les pidió que «caminen a su lado» ahora que, por intercesión del Espíritu Santo, le han «llamado para llevar una cruz y para ser bendecido con esta misión».
Si me atrevo a tomar de Séneca un epitafio para Francisco: «Vita est fabula, quae res non quam diu durat, sed quam bene geritur» («La vida es una historia, que no importa cuánto dura, sino lo bien que se vive»), mi salutación para León XIV me la presto de Lucas 6:44: «Cada árbol se conoce por sus frutos». Y todos esperamos que sean muchos y muy bendecidos.
«Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que desates en la tierra caerá atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra caerá desatado en el Cielo». [Mateo 16:19]
(*) José Rafael Vilar es analista político, académico y escritor













































































