Si su frágil salud se lo permite, el Papa Francisco encabezará ésta que quizá sea su última Semana Santa en el Vaticano. Sus fieles de la Curia Romana lo saben y están tristes, pero otros, sus enemigos, lo celebran y desean que muera pronto, porque quieren recuperar el poder y privilegios que perdieron con su llegada. Son los clero fascistas, obispos ultraconservadores y neoliberales de esa vieja Iglesia católica enemiga de los pobres y aliada de los ricos; cómplice de los dictadores y alcahueta de los pederastas. De esa Iglesia autoritaria e hipócrita que teje intrigas y conspiraciones para influir políticamente, hasta urdir golpes de Estado.
Esos que fueron desenmascarados por Juan XXIII en 1962, durante el Concilio Vaticano II, que buscaba adecuar la Iglesia católica a los nuevos tiempos, renovar sus preceptos para dejar de imponer sus creencias y respetar la libertad de culto. Una Iglesia más abierta al reclamo de sus feligreses, por ejemplo, de que las misas fueran en su idioma y no en latín, del que no entendían ni una palabra. En ese tiempo emergieron dos facciones siempre en pugna desde esa fecha: el clero conservador y el clero progresista; el que quería mantener las cosas como estaban y el que quería empujar los cambios. Tal fue la pugna, que la primera se compactó alrededor del dogma y la segunda floreció en la llamada Teología de la Liberación.
Al ala progresista, pertenecieron seres inmensos como Luis Espinal Camps en Bolivia y Sergio Méndez Arceo en México, a quien sus detractores llamaban “El obispo rojo”. De ahí viene Jorge Mario Bergoglio, que desde que asumió, en 2013, fue objeto de burlas y desprecios: “el párroco de pueblo”, “el Papa argentino”, le decían obispos europeos racistas. “Imbécil, representante del maligno en la tierra, afín a los comunistas asesinos”, le dijo el presidente argentino Javier Milei.
Francisco rompió con 34 años de papado conservador, 26 de Juan Pablo II y 8 de Benedicto XVI, lleno de escándalos de corrupción y perversión, con malversación de fondos y lavado de dinero en el Banco Vaticano, pero sobretodo, connivencia papal con el ejército de curas pederastas, a quienes toleraron y protegieron; Francisco fue el único que expulsó a obispos pervertidos y a funcionarios corruptos.
En 2015 lanzó su encíclica “Laudato sí”, una propuesta civilizatoria basada en el cuidado del medio ambiente y la madre tierra, muy aplaudida por lo pobres, pero ferozmente atacada por consorcios de empresas petroleras y madereras. Ese año vino a Bolivia a pedir perdón a los pueblos originarios por los crímenes de los invasores españoles y curas que llegaron con ellos. En 2020 publicó su otra encíclica, “Fratelli tutti”, una dura crítica al actual capitalismo salvaje y de despojo.
Pero hay una perversión de los curas que el Papa Francisco combatió, pero no logró erradicar: el clericalismo, que es la resistencia de la Iglesia católica a perder el control político que usufructuó desde sus inicios; su afán de imponer la teocracia a la democracia; el vicio de los clérigos a intervenir en la vida política de un país, “un problema que ensucia y daña a la Iglesia”, dice Francisco.
No pudo. Durante la crisis de 2019, mientras el Papa recomendaba esperar los resultados de la investigación del proceso electoral, la Conferencia Episcopal Boliviana ya había organizado reuniones secretas para imponer a Jeanine Añez en la Presidencia y emitido comunicados en los que decía que no había golpe de Estado ni razón para movilizaciones, pero por si acaso, llamaba a la policía y al ejército “a cumplir con urgencia con su rol constitucional de defensa de la propiedad y de las personas…”, lo que desembocó en las masacres de Senkata y Sacaba.
No pudo con la perversión de sus enemigos: el pasado 13 de marzo, en respuesta a las medidas gubernamentales, la Conferencia dijo: “… no remedian el problema, pues no corrigen la situación fundamental que sufre el país, que es la crisis económica y social. Creemos que se deben proponer medidas estructurales, como por ejemplo la importación de crudo libre de impuestos para que el pueblo no sufra, la reducción del gasto público, el fomento de las exportaciones, el fortalecimiento de la inversión privada, el cambio de modelo económico, que pase de una economía de redistribución a uno de generar riqueza…”
Javier Bustillos Zamorano es periodista.














































































