La Batalla Cultural es una metáfora que describe un conflicto ideológico profundo, donde grupos con visiones del mundo opuestas luchan por influir en los valores y las creencias de una sociedad. Esta batalla se libra en las instituciones, los medios de comunicación, la educación y el arte, buscando moldear la opinión pública para implantar una narrativa dominante. En la Batalla Cultural, cada bando busca legitimar su perspectiva como la correcta utilizando estrategias de persuasión, activismo y hasta de censura, agigantando la polarización creciente y la demonización del “otro”. En esa pugna por imponer narrativas, estamos en Bolivia en un vaivén interminable entre Gramsci y Agustín Laje; entre una “hegemonía cultural” revolucionaria contra las visiones conservadoras y retrógradas de la derecha más rancia.
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En días pasados el presidente Trump emitió una orden ejecutiva que se inscribe, a cabalidad, en esta Batalla Cultural. En ella, instruye al vicepresidente Vance (que ahora parece Ministro de la Propaganda), intervenir en la Institución Smithsonian, la mayor red de museos del planeta, para “eliminar la ideología inapropiada, divisiva y antiamericana”. Ahora en esos museos, debe reinar un blanqueamiento cultural con el lema: “la verdad sobre la ideología”.
En nuestro medio, existen también intenciones de alineamiento ideológico en contra del sentido común heredado del coloniaje español o del imperio americano. Los repositorios nacionales cambiaron su línea curatorial buscando la hegemonía cultural “de los pueblos”. Ahora, en nuestros museos, se exponen expresiones subalternas en búsqueda de otro horizonte estético. Es como un “trumpismo” al revés, pero, arrinconado y perdido en las montañas, un “acto revolucionario” en un mundo globalizado que no sabe que existimos.
Unos y otros deben recordar los ejemplos históricos sobre la caída de los grilletes culturales: la Revolución Cultural de Mao, las razias estéticas/étnicas de Hitler, o la eliminación de las ciudades y la escritura de Pol Pot, todas con un final sangriento. Sin embargo, y más allá de los millones de víctimas, las narrativas intolerantes reaparecen en estos días y en una escalada de intensidad progresiva.
Las artes y las culturas son pulsiones innatas de los pueblos. En tiempos de intercambios globales que enriquecen y embrutecen continuamente a las sociedades, ningún manifiesto político podrá amaestrar esas pulsiones. En la actual reciprocidad mundial, los pueblos moldean su identidad cultural y estética hacia formas totalmente inéditas. Lo demás son alucinaciones de políticos trasnochados y burócratas serviles que no ven, con profundidad, el nuevo mundo que los rodea.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto















































































