¿Fue el profesor, político y escritor cruceño Nicomedes Antelo el primer teórico del racismo científico boliviano? Esta es la indicación clásica, asentada por el historiador Gabriel René Moreno, paisano y amigo de Antelo, en el artículo biográfico que se titula, precisamente, “Nicomedes Antelo”, publicado en 1882 en Buenos Aires.
Tuvo que pasar más de un siglo para que otro historiador, Hernán Pruden, se preguntara si las referencias de Moreno sobre el pensamiento furibundamente racista de su amigo eran legítimas o no.
Los estudios anteriores habían dado dos clases de respuestas a esa pregunta. Una, mancomunar el pensamiento de ambos autores, Antelo y Moreno, como hizo Humberto Vásquez-Machicado en su temprano estudio sobre “La sociología de Gabriel René Moreno” (1936). Según este criterio, ambos compartieron la misma visión racista, positivista y evolucionista de la sociedad.
La segunda respuesta fue considerar a Moreno el verdadero autor de los aborrecibles comentarios que atribuye a su coterráneo. Así lo hizo, entre otros, José Luis Roca (1988), quien señala que Moreno “idealizó” a su paisano, y Josep Barnadas (1988), autor de uno de los mejores estudios sobre el historiador cruceño desde nuestra perspectiva.
Pruden se distingue del segundo posicionamiento en que acude explícitamente a la obra del propio Antelo. En 2017, republicó el libro de 1860 de este, Un nuevo Tigrón y con frac, que en el “Nicomedes Antelo” aparecía, sin ser nombrado explícitamente, como el “folleto de 1860”. Moreno lo menciona varias veces, dejando suponer que en él se podía encontrar los pasajes que atribuía a Antelo, como este: “Según Antelo, refiriéndose a Bolivia, el cerebro indígena y el cerebro mestizo son celularmente incapaces de concebir la libertad republicana con su altivez deliberativa y sus prestaciones de civismo. Término medio, esos cerebros pesan entre cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de un blanco de pura raza”.
O este otro: “El indio incásico no sirve para nada. Pero, eso sí —y aquí la funesta deformidad— representa en Bolivia una fuerza viviente, una masa de resistencia pasiva, una induración concreta en las vísceras del organismo social”.
O este: “Los mestizos, casta híbrida y estéril para la presente labor etnológica como el mulo para el transformismo de la especie asnal y caballar, los mestizos con su tórax levantado por los apetitos y su espíritu uncido por instinto al proselitismo del caudillaje, representan en la especie humana una variedad subalterna, que corresponde a una degeneración confusa de la impetuosidad española y del apocamiento indigenal”.
O, finalmente, este, tan grave: “Según esto, si por alguna manera han de intervenir la indiada y la cholada en la evolución progresiva de la sociabilidad, ha de ser necesariamente por la vía pasiva de una desintegración más o menos rápida, como productos secretorios vertidos en las cavidades orgánicas del cuerpo social, como residuos arrojados en lo profundo de la economía, a fin de que se franqueen por ahí el depuramiento completo y la unificación caucásica de la raza nacional”.
La metáfora corporal en estas palabras es patente, escandalosa. La “indiada” y la “choleada” son detritus que el organismo social debe expulsar, hacer desaparecer, para “depurarse” y alcanzar una condición superior, la blanquitud.
Como señala Pruden en la “Presentación” de Un nuevo Tigrón…, estos pasajes no están en este libro, en el “folleto de 1860” reiteradamente mencionado por Moreno.
Además, el Antelo de 1860 no parece ser capaz de escribir tales ideas, si lo juzgamos exclusivamente por las que efectivamente defendió en el libro de marras.
Allí Antelo aparece como un autor muy distinto al furioso positivista y racista científico que presentaría Moreno. Su pensamiento resulta muy similar al de otros intelectuales dieciochescos, preocupados por la inconsistencia de las instituciones republicanas, por el caudillaje y el personalismo de la política (que llevaba a que los intelectuales se pasaran de un grupo político a otro esgrimiendo siempre los mismos principios), y por la falta de civilidad de las acciones políticas, corrompidas por la vulgaridad y la falta de respeto a la ley.
Estas preocupaciones están incardinadas a la narración principal del libro, cuyo objetivo es muy concreto: reivindicar al gobierno del general Jorge Córdova (yerno del expresidente, también militar, Isidoro Belzu) en el que Antelo participó; y demoler retóricamente la dictadura de José María Linares, quien, según Antelo, había derrocado a Córdova en nombre del civilismo para, una vez en el poder, actuar con “locura”.
Como tantos otros antes y después de él (inclusive su gran enemigo de ese momento, Mariano Baptista, secretario y propagandista de Linares), Antelo señala que los males de Bolivia se debían a que a los bolivianos les faltaban virtudes, una correcta moralidad, que son las que Antelo buscará en su “destierro voluntario” en Argentina. Un nuevo Tigrón… constituye su despedida del país. Ya no volverá a este nunca más. Moreno lo encontrará en 1882 en Buenos Aires, envejecido y atorado en la modesta posición de profesor de escuela, y un año después de este encuentro, célebre para las letras nacionales, moriría sin cambios en esa ciudad.
En 1860, que es cuando Un nuevo Tigrón… se publicó y Antelo partió al exilio, este no planteaba, como en 1882 haría Moreno en su nombre, que la causa de la falta de virtudes cívicas de los bolivianos fuera la condición racial de la población. Podría haberlo hecho fácilmente, si esta habría sido su ideología en ese momento. Pero no lo hizo. En cambio, recurrió al tipo de causalidad que defendían los conservadores, según la cual el problema estaba en que las élites criollas se copiaban, sin reflexionar, las instituciones modernas; en que importaban al país audaces reformas que no funcionaban en el medio ambiente patrio.
Fernando Molina es periodista.















































































