El piloto se hurgaba la nariz mientras llevaba el avión, el bombardero, hacia el objetivo. Estaba nublado y atardecía, en las formas de la nube se podían ver, sin mayor esfuerzo todas las descripciones de lo absurdo. El copiloto pretendía poner atención al vuelo, pero su revista erótica en la mano lo delataba. Adentro, el encargado de soltar las bombas había engordado como trece kilos en los últimos cuatro meses. Quizás en ese tiempo no era motivo de alarma, hoy, con una subida tal, cualquier persona estaría ya haciendo fila a las 2 de la mañana para lograr una de 6 fichas para una doctora que llega 2 horas tarde en uno de los sistemas de salud más precarios, asaltados y desabastecidos del mundo mundial. Para finalmente y al cabo de 16 meses, enterarse de que el problema se llama diabetes, del tipo que mata a más personas que el aburrimiento o la soledad o el tráfico vehicular en una ciudad enfurecida. Pero al soltador de bombas no le parecía molestar, su vida estaba rodeada de salchichas para hervir, cerveza de varias calidades, pantalones con tirantes, filósofos de los serios, con voluminosa obra, acordeones y tortas de chocolate profundo, de ese que fue sagrado y privilegiado en el mundo de los pueblos mesoamericanos, el xocolatl.
El preciso momento en el que el constructor probaba el instrumento, una bomba hizo explotar toda la fábrica de clarinetes. Dresden, 1944. Tal tragedia, se podría considerar como uno de los primeros performances sin querer, digamos que una primera obra aleatoria para indeterminado número de clarinetes y bombas. El resultado, único, irrepetible, de aleatorismo controlado, pero con daños colaterales. De esos que al final a nadie importa. Todo en aras del arte, la innovación y el prestigio del autor. Puesto que convengamos en que semejante obra, tiene un autor, al menos, que tuvo que haber estado un buen tiempo pensando la obra. Una obra empieza, con frecuencia, con un estado noético, que no es lo mismo que no ético. Este segundo estado suele ocurrir en mentes que antes que la obra, piensan o en el prestigio, o en el bolsillo, o la foto del estreno, o en la condecoración impuesta por un funcionario que no tiene mucha idea sobre el valor de ninguna expresión de las artes o el entretenimiento. Su mayor medio de información es una red china de piezas de cortísima duración, que al cabo de elegir una, las próximas ciento tres mil, las elige la propia red a través de complejos algoritmos que terminan sabiendo más del funcionario que el funcionario del mundo.
La obra empieza en la noesis, con la decisión primigenia de hacerla, y el proceso, que varía por supuesto entre una y otra persona -aunque las escuelas se esfuercen en uniformar métodos, modelos y resultados-, suele alcanzar un primer estadio, que es el del bloqueo creativo. Hay psicólogos especializados en desbloquear artistas con poco probadas terapias que siempre tiene como punto de partida el pago por adelantado de la sesión. Un artista bloqueado es peligroso, inestable, inseguro, escapable, asustadizo, a veces malcriado. Eso sí, poco violento. Prefieren, dice la leyenda, atentar contra sí mismos y cercenarse cosas, dedos, orejas, un cabello, las uñas, antes que responder siquiera en voz alta. Los artistas energúmenos no están bloqueados, nunca lo estuvieron, no conocen ese estado, son, por naturaleza, seguros, aplaudidos, protegidos, financiados, bien peinados. Claro, hay recetas para los bloqueos, las hay en el mundo digital, en la naturaleza, en las ciudades, amables o no, que tienen la capacidad de sorprender, siempre, con los cambios de luz, con los súbitos ataques de climas inesperados, como sistemas complejos que son; con sus paisajes sonoros urbanos, antropófonos, cebollas de frecuencias microtonales, aromas amplificados, ya sean estos ahí afuera, o en la intimidad de una habitación en la que una escritora está sentada frente a la página en blanco.
Óscar García es compositor y escritor.















































































