Introducción: se cae el cielo media hora antes del partido. Es la señal. El Tigre y la lluvia son parientes. El tres por uno del presidente Terrazas Flores deja una de las mejores entradas en el Siles (exceptuando clásicos). Estamos doce mil stronguistas bajo la lluvia en Miraflores.
Monasterio forma con el “eleven” de gala; vuelve Banegas al arco tras los gratos momentos de Valdivia. También retorna John García (no jugará bien) después de la extenuante gira por el Lejano Oriente (para disputar diez minutos en dos partidos). De nueve aparece, de nuevo, el “Comandante” Chávez.
El rival se llama CDT Real Oruro, fundado en 1962: alguna vez algún psicólogo tendrá que explicar nuestra fijación monárquica a la hora de nombrar equipos de fútbol. Los de Marcelo Robledo marcarán con pierna fuerte (y extraña anuencia arbitral) y jugarán como si se disputara un título (especialmente en la segunda parte). Sonarán petardos/bombas durante todo el partido, gentileza de una jailona fraternidad de caporales que ensaya en la plaza del estadio.
Nudo: la primera media hora es de la mejores de la era Monasterio. Es un Tigre veloz, intenso; que toca de primera (hasta de taquito), que rompe líneas. Los laterales se proyectan (especialmente el exquisito Quaglio por izquierda); el doble cinco empuja; Lovera se convierte en el mejor socio de Amoroso; Chávez cae a los costados y abre la cancha; y Arrascaita se multiplica por toda la cancha. Es un Tigre efusivo, huracanado, bajo la lluvia y bajo el sol que se suma al jolgorio gualdinegro.
La hinchada goza, no sabe que más tarde va a sufrir de lo lindo. ¿O si sabe? El único pero es la falta de puntería. Solo entra una. Es el hándicap/problema último de los muchachos creyentes de Monasterio: la ineficacia (a la selección le pasa lo mismo).
Es un Tigre corajudo/enchufado, con la mejor versión de la mayoría de sus “players”. El deleite dura 30 minutos, ni uno más, ni uno menos. El Tigre juega bien (al fútbol) solo una parte; hay días que escoge la primera, hay noches que se decanta por la segunda. La intermitencia es un mal endémico (de todos).
Desenlace: la entrada del argentino Sebastián Zeballos cambia el partido para la visita. Los orureños son más, empatan una vez y casi lo hacen dos veces. Solo la pelota parada salva al Tigre, otra vez. Monasterio trabaja en Achumani. Solo la “testa” de Quiroga redime, otra vez.
Con el dos a uno, llega la parte del contrato que asegura que el stronguista debe sufrir; la Biblia (stronguista) así lo dice: “sudarás el rostro para comer el pan”. En la bandeja alta de la recta, rozando el parsimonioso teleférico que cuelga sobre la general, acierto -en un “trapo”- a leer: “si el cielo es celeste/el infierno es para mí”. Los stronguistas tenemos ganado ambos: pasamos del cielo al infierno con una facilidad pasmosa; atravesamos los vientos sin documentos.
Post-scriptum: los tres puntos nos meten en otra Copa Libertadores. Y van… (muchas). El mérito es inaudito/milagroso. La victoria nos coloca punteros junto a Always Ready. El Tigre te mata, el Tigre te respira en la nuca. Señoras y señores, recen lo que sepan y acuesten a los niños.
(22/11/2025)
















































































