Hemos planteado en la primera parte de este artículo que en los atentados del 11 de septiembre de 2001 (11-S) hubo una narrativa oficial marcada por el hecho de que el mundo lo vivió como una experiencia de la televisión. Fue un streaming en vivo, a través de las cadenas estadounidenses, que generaban la señal desde Nueva York. Fue un streaming de evento noticioso global antes de que existiera el internet para todas las regiones del mundo, un adelanto de lo que se hace hoy en día comúnmente por plataformas como Facebook, Instagram o YouTube.
Lo más cercano que se conocía de un atentado en el que terroristas extranjeros, animados por un extremismo religioso caricaturizado, capturaban aviones comerciales con pasajeros para estrellarlos contra dos rascacielos del World Trade Center, era quizá el cine de Hollywood. Aunque el horror de este evento superó con creces cualquier libreto de película de acción de los años 80 y 90, fue precisamente el cine de Hollywood una suerte de escuela de espectadores a escala mundial[1]. Cabe matizar que la mayoría de aquellos filmes nos presentaban a la Unión Soviética como el gran enemigo de todos, y no así a los talibanes del Medio Oriente. Pero luego de la caída del Muro de Berlín a fines de los años 80, y la debacle del comunismo, ¿cómo quedaba el mapa geopolítico de fuerzas?

El 11-S fue la forma de instalar un nuevo enemigo a escala global en el horizonte político. No era simplemente el nombre de Osama bin Laden. El asunto iba mucho más allá. Discursivamente, la gestión presidencial de George Bush instauró la expresión: «Guerra contra el terrorismo». Aquella noche del 11 de septiembre de 2001, el presidente Bush habló al pueblo estadounidense desde la Oficina Oval en un discurso televisado que se vio en todo el mundo:
«El pueblo estadounidense necesita saber que estamos enfrentando un enemigo distinto al que jamás hayamos enfrentado. Este enemigo se esconde en las sombras, y no tiene ningún respeto por la vida humana. Este es un enemigo que ataca a gente inocente y confiada, y luego corre a esconderse. Pero no podrá esconderse para siempre. Este es un enemigo que piensa que sus refugios son seguros. Pero no serán seguros para siempre.
«Este enemigo atacó no solo a nuestro pueblo, sino a todos los pueblos amantes de la libertad por todas partes del mundo. Estados Unidos utilizará todos los recursos para vencer a este enemigo. Reuniremos las fuerzas del mundo. Seremos pacientes, estaremos centrados, y seremos inmutables en nuestra determinación. Esta batalla tomará tiempo y determinación. Pero que no quepa duda alguna: ganaremos».

Puede ser que la filosofía política efectúe una creación de conceptos que se utilizan en determinadas coyunturas, como por ejemplo el famoso concepto de «hegemonía» de Gramsci. Pero es a través de la práctica política que lograron instalarse en el horizonte mediático global. El discurso de Bush fue una narrativa que, desde la posición de las víctimas inocentes, inventó al terrible Otro, el villano horroroso que ya no merece tolerancia, y convirtió al terrorismo en un concepto dominante a la hora de leer el mapa geopolítico mundial.
Como se verá, no intentamos promover las visiones conspirativas –que las hay muchas– sobre los atentados a las Torres Gemelas en 2001. Sino que ponemos la lupa en la forma en que el gobierno de Estados Unidos se sirvió de este trágico atentado, no en cuanto hecho sino en cuanto una serie de interpretaciones nada inocentes y saltos en conclusiones que serían falacias argumentativas. La interpretación de que los causantes de aquel día fatídico habrían sido 19 sujetos del grupo terrorista Al Qaeda, solo se sostuvo con ayuda de múltiples omisiones y encubrimientos de lo que aconteció. El frívolo gobierno de Bush usó aquel traumático evento, primero para desviar las enormes críticas que existían hacia su gestión, y segundo para instalar una narrativa tendiente a posicionarlos como los actores justos y cercanos al bien, que venían a corregir y preservar al mundo de las fauces de un enemigo agazapado entre los territorios de Afganistán e Irak. La invasión a Irak, por ejemplo, se justificó con la premisa de que existían ocultas en ese país armas biológicas de destrucción masiva, por lo cual lanzaron el ultimátum de que Saddam Hussein y sus hijos debían abandonar Irak en 48 horas o se verían forzados a invadir militarmente. Actuaron como buenos ángeles encomendados por una fuerza superior que los guiaba, autonombrados como los abanderados de la libertad y la vida en democracia. ¡Qué triste fue después, en 2004, escuchar a las autoridades de aquel gobierno reconociendo que se habían equivocado, y que Irak no tenía las armas que presuponían! Luego de que millones de vidas de ciudadanos y soldados iraquíes perdieran la vida por esa causa.

Tal vez fue el hecho de que el primer atentado a las Torres Gemelas, el 26 de febrero de 1993, fuera atribuido a una célula dirigida por Ramzi Yousef, lo que convenció a los hacedores intelectuales del atentado de 2001 de que lo más lógico era colocar en el banco de los acusados a un grupo extremista de Medio Oriente. En aquel primer atentado, mucho más simple, una furgoneta explotó en el estacionamiento del World Trade Center, dejando 6 muertos y más de 1000 heridos. Según se supo, el plan era derribar las torres gemelas, como terminó sucediendo en 2001. Fue considerado el primer atentado yihadista en América, pero ya entonces las reivindicaciones de los terroristas parecían más políticas, sin hacer apenas referencia a la religión. En cambio, la lectura de los dueños de la verdad, desde Occidente, desplazó la atención a las diferencias de orden religioso, satanizando así las prácticas y hábitos de los creyentes musulmanes en el mundo.
[1] Este punto de la ideologización de las películas de acción taquilleras fue ya bien estudiado por el filósofo y teórico cultural Slavoj Žižek en su libro El sublime objeto de la ideología (1989), y también podríamos citar a Terry Eagleton y Fredrick Jameson, entre otros estudiosos del tema.




















































































