La escritora, investigadora y artista plástica independiente Juliane Müller (1991) llegó desde Potosí a nuestra capital oriental para presentar su primera exposición individual en estas tierras. Manzana 1 Espacio de Arte fue el escenario que le permitió presentarse a otro público, pero además conocer otra realidad dentro de Bolivia completamente distinta a la de su tierra natal. La muestra que titula «Cuerpo contemplado» combina pintura, videoarte, instalación y objeto encontrado, y fue inaugurada el pasado viernes de manera paralela con otra muestra colectiva denominada «Rosado».

Juliane se ha destacado en más de una década de experiencia en concursos de poesía, pintura, ensayo y videoarte, entre otros, habiendo participado tanto en el exterior como en el occidente del país, principalmente en La Paz y Oruro. A Santa Cruz, sin embargo, no había llegado a poner pie. Es licenciada en Antropología y también en Artes, con especialidad en gestión cultural; ella encarna varias señales que enorgullecen al ser potosino —en términos ontológicos— y más específicamente a la mujer potosina —en términos político-afectivos. Ataviada siempre de manera elegante en sus presentaciones, gustosa de la vestimenta y los accesorios tradicionales de su terruño, se ha movido en diferentes viajes por variadas ciudades en el mundo, combinando la tradición con interpretaciones de lo contemporáneo que son de su cosecha, a través del dibujo aplicado al diseño de moda.

La muestra que presenta en Santa Cruz es una radiografía afectiva del ser-potosina-artista-resiliente que encarna. Es también un ejercicio en el que visita la materia prima de sus recuerdos y vivencias en diferentes estaciones de su producción artística, para convertirlos en una experiencia espacial tangible, que sea interpeladora y a la vez estética. Para quienes ya conocíamos su trabajo, esta exposición es una actualización de ella misma; al comentarle que me parecía un estado del arte de su obra, o más bien una declaración de principios de todo su trabajo más allá del arte, esbozó una sonrisa aprobatoria.
Si hay una resiliencia que transmite esta exposición, también es por su perseverancia en el arte, pese a que bien podría simplemente dedicarse a su vida como académica, o como administradora en el negocio de su familia, o más bien como escritora ensayista y poeta.

Del poema escrito o del haiku, a la pintura, al uso de encajes y telas, Juliane ha buscado reunir y aunar las pequeñas y grandes obsesiones que la movilizan. Veamos, por ejemplo, en los cuadros «La tristeza de la lluvia» y «Ventana hacia el progreso», unos marcos de cuadros que en la poética devienen ventanas de su taller en Potosí —en pleno centro de la ciudad— donde la construcción de un nuevo edificio le clausuró toda la vista que tenía de los cerros y el cielo de la Villa Imperial; indirectamente nos recuerda a uno de los males que afecta a varios municipios de nuestro país, que es la inexistencia de planes urbanos responsables, mínimamente conscientes del valor patrimonial en zonas céntricas.

Pero no es acerca de la ciudad de lo que nos habla Juliane Müller, sino de un ejercicio introspectivo expresivo: ella voltea la mirada para verse a sí misma, pero no en pos de una identidad fija que desmenuzar, sino que hace tambalear la idea de un centro; es una aceptación de la multiplicidad de versiones de ella misma, retazos de un ser que se unifican en torno a un yo transitorio. En cada rincón de las dos salas que acogen la exposición, Juliane se ha desglosado a sí misma, la muestra nos refleja a la autora cortada en rodajas, cada una de esas porciones, entre lo íntimo y lo público, sus modos de mirar y encontrarse con el otro, tanto en la faceta del amor romántico, o de su militancia feminista, o de la artista visual que empieza a descollar, y también de la poeta que busca darle presencia objetual y corpórea a sus versos dentro de la sala, valiéndose de la museografía y los lenguajes artísticos.
Conocí a Juliane hace dos años en Oruro, en una conferencia que brindó en la Escuela de Bellas Artes bajo el título «Los estereotipos de la representación de la mujer en el arte». En buena medida, la línea de trabajo de Juliane es discutidora de los estereotipos que encasillan a la mujer dentro de nuestras sociedades dominadas por la mirada patriarcal. «Cuerpo contemplado» tiene también ese aliento, algo muy evidente en la obra «Mito del amor romántico», una instalación de arte textil sobre metal y cartón con una percha reciclada y flora seca en botellas de plástico reciclado; en el plano principal, tres pares de zapatos de mujer intervenidos con óleo, incluyendo los tradicionales botines militares con su carga simbólica.

Pero no es solo respecto de los estereotipos de género que la artista se rebela, sino también de los roles sociales que encasillan. De hecho, es también una forma de lidiar con la dispersión que puede provocar sostener múltiples intereses paralelos, de la poesía a las artes visuales y la antropología, sin contar su canal de YouTube para el que debe crear contenidos de difusión de museos. Así pues, esta exposición «Cuerpo contemplado» es una manera de responderse y de responder con creatividad a aquellos que le aconsejaban especializarse en una sola cosa, ya que «quien mucho abarca poco aprieta». Por eso en esta muestra veremos muchas Juliane, que son una sola, pero que también está consciente de los modos de vida fragmentados que nos vemos obligados a vivir en nuestras sociedades del tardío capitalismo, rebosadas de hiperconectividad 24/7.
Cierre
Juliane retornó a su tierra muy contenta, y no dejó de ser elogiosa con todo el equipo de Manzana 1. Sobrevivió como ella dijo al bajón de energía que le provocó el cambio brusco de altitud, de los formidables casi 4000 metros sobre el nivel del mar en Potosí, a la llanura de Santa Cruz. El gran logro de esta muestra de Juliane es ser un ejemplo de modelo de trabajo que, aunque todavía seguirá creciendo y mejorándose con el tiempo, ya demuestra cómo se puede combinar el ánimo ecléctico y experimental en el arte contemporáneo con ciertos cuidados formales en la presentación, y con una reflexión más concienzuda para tener rigurosidad en el discurso. Algunos artistas jóvenes de la nueva camada erróneamente creen suficiente dejar que los materiales hablen, en base a la descontextualización que les fuerzan al colocarlos dentro de salas expositivas. Por ello naufragan también cuando visitan los medios y les piden contar de qué trata su exposición.

Si bien Juliane es licenciada en artes, en cuanto a arte contemporáneo entendemos que es mayormente autodidacta, y se tomó su tiempo para prepararse antes de lanzarse a decir «aquí estoy» en la escena boliviana. Desde ahora, desde «Cuerpo contemplado», ya tenemos una referencia más que cierta de la práctica estética contemporánea produciendo desde Potosí, y con visos a que sea una puerta para que más nuevos talentos emerjan de otros destinos en el país, fuera del eje troncal.





















































































