Viernes 23 de mayo, terraza cultural Mariscal Feria. Un personaje vestido completamente de cuero negro, con el rostro cubierto por una máscara dorada del mismo material, irrumpe en escena sin anunciarse. Su andar es casi flotante, como si sus pasos rehusaran tocar el suelo. Es Iván Cáceres, reconocido artista de arte contemporáneo, quien, en esta segunda versión de la muestra cultural, ubicada en la plaza del Estudiante 1907, de la ciudad de La Paz, optó por el anonimato como punto de partida para su más reciente performance.
El silencio del público es interrumpido por un ruido estático que emana de un parlante, conectado por el propio artista a un aparato cuya señal parece esquiva. Cáceres insiste. Su lucha con la interferencia sonora se convierte en el primer acto: una búsqueda de armonía en medio del caos.

Luego, su atención se dirige a un trípode. Allí coloca un tubo de gran tamaño que conecta a la misma toma de corriente. Con ese gesto, se enciende una luz. El tubo iluminado se convierte en la base de una estructura que simula un marco. Dos tubos más, colocados verticalmente, completan la figura. Dentro de ese marco improvisado, el artista adopta distintas poses. La máscara busca el resplandor como si anhelara ser vista, pero más allá de la apariencia, lo que se vislumbra es un deseo profundo de conexión que no logra materializarse a causa de la interferencia sonora.
Cáceres toma entonces un rollo de plástico y se lo lleva a la boca. A medida que lo desenrolla, deja caer metros de material a sus pies. Es un acto de consumo simbólico. El plástico no alimenta. El gesto revela un vacío: el de un consumo que no nutre ni llena, que apenas cubre la apariencia de una necesidad.

El cierre de la intervención es tan sorpresivo como conmovedor. El artista toma un rollo de hilo y comienza a envolver las muñecas del público, atándolos unos con otros. De desconocidos a comunidad efímera. Las miradas se cruzan. Se comparten silencios. La obra propone así una paradoja: solo en el rostro del otro se completa nuestra identidad.
Sin embargo, esa identidad, tan mal entendida en los tiempos que corren, ha sido desplazada por el individualismo. Un individualismo que se confunde con libertad, pero que en realidad se acerca más al egoísmo, y que termina por romper los hilos invisibles que nos unen como comunidad.

Iván Cáceres termina su intervención sin aliento. No solo por la máscara que ha llevado durante toda la performance, sino por la carga simbólica de representar una imposibilidad: la del encuentro auténtico en una era de anonimato y desconexión.
Fotos: Ignacio Prudencio
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