La vida no está hecha a imagen y semejanza de nadie. Lo supe a los 13 años cuando se jugó la final de la Copa del Mundo de 1974 entre la anfitriona Alemania y la sensación del torneo, Holanda, hoy reconocida como Países Bajos. Quienes habíamos seguido el campeonato, todavía en televisión blanco y negro, cuatro años después de que Brasil bailara samba contra Italia en la final de México (Pelé, Gerson, Jairzinho, Tostao y Rivelino), estábamos prácticamente seguros que el fútbol total, la Naranja Mecánica, el emergente equipo revolucionario del juego dirigido por Rinus Michels desde la línea de cal y por Johan Cruyff como director de orquesta dentro del campo de juego, se impondría a la fría y experimentada maquinaria aceitada por Franz Beckenbauer, Wolfgang Overath y Gerd Müller (goleador del torneo) y dirigida por un viejo lobo llamado Helmut Schön.
Descomunal para el tamaño de mi infancia-adolescencia fue la pena y la frustración cuando Alemania le ganó (2-1) a esa selección que nos había deslumbrado con la aparición de futbolistas polifuncionales que se multiplicaban por todo el verde césped, que no se cansaban de hacer pases y más pases, sin que el rival de turno atinara a saber cómo recuperar la pelota. Desde entonces pienso que por lo que haría después, como jugador clave y entrenador del Barcelona, Johan Cruyff es el teórico-práctico de la evolución y el perfeccionamiento del juego, y en ese sentido supera a Di Stéfano, Pelé, Maradona y Messi, que como futbolistas fueron muy probablemente superiores, pero sin la comprensión total desde adentro-afuera del campo que poseía el neerlandés que desplegó la parte inicial de su carrera en ese laboratorio formativo llamado Ajax de Ámsterdam.

Era inconcebible para mi desprevenida sensibilidad que la selección que había hecho todos los méritos por calidad y resultados demostrados en cada partido para llegar a la final, se resignara a ocupar ese puesto que para los resultadistas se define como el primero de los últimos: subcampeón. Entonces asocié el triunfo alemán a la impotencia que provoca la sensación de injusticia, para años después comprender que la lógica justicia-injusticia no existe en este juego-deporte en el que no gana siempre el que hace mejor las cosas en la cancha, sobre todo para aquellos que nos adscribimos al fútbol de posesión, de vocación ofensiva, de asumir los riesgos del mal retroceso, de quedar mal parados contra el rival que juega al contraataque, y que apuesta al espacio para mandar el pelotazo que ponga a su único delantero cara a cara con el portero para desequilibrar el marcador: El que juega bien y ataca una y mil veces puede perder 0-1 versus un solo contragolpe. Tal la magia del fútbol, aquella en la que diosas y dioses intervienen con su indiferencia expresada en que no siempre los que se portan bien en la tierra tienen asegurada la vida eterna.
Holanda 1 Alemania 2 es la primera gran final que puso a funcionar mi memoria acerca de este tantas veces inexplicable juego al que el entrenador italiano Arrigo Sacchi ha definido como «lo más importante de lo menos importante». Desde entonces llevo recorriendo medio siglo de partidos y más partidos, hasta que llego a otra constatación, producto de la conexión neerlandesa-catalana establecida por el Barcelona, de la que su más destacado heredero futbolista-entrenador se llama Josep Guardiola: Era posible, aunque Países Bajos nunca ha llegado a conseguir un título mundial, que el mejor equipo fuera el que probablemente, por regularidad de rendimiento y por la excelencia de su elenco, el que terminara ganando en una temporada y ser el más campeón de su era, y ese es el Barça con antecedentes de entrenadores provenientes del país de los tulipanes –el mismísimo Rinus Michels, Johan Cruyff, Louis Van Gaal, Frank Rijkaard y Ronald Koeman—.

Cuando el equipo de la Ciudad Condal quedó a cargo de Guardiola (2008 – 2012), este se encargó de que apareciera en la cancha su Santísima Trinidad: Xavi Hernández, el padre que conduce a sus creyentes por el camino del bien hacia la portería rival, Lionel Messi, el hijo que iguala el valor del pase y la asistencia con el estallido del gol, el enviado de Dios que logra hacer del blaugrana el mejor equipo de todos los tiempos, y Andrés Iniesta que es el espíritu santo del juego, ese que aparentemente no se ve y está en todas partes para hacer de las triangulaciones con el padre y el hijo, una infinita progresión geométrica que sacude las mallas de los arcos rivales y no se cansa de jugar-ganar, de superar lo que la Holanda del 74 no pudo contra esa Alemania fría y eficaz, en este caso contra su histórico rival, el Real Madrid.
El partido de todos los tiempos podrían ser todos los partidos que imaginamos perfectos, incluidos esos otros en los que se intenta por dos décadas con buen juego, pero se pierde como sucediera, con el triunfo de Alemania sobre Argentina (1-0) en la final de Brasil 2014. Messi, el hijo de la Santísima Trinidad barcelonista, intenta e intenta, lucha sin pausa, pero también demuestra que es un ser terrenal común y corriente al que a veces visita un mal día o se apoderan de él muchos malos días. Muy probablemente su grandeza se explica por su normalidad, por su falibilidad, por su aprendizaje de los fracasos, hasta que llega el tiempo que de tanto pelearla junto a notables compañeros circunstanciales, logra con la celeste y blanca de Argentina ser el hijo de Dios como lo había sido por lo menos durante diez años junto a Xavi e Iniesta en el Barcelona, y empieza a encaminarse hasta lograr cuatro títulos con su selección al hilo: Copa América 2021, Finalísima 2022, Copa del Mundo 2022 y Copa América 2024 frente a Brasil en pleno Maracaná, Italia, Francia y Colombia, en este último con Messi llorando en el banco al haber salido del campo por lesión, en el partido de despedida de ese otro crack, especialista en hacer goles en finales llamado Ángel Di María, velocista imparable del fútbol, de lucha y celebraciones desbordantes.

Argentina es «la nuestra». Es la palabra en prosa poética de Menotti, el conductor del 78 que vence a la Naranja Mecánica que vuelve a ser subcampeona o la primera de las últimas en Buenos Aires. Es la de los jóvenes jugadores entrenados por José Pekerman, entre los que sobresalen talentosos que hoy son fundamentales piezas del cuerpo técnico del último campeón del mundo: Lionel Scaloni, Pablo Aimar, Walter Samuel, compañeros campeones mundiales con la Sub-20 en el torneo jugado en Malasia en 1997. Es la campeona del 86 con el infinito Diego Armando Maradona al que la narrativa radiofónica de Víctor Hugo Morales bendice como barrilete cósmico.
Estaba convencido que con la Holanda de Michels – Cruyff, el Barcelona de Cruyff – Guardiola y la Argentina de Scaloni – Aimar había logrado saber que el fútbol podía conjugar la calidad del juego con los resultados. Que los partidos de ligas europeas y Champions League eran indiscutible expresión en la búsqueda de la perfección futbolística. Leo libros de táctica, leo los libros de Guardiola por todo lo hecho en el Barça, el Bayern Múnich y el Manchester City, admiro y disfruto del Liverpool de Jürgen Klopp, es decir, no dejo de ver la Premier inglesa, honrando esa lúcida diferenciación que hace Jorge Valdano de los que son hinchas y de quienes privilegian el placer de ser espectadores del juego por sobre la militancia para disfrutarlo por encima de los condicionamientos perceptivos limitados por la coordenada ganar-perder, hasta que Argentina recibe en Buenos Aires al Brasil de Dorival Júnior y Vinicius, huérfano de ayuda en la cancha, sin Neymar, y mientras transcurre el juego pienso que estaba convencido de haberlo visto todo, que ya no había nada más que esperar en materia de teoría y práctica del juego, hasta sentir que este es, finalmente, el partido de todos los tiempos, el que resume un itinerario futbolero de cincuenta años: Argentina le gana a Brasil con el marcador que la verde amarilla consigue la Copa del Mundo México 70: 4-1. Los numerólogos dirían que esta no puede ser una casualidad.

Argentina doblega a Brasil con los pases que parecen nunca acabarse y que desdibujan a su clásico rival hasta borrarlo, con el toque y toque que da sentido al «dámela a mí tómala vos» con el que juegan los Países Bajos del 74 y que también se ha sabido cultivar desde la genética del Río de la Plata. La salida de pelota, el primer pase, queda a cargo del portero Emiliano Martínez con apariencia de tercer zaguero central en varios tramos del partido, capaz también de envíos por elevación, saltando líneas, para que la reciba un cada vez más versátil Julián Álvarez. Juega con la presión alta como lo inculcara ese otro maestro del fútbol, Marcelo Bielsa, que ejercitan con éxito el propio Julián, Alexis MacAllister y Thiago Almada respaldados por Leandro Paredes y Enzo Fernández. Y lo creíble de lo increíble: La Scaloneta juega sin Messi por lesión, ejecutando treinta y cuatro pases para lograr el segundo gol a cargo de Fernández, permitiéndose minutos más tarde la macana que se manda Cristian Romero para el descuento brasileño a cargo de Matheus Cunha, cuando MacAllister ya había anotado el tercero.
Síntesis: Percibo el Argentina 4 Brasil 1 como el partido que compendia los hitos históricos del fútbol desde la década de los 70 en el que se impone el discurso del juego con la pelota –sin ella Brasil entra en crisis existencial y despide a su seleccionador–, prevalece el sentido esencial de lo colectivo con chispazos de gestos individuales notables y lo más acabado de un proceso que se perfila hacia la Copa del Mundo de 2026. Argentina tiene a Messi, pero prevenida de que podría no llegar, ya está preparada para seguir siendo tan atildada y ganadora sin la presencia del genio, lo que nos está diciendo que Scaloni ha sabido cómo hacer para que una selección que juega dos partidos cada tres o cuatro meses, lo haga con la calidad y regularidad con la que lo hace un equipo de gran liga habituado a jugar dos veces por semana sin depender de uno solo como sucedía hasta antes de su consolidación como seleccionador.

La Argentina de Scaloni se ha superado a sí misma. No se recuerda a una selección campeona del mundo ejercer supremacía a dos años y fracción de la obtención de su título mundial. Con esa autoridad y estatus juega todos sus partidos en el complicado y muy largo torneo clasificatorio-eliminatorio sudamericano que conduce a Canadá-Estados Unidos-México 2026. Se posesiona de las canchas con el ánimo y la vocación de ser precisa en todos los órdenes del juego que resume con claridad Menotti: Defender, recuperar, gestar y definir en el contexto que el mismo llama tres razones claves del juego: espacio, tiempo y engaño, excepcional hábitat lúdico en que el engaño no es punible moral y éticamente, pues una gambeta no puede conducir a nadie a la cárcel, porque si así fuera, Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona y Messi habrían sido sentenciados con dos cadenas perpetuas por cabeza.
Todos estos fundamentos la albiceleste los trabaja y ejecuta con dedicación y constancia, y con un argumento con el que competir se hace muy complicado: Talento. Ese talento que hace la diferencia con el que Messi ha llegado donde ningún otro futbolista de la historia ha accedido por calidad, regularidad, constancia, goles anotados y asistencias o pases gol registrados con el Barcelona, el Paris Saint Germain, la Selección Argentina y ahora el Inter de Miami como si se tratara del equipo del barrio en el que juega con sus mejores amigos en el último tramo de su emocionante carrera. Subrayo: Messi es todo esto, y sin su presencia, Argentina hizo el partido perfecto de toda su historia contra Brasil, con el antecedente de haber jugado, según grandes y masivas coincidencias, la mejor final de la historia de los mundiales en la que le ganó por penales a Francia en Qatar.
Lo hecho en el Monumental de River el 25 de marzo de 2025, erige a esta selección como la mejor Argentina de todos los tiempos. Cinco décadas después de la tristeza que me provocara la derrota de Holanda frente a Alemania, he podido experimentar la mejor de las sensaciones de un futbolero que ha aprendido con la ilusión del niño que va a la primaria: El mejor puede ser campeón y a continuación puede ir por más, ahora contra España, la última gran campeona de Europa, en la próxima finalísima a jugarse en 2026 antes de la siguiente Copa del Mundo para la que la albiceleste está otra vez clasificada. «Gracias por el fuego» es el título de una novela de Mario Benedetti. Habría que añadir «Gracias por el juego». Fuego y juego, para esta historia, terminan convirtiéndose en palabras que se fusionan.




















































































