El pasado domingo 16 de febrero pude asistir a una función íntima de la obra teatral “Trilogía de los cuerpos”, de Laboratorio 21, presentada en un espacio alternativo de Santa Cruz de la Sierra. La obra se mostró también el año pasado en el Festival de Curitiba (Brasil, 2024) y fue seleccionada para el Festival Iberoamericano de Teatro en Mar del Plata (2025).
El afiche y publicidad nos adelantó que se trataba de una obra de desnudos, “sin máscaras ni filtros”. Tres actrices locales encarnan los personajes de esta obra, Bella Rojas, Alejandra Góngora y Maya Aguilera. La dramaturgia le corresponde al mismo productor, el inquieto Sergio Palacios. De hecho, él comenta que el texto fue escrito con aportes testimoniales de las mismas actrices. Esto lo corrobora uno de los personajes cuando reflexiona meta referencialmente sobre la obra diciendo: “obra de pedacitos de nosotras mismas. Un collage. Pequeño Frankestein, de cicatrices en la piel”. La cita es aproximada.
“Trilogía de los cuerpos” es una obra donde la desnudez funciona como estrategia de conexión íntima y de interpelación política: tres mujeres en escena que se desvisten, pero no sólo de la ropa, sino sobre todo de las inhibiciones que maniatan el cuerpo social, de las vendas y ataduras morales, y se resisten a las miradas disminuidas por los aparatos de control de la subjetividad, se plantan de frente a las censuras, y contra la cosificación del cuerpo de la mujer en las sociedades occidentales. ¡Quiero deshacer la organización que le han hecho a los cuerpos!, parecieran gritar por instantes junto a Gilles Deleuze y Félix Guattari. O quizá sea Judith Butler también a quien aluden con su noción de los cuerpos performáticos.

Teatralidad y sensaciones en ‘Trilogía de los cuerpos’
Surgen las preguntas: ¿en una obra de teatro, todo el tiempo los actores o las actrices se expresan en calidad de personajes? ¿No habrá ciertos momentos en el escenario en los que sólo está presente la persona, el individuo, la mujer? Los cuerpos desnudos hacen calistenia, como avizorando un combate, aflojan los músculos del cuello, breve coreografía de elegancia corporal. A medida que la obra va alzando vuelo, aumenta también la sensualidad de esos cuerpos que se desplazan libremente ante los espectadores, tal como llegaron al mundo, bañándose, citando a Kant, fumando un cigarrillo o hablando de sus sueños. No hay cuarta pared porque los personajes se dirigen abiertamente al público, buscan miradas y al mismo tiempo, han diseñado un dispositivo para romper esa distancia.

¿Por qué hablan de surfear si en Bolivia no tenemos acceso al mar? Tal vez sea un asunto del inconsciente, es la actriz la que habla en ese momento y no el personaje. Lo cierto es que el agua juega un rol muy simbólico en la trama de la obra, y al mismo tiempo, se conjugan con la materia en las mismas acciones. La cadena de significantes ahora será cuerpos-desnudos-mojados-mujeres; se revuelcan en el piso, van y vienen, se giran o se recuestan en un ejercicio de agitación planificado.
Trazan un refugio imaginario con las posibilidades que el teatro otorga y nos invitan a los espectadores a ser testigos de un ejercicio de alta intimidad, una invocación a la filosofía a martillazos, no sobre ideas abstractas o elucubraciones teóricas, sino con el cuerpo y lo más terrenal, sin tapujos, frente al temido cuerpo de la mujer, ese cuerpo tan temido por los santos, ascetas, sacerdotes y por los débiles. Atestiguamos todo en ese viaje que hacen las tres durante la obra, superando cualquier complejo físico, o trauma del pasado, en ese afán de ir más allá de los prototipos del cuerpo femenino perfecto, y en el deseo de activar una consciencia política participante.

Cuerpos e ideas
No puede faltar la invocación a la militancia feminista, la de muchas mujeres que definen su identidad por oposición al hombre abusador, machista, conspicuo, producto de la sociedad patriarcal, como si la base de la identidad tuviera que ser una negación radical de otro que te acaba definiendo. Pareciera algunas veces, cuando interpelan a los hombres así en general, que todo hombre es ya un potencial sospechoso de ser un maniaco abusador tan sólo por el hecho de ser hombre. También algunos discursos de reivindicación de la mujer y de empoderamiento de los segmentos minoritarios pueden caer en las falacias, o en razonamientos inductivos explosivos, como ocurre en cuestiones de raza o color de piel.
Al finalizar, destacaremos la intención de las actrices y el productor para esta obra: salirse de los lugares comunes, plantear propuestas que no repitan lo tradicional, hacer otra cosa que teatro costumbrista, invocar a los otros públicos que están un poco cansados de ver las mismas historias de leyendas o relatos populares, y tomar un poco más de riesgos. Teatro para incomodar. Un poco con el mismo ímpetu del escultor Marcelo Callaú (1946 –2004), que notó en su retorno a Santa Cruz después de haber estudiado en Europa, que la sociedad local era muy conservadora y estancada en los valores tradicionales, pero más de una manera de boca para afuera. Por ello hizo sus esculturas con desnudos de figuras humanas y partes íntimas del cuerpo, en reacción al entorno social, para decir algo. Es justo decir que la obra teatral “Trilogía de los cuerpos” continua esa interpelación a un entorno conservador por otros medios.




















































































