La Segunda Guerra Mundial había estallado y sus estrépitos llegaban intermitentemente a la plaza Colón, donde lado a lado estaban ubicados el Colegio Alemán y el Instituto Americano. En cada cual, profesores y alumnos formaban acalorados bandos enfrentados que se extendían a sus hogares y a las chicherías y bares aledaños. Allí, los efluvios de las bebidas estimulaban las discusiones entre partidarios del Eje y sus contrarios. El bar Comercio, situado al lado del Club Alemán, bien venía a la colonia tudesca y a sus amigos afectos a los espumantes jarros de la cerveza Taquiña y desafectos de algunos comensales piristas que criticaban los avances de la Whermacht y aplaudían los desplantes del viejo Winston Churchill. Finalizada la contienda, en 1945, la bandera alemana que flameaba con la esvástica fue retirada del patio colegial y parte de nuestros maestros alemanes, apresados entre las lágrimas del alumnado. Cuando el colegio fue clausurado, un buen contingente migró a La Salle y allí encontramos aquel microcosmos de razas y nacionalidades, todos descendientes de sajones, japoneses, croatas, serbios, catalanes, judíos varios, turco-austriacos y, entre ellos, a un chico peruano singular llamado Mario Llosa, a quien por lo pequeño y tímido lo apodábamos “Llosita”, que siempre ceñido a su chompa azul, sus pantalones cortos y sus dientes de conejo, nos atraía por su acento diferente al hablar y por la deferencia con que lo trataba el hermano Justiniano en distancia del hermano Juan, mi preferido, quien, cuando me confesaba, dormitaba en un estado de beatitud que quizá me indujo años más tarde a escribir mi novela La última confesión de un libertino. Llegado el día de la primera comunión, la cincuentena de todo el 4to. de Primaria nos tomamos esa foto donde aparece Mario Vargas Llosa y a su lado izquierdo Carlucho Brockmann, seguido de este escribidor encorbatado. La vida pasaba rápidamente mientras Mario escalaba raudamente los peldaños de la celebridad, acopiando sus notables obras, en tanto que nosotros nadábamos venciendo con esfuerzo las violentas olas de la mediocridad. Los días se sucedían y los vaivenes de la diplomacia me llevaron a dialogar con Mario en Lima, en Madrid, pero particularmente en París, donde por última vez nos encontramos el 9 de febrero 2023, en ocasión de su entronización a la Academia Francesa. Allí lo abordé obsequiándole una foto ampliada de nuestra clase en la que recorría la vista indagando por uno y otro. Al llegar a su propia imagen, reconoció a Carlucho Brockman y a su costado a Carlos Antonio Carrasco. Al enterarse que los tres éramos los únicos sobrevivientes, exclamó satisfecho: “Los enterramos a todos”. Luego, conversamos ligeramente sobre lo humano y lo divino, lejos de la solemnidad con que lo trataban admiradores y aduladores. La oportunidad fue propicia para saludar a su hijo Álvaro y a su esposa Patricia, que me ratificó su cochabambinismo. Ellos saben cuánto siento la partida de Mario, quien, en la carrera de la vida, se adelantó una vez más.





















































































