La Diplomacia es la forma tradicional de relación entre Estados que buscan la coexistencia pacífica a través de la negociación. Su ejercicio está supeditado a la acción de los Estados en el marco de los objetivos de sus políticas exteriores.
Desde la antigüedad hasta nuestros días, la Diplomacia siempre ha mostrado su carácter de negociación en asuntos como la cooperación y/o resolución de disputas entre Estados. Esta disciplina ha evolucionado en el tiempo demostrando su capacidad de adaptabilidad a las circunstancias y desafíos mundiales: de tener un carácter ambulatorio -desde la Antigüedad hasta el Siglo XV- informal, carente de una codificación regulatoria determinada, hasta tener el carácter permanente -desde el Congreso de Viena de 1815 hasta la actualidad- con Representaciones Diplomáticas entre Estados o ante Organizaciones Internacionales a través de normas de carácter internacional que rigen la Sociedad Internacional.
De igual manera, la Diplomacia boliviana tuvo dos grandes etapas formativas: 1) El período geográfico -desde la fundación de la República (1825) hasta la Guerra del Chaco (1932-35)- circunscrita principalmente a cuestiones de límites con los países vecinos, y 2) El período Nacionalista o de la Dinámica del Desarrollo -desde el fin de la Guerra del Chaco (1935) hasta inicios del Siglo XXI- caracterizada por una serie de doctrinas geopolíticas inspiradas en los aportes de Julio Méndez y Jaime Mendoza, así como en la formulación de una Doctrina Internacional post-Chaco, donde Bolivia se convierta en una «tierra de contactos y no de antagonismos» basada en la cooperación, la integración, seguridad territorial con los países vecinos, el aprovechamiento de los recursos naturales y el respeto del Derecho Internacional. (Medeiros, G.: 1997).
Posteriormente, se incorporaron nuevos temas en la relación bilateral y multilateral de Bolivia con otros Estados y Organizaciones Internacionales. Entre los principales se encuentran: la mediterraneidad y libre tránsito, asuntos portuarios, aguas internacionales, relaciones con la ONU, OEA, UE (ámbito político); la participación en el Sistema Multilateral del Comercio, MERCOSUR, CAN (ámbito económico); así como en áreas relacionadas con el medio ambiente, cambio climático o el ámbito cultural.
El año 2005 marcó el inicio de la revolución Democrática y Cultural en Bolivia a través de una serie de reformas estructurales desarrolladas por el gobierno nacional que buscaron la descolonización del Estado en todos sus ámbitos (político, económico y social). Su principal objetivo se centró en contar con una sociedad plurinacional más inclusiva y no discriminatoria, reconociendo, entre otros, los derechos de las naciones y pueblos indígenas postergados históricamente.
Esta reforma estatal también incluyó cambios en la Diplomacia boliviana que cuestionó la tradicional forma de relación entre Estados, ampliando este escenario al diálogo entre pueblos.
Denominada en un principio como Diplomacia Indígena, tuvo desde su inicio el carácter identitario, dirigida por el Jefe de Estado Evo Morales y su Ministro de Relaciones Exteriores David Choquehuanca, ambos indígenas, con el propósito de visibilizar de una manera diferente el relacionamiento -de acuerdo con la cosmovisión de los pueblos y naciones indígenas- con la Sociedad Internacional.
Posteriormente, con el aporte de intelectuales y sectores populares urbanos, evolucionó como Diplomacia de los Pueblos por la vida, ampliando su visión con el mundo, promoviendo desde Bolivia una sociedad internacional complementaria, democrática, justa y solidaria sobre la base del Vivir Bien -horizonte civilizatorio y cultural por el que se valora la vida, para establecer relaciones de hermandad entre pueblos- en armonía con la naturaleza.
La Diplomacia de los Pueblos por la vida valoriza el respeto de los derechos humanos y el principio de la vida sobre criterios exclusivos de mercado y capital; donde los pueblos del mundo se relacionan entre sí para complementarse y alcanzar acuerdos que permitan proteger la vida y el planeta. Por eso se contrapone a toda forma de imposición y violencia, facilitando el diálogo entre Estados e igualmente entre pueblos.
La actualidad global post-Pandemia Covid-19, signada principalmente por el multilateralismo y un Sistema Internacional en transición hacia un nuevo orden mundial, permite que la Diplomacia contemporánea se adapte a nuevas tendencias marcadas por la tecnología y la ciencia. Por ello, el desarrollo de diplomacias alternativas como la Ciberdiplomacia, Diplomacia Tecnológica o la Diplomacia Científica, podrán aportar al relacionamiento entre Estados en un mundo en movimiento.
De igual forma, la Diplomacia de los pueblos por la vida deberá adecuarse a estos desafíos -el desarrollo de la Inteligencia Artificial, o la ciberseguridad, entre otros-, sin perder su esencia identitaria, de defensa de la vida y armonía con la naturaleza, aportando con sus acciones y objetivos al desarrollo de la Sociedad Internacional.






















































































