Las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia sobre el futuro de Ucrania han entrado en una fase decisiva que podría redefinir el equilibrio geopolítico mundial. Tras casi tres años de conflicto, la comunidad internacional observa con atención cómo las grandes potencias buscan un acuerdo que podría consolidar nuevas esferas de influencia y alterar las alianzas tradicionales. Las conversaciones, caracterizadas por la exclusión de actores clave como Europa y la propia Ucrania, plantean interrogantes sobre los principios que guían la diplomacia contemporánea.
El conflicto en Ucrania no es un episodio aislado; es un punto de inflexión en las relaciones internacionales y en la arquitectura de seguridad global. La manera en que se resuelva este conflicto tendrá repercusiones profundas y duraderas en la estabilidad de Europa del Este, la cohesión de la alianza transatlántica y la proyección de poder de Estados Unidos frente a otros actores estratégicos como China. Además, las tensiones internas en Occidente podrían intensificarse si los aliados europeos perciben que sus intereses están siendo sacrificados en favor de un enfoque unilateral por parte de Washington.
En este contexto, el análisis del profesor John Mearsheimer, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Chicago y uno de los principales exponentes de la teoría realista en las relaciones internacionales, ofrece claves esenciales para comprender la situación. Conocido por su visión crítica sobre la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y su escepticismo respecto a las intervenciones estadounidenses en Europa del Este, Mearsheimer sostiene que el conflicto en Ucrania es el resultado directo de las tensiones estructurales entre grandes potencias y que la diplomacia actual refleja más un juego de poder que un verdadero intento por alcanzar una paz justa y duradera. El reconocido internacionalista fue entrevistado recientemente por el periodista Andrew Napolitano.
Europa marginada y Ucrania excluida
Uno de los aspectos más destacados por Mearsheimer es la marginación deliberada de los europeos y, en mayor medida, de Ucrania misma en las negociaciones clave. «Los europeos no importan mucho», afirma con contundencia, destacando que los actores verdaderamente relevantes son Estados Unidos, Rusia y, en última instancia, Ucrania, aunque esta última tiene poca capacidad de decisión. Las recientes reuniones en Riad entre delegaciones estadounidenses y rusas, encabezadas por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguéi Lavrov, refuerzan esta visión, al dejar fuera a los europeos y reducir el rol de Kiev a un mero receptor de los acuerdos que Washington y Moscú definan.
El vicepresidente estadounidense J.D. Vance, en su discurso del 14 de febrero en la Conferencia de Seguridad de Múnich, confirmó este enfoque al evitar cualquier referencia sustantiva a Ucrania y centrar su mensaje en ataques a las élites europeas y en la defensa de los “valores comunes”. Para Mearsheimer, este desplazamiento de los europeos del centro de las negociaciones evidencia un cambio radical en la política exterior estadounidense, alejándose de la multilateralidad que caracterizó administraciones anteriores luego de la Segunda Guerra Mundial
El enfoque transaccional de Trump
El cambio de enfoque bajo la administración Trump ha sido evidente. Mearsheimer subraya que «Trump está dispuesto a hacer concesiones significativas a Rusia para lograr un acuerdo rápido», incluso si esto implica sacrificar los intereses ucranianos y alterar el equilibrio geopolítico en Europa del Este. Según el académico, el acuerdo en gestación incluye tres elementos clave: el reconocimiento de la anexión rusa de Crimea y cuatro oblasts ucranianos, la neutralidad permanente de Ucrania y su desmilitarización significativa.
“Ucrania está perdiendo en el campo de batalla. No hay manera de salvar la situación”, señala Mearsheimer, destacando que Washington carece de poder real para revertir la posición de ventaja que Moscú mantiene sobre el terreno. En su visión, Trump entiende que continuar la guerra solo prolongará el sufrimiento ucraniano y fortalecerá la posición rusa, por lo que busca cerrar un acuerdo que, aunque impopular, ponga fin al conflicto.
Este enfoque refleja la visión transaccional característica de la administración Trump, donde los acuerdos se valoran por sus beneficios inmediatos más que por sus implicaciones estratégicas a largo plazo. Mearsheimer destaca que esta lógica puede debilitar la posición de Estados Unidos frente a sus aliados europeos, que perciben estas concesiones como una traición a los principios de seguridad colectiva que han sostenido la alianza transatlántica desde la Guerra Fría.
Ucrania, un punto de quiebre
Además, la decisión de reconocer formalmente la anexión rusa de territorios ucranianos marca un punto de quiebre en la política exterior estadounidense. El internacionalista advierte sobre las consecuencias que esto podría tener a futuro. “Es una señal de que las grandes potencias pueden reconfigurar las fronteras a través de la fuerza si cuentan con el respaldo o la indiferencia de Washington”, sostiene Mearsheimer.
El académico también subraya el impacto interno de esta estrategia en Estados Unidos. Las concesiones a Rusia podrían agudizar las divisiones políticas domésticas, con sectores críticos que acusan a la administración Trump de ceder ante Putin a cambio de beneficios económicos y políticos de corto plazo. Por otro lado, Trump justifica su enfoque alegando que poner fin al conflicto reducirá los costos económicos y humanos para Estados Unidos y permitirá centrar recursos en desafíos estratégicos como la contención de China.
En última instancia, Mearsheimer plantea que esta visión transaccional podría debilitar la credibilidad de Estados Unidos como líder defensor del orden internacional basado en normas, alentando a otros actores a desafiar el statu quo.
La presión sobre Zelensky
Uno de los aspectos más polémicos de las negociaciones es la presión ejercida sobre el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky para que acepte los términos propuestos. Trump ha criticado abiertamente a Zelensky, llamándolo “dictador” y responsabilizándolo del inicio del conflicto. Además, ha condicionado la continuidad del apoyo militar estadounidense a la aceptación de las condiciones pactadas con Rusia.
Mearsheimer destaca que «si acabamos de cortar el flujo de armamento completamente, Ucrania sería derrotada muy rápidamente», lo que revela la precariedad de la posición ucraniana. Esta amenaza de cortar el suministro de armas se ha convertido en una herramienta clave para doblegar a Kiev, obligando a Zelensky a considerar acuerdos desfavorables bajo la presión de un inminente colapso militar. La dependencia ucraniana del apoyo occidental ha limitado su capacidad de negociación, colocándola en una situación donde las decisiones estratégicas están fuertemente condicionadas por los intereses de Washington.
Paralelamente, las negociaciones sobre un acuerdo de minerales estratégicos entre Ucrania y Estados Unidos, que incluye recursos como uranio, litio y tierras raras, han generado un nuevo punto de fricción. Aunque oficialmente se presentan como una oportunidad de cooperación económica, muchos observadores interpretan este acuerdo como una medida de presión adicional sobre Kiev. La cesión de acceso a estos valiosos recursos se percibe como una moneda de cambio en las negociaciones de paz, consolidando la influencia estadounidense sobre sectores estratégicos de la economía ucraniana.
El futuro, más allá de Ucrania
El debate sobre estos acuerdos ha generado controversias tanto en Ucrania como entre los aliados europeos, quienes temen que la presión sobre Zelensky termine erosionando aún más la autonomía ucraniana. “Ucrania está atrapada entre la espada y la pared”, señala Mearsheimer. “Por un lado, necesita el apoyo militar estadounidense para sobrevivir, pero por otro, ese apoyo está condicionado a aceptar un acuerdo que podría comprometer su soberanía a largo plazo”.
Además, la presión económica se extiende más allá de los acuerdos minerales. Washington también ha condicionado futuros paquetes de ayuda financiera y asistencia humanitaria a la cooperación de Kiev en la implementación de los términos del acuerdo con Moscú. Esta estrategia multifacética crea un entorno en el que Zelensky debe sopesar los costos de resistirse frente al riesgo de un colapso económico y militar.
El resultado es una negociación profundamente asimétrica, donde Ucrania se enfrenta a la disyuntiva de aceptar términos desfavorables o enfrentarse a un aislamiento que podría poner en riesgo su propia existencia como Estado independiente. Mearsheimer concluye que este enfoque refleja la lógica cruda de la política de poder. “En la arena internacional, los principios democráticos suelen ceder ante las dinámicas de fuerza. Y en este caso, Ucrania está pagando el precio de su posición estratégica entre potencias en competencia”.
El riesgo de una ruptura transatlántica
El acercamiento entre Washington y Moscú ha generado alarma entre sus aliados europeos, quienes temen una ruptura de la alianza transatlántica con consecuencias imprevisibles. La exclusión de Europa de las negociaciones y la aparente disposición de Trump a ceder ante Putin refuerzan estos temores. Para muchos líderes europeos, la política exterior de la administración Trump representa no solo un alejamiento de los compromisos tradicionales con la OTAN, sino también una traición a los principios de seguridad colectiva que han sustentado el orden internacional de la posguerra.
J.D. Vance, vicepresidente estadounidense, ha intensificado esta desconfianza al respaldar indirectamente a fuerzas euroescépticas como la de Alternativa para Alemania (AfD) y criticar duramente a las instituciones europeas durante su discurso en Múnich.
Mearsheimer advierte que esta erosión de la confianza transatlántica podría tener consecuencias a largo plazo para la estabilidad europea. “Si Estados Unidos continúa debilitando sus lazos con Europa, se corre el riesgo de fragmentar la cohesión del continente, abriendo espacio para la influencia de otras potencias, como Rusia y China”, señala. Los países del este de Europa, en particular Polonia y los Estados bálticos, han expresado su preocupación ante la posibilidad de quedar desprotegidos frente a una Rusia empoderada.
Nuevas alianzas
La observación del académico no es infundada. Con la administración Trump minimizando la amenaza rusa percibida por algunos países europeos y reduciendo su implicación directa en la seguridad de la región, los gobiernos se ven forzados a reconsiderar sus estrategias de defensa y a buscar nuevas alianzas. Alemania y Francia, por ejemplo, han reactivado discusiones sobre la creación de una fuerza militar europea independiente de la OTAN, un proyecto que hasta hace poco parecía inviable.
Además, la postura estadounidense ha intensificado las tensiones dentro de la Unión Europea. Países con posturas más conciliadoras hacia Moscú, como Hungría, encuentran ahora mayor margen de maniobra para desmarcarse de las políticas comunes, debilitando la unidad del bloque. La fragmentación interna dificulta la formulación de una respuesta europea cohesionada y eficaz frente a la crisis en Ucrania y sus repercusiones geopolíticas.
Mearsheimer subraya que el mayor riesgo radica en la creación de un vacío de poder en Europa, que podría ser explotado por actores externos con agendas propias. “La retirada parcial de Estados Unidos abre la puerta a nuevas dinámicas de poder que podrían desestabilizar aún más la región”, afirma.
¿Hacia un nuevo orden geopolítico?
El análisis de Mearsheimer invita a reflexionar sobre el posible reordenamiento del sistema internacional. Si las negociaciones actuales consolidan la hegemonía rusa sobre territorios ucranianos y debilitan la influencia europea en la región, podría gestarse un cambio profundo en la arquitectura de seguridad global. El riesgo, señala el académico, es que este proceso se perciba como una serie de capitulaciones estadounidenses frente a Moscú, lo que podría minar la credibilidad de Washington en otras regiones estratégicas.
En definitiva, la visión de Mearsheimer expone la crudeza de las lógicas de poder que guían las relaciones internacionales, donde los principios democráticos y la autodeterminación de los pueblos quedan supeditados a los intereses estratégicos de las grandes potencias. Ucrania, en este contexto, se convierte en una parte más del tablero de ajedrez geopolítico, con su destino en manos de actores que negocian sobre su futuro sin su participación directa.
Las palabras de Mearsheimer resuenan como una advertencia: “en las relaciones internacionales, la moralidad rara vez dicta el curso de los acontecimientos. Es el poder, en última instancia, el que define los resultados”.






















































































