Las crisis son momentos en los que sociedades abigarradas, como la boliviana, aparecen tal como son en sus huesos, por debajo del tejido aparente de la normalidad. La conflictividad que atraviesa Bolivia actualmente es uno de esos momentos. El altiplano movilizado, un gobierno cuestionado a pocos meses de haber asumido, una economía herida y una conversación pública reducida a consignas. La radiografía va apareciendo con crudeza.
La circunstancia pone a la vista lo que en tiempos de calma queda soterrado, sumergido: las exclusiones de memoria larga, las promesas incumplidas, la distancia entre quienes votan y quienes gobiernan, la ausencia de un proyecto común. Es, en el sentido más estricto, una crisis que enseña.
La socióloga cochabambina María Teresa Zegada Claure —Marité, para quienes la conocen— lleva décadas estudiando esos pliegues. Animal Político, de La Razón, conversó con la destacada académica sobre la coyuntura. Ella propone leer el actual estallido con una herramienta que toma de René Zavaleta: la crisis como método de conocimiento. “Es muy actual para ayudarnos a entender Bolivia”, dice. “Se condensan demasiadas cosas, pero nos permite visibilizar este país, que incluso en las elecciones se invisibiliza”. Lo que sigue es un recorrido por esa Bolivia real que la coyuntura ha sacado a la superficie.
Muchas emociones, pocas ideas
Lo primero que aflora en la conversación es un diagnóstico paradójico. En medio de una crisis política y económica profunda, prácticamente nadie está discutiendo política ni economía. Hay sentimientos, hay consignas, hay guerra de narrativas. Hay, sobre todo, un sentimiento de agravio; sea justo o no. Pero no hay ideas políticas claramente en disputa.
Zegada lo lee como una falla anterior, no como una característica del momento actual. “El momento de esa discusión profunda era el momento electoral del año pasado”, sostiene. “Estábamos hablando no solamente de un cambio de presidente, sino del agotamiento de un modelo y de la necesidad de alternativas”. Esa discusión, sin embargo, nunca ocurrió en serio. “Al final, donde se ha definido todo, ha sido en la retórica superficial de frases hechas, ya sea antimasistas o, del otro lado, antiliberales, pero puras frases muy superficiales y no propuestas claras”. El resultado es que la crisis llega sin debate previo que la oriente y en su premura ya no hay tiempo para tenerlo. “Las urgencias son otras (en medio de las protestas) mucho más inmediatas”.
A esa carencia se le suma un componente que la amplifica. Las redes sociales —observa Zegada citando un informe reciente y los estudios de polarización de la CAF y la Fundación Friedrich Ebert— funcionan como combustible emocional. “Lo que se recibe genera emociones: rabia, miedo, solidaridad. Las emociones afloran, y este llamado discurso del odio, en este contexto, tiene un papel fuerte”. Lo que el sistema político no procesa como debate, los algoritmos lo procesan como afecto y desafecto. Y estos, a esta altura, ya están polarizados, furiosos.
Un gobierno cuestionado
La administración de Rodrigo Paz Pereira heredó una crisis múltiple —desinstitucionalización, corrupción residual, vaciamiento fiscal, agotamiento del modelo hidrocarburífero— y en pocos meses se ha encontrado en el ojo del huracán. Zegada no la examina con la lógica de enumerar uno por uno los aciertos o errores del oficialismo, sino que hace una pregunta más de fondo: ¿qué proyecto tiene este gobierno?
“Es un gobierno que ha querido conciliar con todos, por la presión, pero tampoco está logrando dar una línea”, observa. “No se sabe qué proyecto claro de país tienen y a dónde están conduciendo al país, por estas ambivalencias y, probablemente, por su necesidad de sobrevivir”. La lista de medidas que han ido “enfureciendo al pueblo” convive con otras que intentaron atenuar el malestar —incremento salarial, bonos, apoyo a microempresas—, pero el saldo es desigual. “Han pesado mucho más las percibidas negativamente”, dice, en referencia al perdonazo a las grandes fortunas y al giro liberalizador que se intuye sin terminar de explicitarse.
Hay, sobre todo, un problema de representación que el gobierno no advirtió a tiempo. La dupla Paz-Lara logró un éxito electoral importante apostando a conectar con sectores populares —incluyendo alianzas con figuras provenientes del entorno de Morales—, pero en el ejercicio del poder esa apuesta se diluyó. “Esta apuesta a que ellos podían responder a esos sectores se ha quedado en la retórica”, resume Zegada. Y eso, en un país con la memoria política de Bolivia, no sale gratis. “Los pone automáticamente otra vez en el otro lado”, como antagonistas de los sectores hoy movilizados.
Calles llenas, horizonte vacío
Del otro lado del conflicto, la movilización del altiplano expone una potencia evidente y una limitación menos comentada. La potencia es la capacidad de paralizar, de visibilizar, de poner el cuerpo. La limitación es que esa fuerza no tiene un proyecto que la dirija más allá del agravio sentido.
“Lo que une a la sociedad es la carencia, es la necesidad, es el querer tener más participación en el Estado, es la exclusión”, analiza Zegada. “O sea, todo lo negativo, lo duro es lo que une a la gente, pero no hay un proyecto común”. La pregunta que ella formula es de una sencillez devastadora: “Ellos dicen que se vaya Paz. Bueno, y el día después, ¿qué se quiere hacer con Bolivia?”.
Detrás de la movilización opera una memoria larga que Zegada, en línea con Silvia Rivera, reconoce sin matizar: décadas de desigualdad, exclusión étnica y cultural, promesas incumplidas. “En los discursos de muchos de los movilizados del altiplano está esta idea de ‘nos han excluido del poder, otra vez ha retornado la casta, los privilegiados y sus intereses, y nosotros otra vez estamos viviendo esta exclusión’“. La llegada del MAS, recuerda, generó la expectativa de cerrar ese ciclo de exclusiones, pero “se ha ido diluyendo en los gobiernos de ese partido, donde se percibía que ese beneficio era solo de ciertos sectores”.
Hoy ese desencanto se expresa mediante diversos dirigentes más o menos visibles, pero sin una conducción articulada. “Si el gobierno tuviera que sentarse a negociar el fin de este episodio, ¿con quién negocia?”, es la pregunta que sobrevuela. La respuesta no es obvia.
Liderazgos a la deriva
La fragmentación no es exclusiva de los movilizados. Es transversal al campo político. Las elecciones nacionales y subnacionales recientes lo confirmaron con un voto disperso, sin núcleo articulador. “La votación que antes era mayoritariamente del MAS no ha ido hacia alguien”, observa Zegada. En las nacionales hubo cierta apuesta al PDC, “porque así se pintó el mapa”, pero en las subnacionales el voto se disolvió. “Ese voto se ha desperdigado en agrupaciones totalmente insulsas, prácticamente inexistentes”, anota.
Lo más revelador, para ella, es la mirada sociológica que esto exige. La Bolivia del siglo XXI es otra. “Antes tenías sectores asalariados potentes, un campesinado articulado con cierto tipo de demandas, muy claras también en relación con la tierra”. Hoy, en cambio, “tienes una Bolivia mucho más diversa y con muchos más intereses”. En El Alto coexisten sectores campesinos indígenas depauperados con juntas vecinales “muy incorporadas a un mundo de capitalismo ancho, de base ancha, popular, velando por sus intereses”. No hay una sola voz; hay muchas, y ninguna logra hablar por las demás.
Tampoco surgen, desde la sociedad, liderazgos que salten al campo de la representación política. En un estudio reciente sobre el poder local en Cochabamba, Zegada y su equipo lo constataron de cerca: no aparecían candidatos provenientes de los gremios, del transporte, de las juntas vecinales. “No tienen tiempo para hacer política”, resumían los entrevistados. Prefieren negociar con los líderes que ya están —”como lo han hecho durante muchos años con Reyes Villa aquí”— a producir representación propia. Lo que queda, en consecuencia, son “caudillismos, o liderazgos carismáticos locales —como el Mamén Saavedra, en su caso, o como Manfred Reyes Villa aquí—, pero después no hay nada más”. Una política sin partidos, sostenida por “una institucionalidad paralela, de redes clientelares muy fuertes”.
Conversaciones pendientes
Si el debate de fondo no se dio en campaña y la crisis no permite tenerlo ahora, ¿cuándo se da? Esa es la pregunta que flota durante toda la entrevista. Zegada nombra los temas: hay que repensar el modelo productivo, el rol del Estado, el corporativismo que viene del 52. El mismo que el MAS “ha acentuado muchísimo” con su lógica “basada en la prebenda, en el clientelismo, en el beneficio y los privilegios de ciertos sectores”. Hay que repensar la Constitución, la representación, los partidos.
Pero no se trata, advierte, de retoques. “Cuando se dice que hay que repensar los partidos, creo que hay que repensarlos de fondo. Cuánto están sirviendo a lo que la democracia requiere que ellos cumplan, que no es solo la selección de élites o gobernar. Sino sobre todo una mediación entre el Estado y la sociedad”. Esa mediación, hoy, prácticamente no existe. Y sin ella, los conflictos no encuentran su cauce en lo formal. “Se supone, en teoría, que la conflictividad es procesada en el mundo de la política institucional, es decir, en las asambleas legislativas a nivel nacional y subnacional”. Cuando ese procesamiento falla, queda la calle.
Detrás de todas estas discusiones aplazadas hay una más difícil, que Zegada formula con preocupación y cautela. “¿Cuán nación somos? ¿O cuán Estado plurinacional, diverso, heterogéneo? Pero ¿cuánto de eso es recuperado con el ánimo de construir una cohesión social, un proyecto común? No sé si lo vamos a llamar nación —tal vez, no lo sé—, pero algo que nos unifique. Porque todo el tiempo estás viendo las dos Bolivias, o muchas más tal vez, confrontadas por intereses inmediatos”.
Lo que la crisis revela
La reflexión vuelve a Zavaleta. Si la crisis es método de conocimiento, ¿qué está conociendo Bolivia de sí misma en este momento? Zegada ofrece, a lo largo de la conversación, una respuesta articulada en capas. En la superficie, está la indignación inmediata: la gasolina basura, las indecisiones, el agravio del “votamos por vos y haces otra cosa”. Debajo, una memoria de mediano plazo: veinte años de desinstitucionalización, corrupción, modelo hidrocarburífero agotado, corporativismo profundizado. Más abajo aún, una memoria larga: siglos de exclusión étnica, social y cultural que la breve apertura del primer ciclo del MAS prometió cerrar y no cerró.
Lo que la crisis revela, entonces, no es un problema sino una superposición. Y revela, también, una ausencia: la del proyecto común capaz de articular esa heterogeneidad sin aplastarla. “Hay un verdadero quiebre entre estos dos sectores”, dice Zegada refiriéndose al gobierno y a los movilizados, “y también, como decíamos, no hay desde la sociedad misma proyectos” que ofrezcan salida.
Quizá ese sea el saldo más duro del momento. La crisis muestra a una Bolivia que sabe muy bien contra qué está, pero no termina de saber qué quiere ser. Y mientras ese debate no se abra —en serio, no en la retórica electoral ni en los algoritmos de las redes sociales—, los estallidos seguirán siendo cíclicos. “No hay este intento de trascender ese plano que nos está carcomiendo, que nos está destruyendo en este momento, para mirar un poco más allá y ver hacia dónde vamos a conducir todo esto, que nos está desgastando tanto”. La frase queda flotando, como una pregunta más que como un cierre. Probablemente porque eso es lo que es.






















































































