América Latina se ha convertido en un tablero donde se cruzan los intereses de las dos mayores potencias del planeta. Sudamérica concentra una parte sustantiva de esa pugna. China es hoy el principal socio comercial del subcontinente, por encima de Estados Unidos y su presencia se ha consolidado en infraestructura, minería y comercio. Para Diego Area, presidente y CEO de Global Americans, think tank con sede en Washington dedicado a las relaciones hemisféricas, ese desplazamiento no es casual y tiene consecuencias geopolíticas concretas.
«Estados Unidos es el primer socio comercial de Latinoamérica en general. Pero si hacemos un corte en Centroamérica y nos vamos hacia abajo, China tiene un nivel de influencia mayor», explica Area. Y agrega un dato que considera decisivo para entender la disputa. «Son zonas geográficas donde existen muchos minerales, mucha riqueza, que son en este momento el motor del futuro de la tecnología. La necesidad alimenta la carrera tecnológica. Es un sitio estratégico para China». Litio, cobre, tierras raras y otros minerales críticos son insumos sin los cuales no hay transición energética ni industria de semiconductores. La región los tiene, y eso la pone en el centro de la competencia.
La presencia china tiene anclajes específicos. Perú concentra una parte importante de las inversiones en infraestructura, con el megapuerto de Chancay como pieza más visible. Chile mantiene a China como principal mercado para su minería. Venezuela fue, durante años, un destino mayúsculo de financiamiento chino, aunque hoy la relación se ha enfriado. «Tuvieron una influencia muy importante, y la siguen teniendo. La falta de capacidad del país (Venezuela) de devolver los millones y millones de deuda que se generaron durante ese tiempo, hace que no estén interactuando con una intensidad alta en este momento», señala Area.
El giro de Washington
Sobre ese escenario regional cae un cambio mayor: el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca y una reformulación profunda de la política exterior estadounidense. Area describe el nuevo marco sin eufemismos. «Estamos en un nuevo mundo, dominado por la Doctrina Monroe. Un mundo atomizado, de ataque al sistema basado en reglas. Hay una ampliación de la estrategia de negociación y de interacción con el mundo más binacional, basado en el dealmaking, en cerrar negocios».
La fórmula combina reafirmación hegemónica en el hemisferio con una lógica transaccional bilateral, país por país, en lugar de los marcos multilaterales tradicionales. Esa combinación, advierte Area, no es neutra en sus efectos sobre la percepción regional. La retórica agresiva en la lógica de cierre de negocios desde una posición de fuerza o dominante, propia del estilo Trump, «alimenta definitivamente el discurso de quienes promueven el sentimiento antiamericano en la región». Es decir, el mismo instrumento que Washington despliega para reafirmar su preeminencia puede alimentar a sus adversarios discursivos.
La rivalidad y sus reglas
La disputa por la influencia regional, en la lectura de Area, no es solo comercial. Tiene que ver con métodos y con las consecuencias institucionales de esos métodos. «China tiene prácticas para hacer negocios que son distintas a las prácticas occidentales», afirma. Y describe lo que considera el patrón: «Se ha detectado y documentado corrupción, así como la penetración del Estado mediante coimas a funcionarios, otorgando contratos, endeudando mucho a los países y quedando luego con control político sobre el territorio».
Esa caracterización explica, según Area, por qué Washington ubica a Beijing tan arriba en su agenda hemisférica. «Tienen una presencia que resulta amenazante a la seguridad de Estados Unidos, al menos así lo ve Washington: como una amenaza dentro de un espacio de competencia geopolítica. Estados Unidos tiene, en su estrategia de seguridad nacional, a China y a su interacción con Latinoamérica bastante arriba en la lista de prioridades». La región, así, queda inscrita en una competencia que excede largamente sus propias decisiones.
Bolivia, entre dos realidades
En ese cuadro mayor, Bolivia ocupa una posición particular. Tiene reservas significativas de litio, está geográficamente en el corazón de Sudamérica y atraviesa un momento político de alta intensidad. La lectura de Area es estructural. «Bolivia está en el medio de esas dos realidades. En el medio de esa riqueza de recursos, de una competencia por influencia de las grandes potencias. Pero con su propia realidad interna compleja, políticamente compleja», observa.
Esa complejidad interna, sostiene, no se da en el vacío. Se entrelaza con la disputa global hasta volverse parte de ella. «Con sus grandes recursos naturales y las contradicciones que eso genera en las poblaciones locales y domésticas, y la polarización que eso produce, las facciones políticas asumen posiciones y movilizan» a sus grupos afines, explica. Subraya el peso simbólico que adquiere el tema. «Lo de China es tan importante que, para el discurso principal de las facciones, se trata de alinearse o alejarse de una de esas potencias».
La observación es incisiva porque invierte la mirada habitual. No se trata solo de cómo la geopolítica global afecta a Bolivia, sino también de cómo la propia disputa interna se construye, en buena medida, posicionándose frente a esa geopolítica. Los recursos naturales, lejos de ser un activo neutral, se convierten en eje de conflicto. El alineamiento internacional pasa a ser una credencial de identidad política. En un país con reservas que el mundo necesita, la neutralidad es difícil: cada decisión interna se lee también desde fuera, y cada movimiento externo reverbera adentro.






















































































