El miércoles 22 de abril a las 7 de la noche, en Oruro un adolescente de 15 años hirió con un cuchillo a su profesor luego que éste, sostuviera una reunión con sus padres para informarles sobre el bajo rendimiento del estudiante. Ese mismo día en paredes, pizarras y baños del colegio Saint Francis, en Santa Cruz; de la unidad educativa Incos de Riberalta, Beni y en el Instituto Americano de La Paz, se podían leer amenazas como “Tiroteo el 22 de abril, hora 10:45 full asesinato”.
“Tiroteo el 22 de abril, fáltense”. Ante estas inscripciones los padres de familia retiraron a sus hijos de los colegios, las autoridades de los establecimientos procedieron a solicitar patrullaje y asistencia policial. Estas advertencias nunca deben pasar desapercibidas ni tomarlas como bromas o travesuras de estudiantes.
Todo nos lleva a pensar que los estudiantes del Urubó en Santa Cruz, los del colegio Incos de Riberalta junto a los del Instituto Americano de La Paz, estaban en perfecta sincronización. Qué fácil es que estos adolescentes se conecten a través de las redes sociales y terminen realizando este tipo de actos sin levantar sospechas. Sólo necesitan su celular y un par de mensajes. No necesitan conocerse personalmente, ni establecer reuniones, ni charlas interminables, sólo unas frases.
Los padres seguramente ni se enteraron, al igual que los profesores. Existe la prohibición de usar celulares en el aula, pero ¿quién dijo que necesitan utilizar el teléfono cuando están en clases? Lo hacen en cualquiera de los minutos o segundos que precisan mientras están a punto de dormir, cuando todo está en silencio y los padres piensan que felizmente sus hijos están en casa, resguardados, bajo techo. No se preguntan ni se cuestionan sobre toda la información que estarán recibiendo, ni la información que estarán entregando en el silencio que en realidad no es descanso.
No sabemos si esos adolescentes tienen suficiente comunicación con sus padres o los adultos con los que viven. Generalmente están entre los 12 y 17 años. A esa edad suelen ser reservados, poco comunicativos con el mundo de los mayores, se sienten incomprendidos. Ellos están viviendo un mar de cambios físicos y emocionales por los que ya pasaron los adultos y que ahora parecen no recordar.
Mucho internet, demasiada información, demasiados “amigos”, a los que se pueden contar por miles. Ninguno es de verdad. Poco diálogo en casa, poca observación de lo que ve, lee, escucha ese adolescente cada día más indomable, menos conocido. Deberíamos estar más atentos de lo que pasa con los hijos, hermanos, sobrinos, nietos adolescentes. No quiero decir que ejerzamos mayor control. Sólo hablo de mayor acercamiento a su mundo, de interés por lo que quiere, piensa o sueña.
















































































