Se trata de una vieja cuestión: ¿de quién son las ideas? ¿A quién benefician? Las ciencias sociales históricas mantienen un debate constante sobre la relación causal entre ideas e intereses, desde Max Weber hasta Perry Anderson. Este debate, que se remonta al siglo XIX, se reduce a la cuestión de si los individuos necesitan ideas para reconocer sus propios intereses o si se sienten atraídos por ciertas ideas en función de sus intereses preexistentes. En su nuevo libro, el historiador económico Giampaolo Conte presenta una síntesis que da respuesta a estas preguntas. Lo hace centrándose en los contextos geofiscales, es decir, la acumulación transnacional de capital, el papel de los tratados de libre comercio, la deuda pública y las nuevas élites locales constituidas por estos factores. En resumen, pretende comprender cómo surgen las «reformas liberal-capitalistas», a quiénes benefician y cómo impulsan la «evolución de la economía mundial capitalista».
Estructuras de poder centro-periferia
Para explorar este fenómeno, Conte emprende un recorrido teórico a través del siglo XIX, cuando la Corona británica impulsó reformas liberal-capitalistas en la periferia otomana y china para alinear las economías locales con las reglas de la metrópoli y estabilizar las tasas de ganancia en el centro de su imperio. El libro nos ofrece así una teoría sobre cómo, en términos de Marx, «la burguesía, mediante el rápido perfeccionamiento de todos los instrumentos de producción […] obliga a todas las naciones […] a introducir lo que denomina civilización en su seno, es decir, a convertirse ellas mismas en burguesas». Al hacerlo, el autor aborda un fenómeno sociológico fundamental que sigue moldeando nuestro mundo actual. ¿Quiénes son nuestros hegemones (regionales) contemporáneos, o agentes de poder, que se mantienen en su periferia, y cómo se convierten estos últimos en el blanco de ciertos intentos de reforma? Conte demuestra cómo los acuerdos de libre comercio constituyeron inicialmente nuevas élites, las cuales consolidaron su posición tras las crisis financieras y se convirtieron en las fuerzas impulsoras de las reformas liberal-capitalistas.
Conte enmarca su argumento dentro de la teoría de los sistemas mundiales, apoyándose así en las ideas de Fernand Braudel, Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi. Integra sus argumentos en un nuevo enfoque, recurriendo también a la obra de Antonio Gramsci, Stephen Krasner, Friedrich List y literatura más reciente. Tras una breve introducción, el primer capítulo distingue entre reformas liberales, conservadoras y socialistas, y clasifica sus causas, impulsos y fuerzas contrarias. El autor se centra especialmente en el problema de la soberanía, que generalmente se opone a los cambios en las políticas monetarias y fiscales impulsados externamente, pero que se ha vuelto difícil de mantener en la era de los flujos de capital globales. Al menos, esta es la afirmación de los grupos que, desde el centro del sistema mundial, ejercen el poder para perseguir sus intereses económicos y políticos, transformando su ya hegemónico Estado en el «portador de un interés de clase específico». En consecuencia, este portador implementa por la fuerza reformas liberal-capitalistas en su periferia, en este caso, el Imperio Otomano. Para Conte, este macroproceso requiere una doble hegemonía: la de un Estado en el sistema mundial y la de un bloque social dentro de dicho Estado. Juntas, constituyen un vehículo para llevar a cabo la expansión material y financiera a todos los rincones del planeta, primero mediante reformas «impulsadas por el comercio» y luego mediante reformas «impulsadas por la deuda».
Acuerdos comerciales y deuda
Los capítulos segundo y tercero examinan en detalle los mecanismos de estas dos reformas. Según el autor, tres actores se benefician de los acuerdos de libre comercio. El Estado hegemónico puede utilizarlos para reafirmar su posición geopolítica, mientras que el capital (Conte emplea el término en singular) puede maximizar sus márgenes de beneficio. En tercer lugar, las élites locales utilizarían los acuerdos para expandir su poder, alimentando la falsa creencia, que fomenta las ganancias, de que su país puede beneficiarse del mercado mundial capitalista. Sin embargo, en realidad, solo sirve a los intereses de quienes «controlan la economía mundial en un período histórico determinado» y condenan a la periferia a absorber la sobreproducción del hegemón. En el tercer capítulo, Conte muestra cómo la deuda pública, necesaria para financiar las balanzas comerciales negativas, «se convierte en instrumento de coerción política». Particularmente en caso de crisis financiera, los gobiernos se verían obligados a implementar políticas fiscales que trasladan la carga del pago a las clases trabajadoras. Además, la soberanía monetaria de la periferia se ve socavada por la deuda en divisas extranjeras u oro, lo que impide cualquier escape a la creciente liberalización.
La ideología liberal-capitalista «sigue siendo el principio rector (y a menudo vinculante) para los países periféricos, ya que favorece el marco legislativo e ideológico fundamental para maximizar la explotación económica por parte de los Estados y las élites capitalistas».
El cuarto capítulo aplica estas categorías a material histórico, comparando la evolución de China, el Imperio Otomano y Egipto en la segunda mitad del siglo XIX. En los tres casos, Conte demuestra cómo los acuerdos de libre comercio propiciaron la creación de nuevas élites, que posteriormente consolidaron su posición tras las crisis financieras y se convirtieron en las fuerzas impulsoras de las reformas liberal-capitalistas. El consiguiente aumento de la deuda externa pronto hizo necesario el establecimiento de bancos centrales que, al igual que el Banco Imperial Otomano (BIO), «gestionaban los ingresos fiscales más ricos y seguros del Imperio para el pago de la deuda». El autor destaca las diferencias entre estos casos y las presenta en un diagrama exhaustivo. Su conclusión subraya las repercusiones de estos procesos en la metrópoli europea, recordándonos que tales «reformas liberal-capitalistas» no son en absoluto exclusivas de la periferia. No obstante, Conte subraya que la ideología liberal-capitalista «sigue siendo el principio rector (y a menudo vinculante) para los países periféricos, puesto que favorece el marco legislativo e ideológico fundamental para maximizar la explotación económica por parte de los Estados y las élites capitalistas».
Más allá de las reformas
El libro cumple la promesa de su subtítulo al formular una crítica de las reformas liberal-capitalistas. Esta crítica, además, refuta a sus oponentes en el debate directo. Sin embargo, deja al lector con la duda de si otros argumentos podrían complementar el análisis y ampliar su alcance. Viene a la mente la literatura sobre modelos de crecimiento, que entrelaza diversos enfoques dentro de la economía política internacional y comparada en un vocabulario neogramsciano y, por lo tanto, ofrece múltiples perspectivas para profundizar aún más en el enfoque de Conte. Otra opción sería una discusión sobre los argumentos presentados por Theda Skocpol o Peter B. Evans, quienes podrían haber preguntado hasta qué punto los aparatos estatales gozan de al menos una autonomía «relativa», «integrada» o «relacional» respecto de los intereses de los bloques sociales. Más allá de eso, si bien las élites políticas ciertamente limitan su soberanía de jure mediante acuerdos comerciales o fiscales bilaterales y multilaterales, también es posible que adquieran soberanía de facto a cambio, y así podrían emanciparse de las dinámicas geofiscales, como han demostrado Thomas Rixen y Andrea Binder.
Aun así, es necesario debatir las cuestiones planteadas por Conte, especialmente a la luz de las convulsiones políticas y económicas en el continente europeo, el declive del imperio estadounidense y el ascenso de China. El autor nos invita a reflexionar sobre qué tipo de reformas tendrán éxito; está por verse si se inspirarán en ideas liberal-capitalistas o en intereses de otra índole, como la preservación de estructuras de poder arraigadas, el creciente dominio de las corporaciones de IA impulsadas por combustibles fósiles o el florecimiento del capitalismo político dirigido por el Estado.






















































































