A los cinco años, Daniel Álvarez Veizaga no sabía tocar la guitarra. Simplemente la recostó en posición vertical y comenzó a pulsar sus cuerdas «a la manera de un salterio o de un koto». Esa forma natural de acercarse al instrumento, ese gesto intuitivo de un niño, regresaría décadas después como una revelación sonora en Puya Raimondi, la última pieza de Flores para Nayjama, su ciclo de trece composiciones para guitarra que acaba de estrenarse.
«El salterio, como antecesor del piano, tiene para mí un significado especial: es una raíz sonora que regresa al origen. La Vía Láctea», explica el compositor boliviano radicado en Alemania. Y en esa imagen —el niño frente a la guitarra, el salterio como ancestro, la Vía Láctea como origen cósmico— está condensada la búsqueda que atraviesa todo el proyecto: un intento de reconciliar lo disperso, de trazar puentes entre culturas, tiempos y territorios.
El estreno mundial de Flores para Nayjama, tuvo lugar en el Palacio Portales de Cochabamba el día jueves 23 de octubre, con un concierto para guitarra solista, interpretada por Héctor Osaky. La gira de presentación de la música y el libro de partituras y poemas pasará por Santa Cruz y La Paz.
Ofrendas a un buscador
El título de la obra proviene de Nayjama, el protagonista de la novela homónima de Fernando Diez de Medina. «Cuando encontré su nombre en la novela de Diez de Medina, me conmovió su condición de buscador: alguien que no se conforma con las respuestas fáciles. Ese espíritu de búsqueda, desde adentro hacia afuera, se volvió el eje de toda la obra», cuenta Álvarez Veizaga.
Cada una de las trece piezas lleva el nombre de una flor y se subtitula como «ofrenda». El término tiene múltiples resonancias. «Son ofrendas al instrumento mismo. En estos dos años, la guitarra se ha convertido para mí en un amigo entrañable», dice el compositor, quien no es guitarrista de formación. «Las ofrendas pueden leerse también como un guiño a la Ofrenda musical de Johann Sebastian Bach, y, por supuesto, como una dedicatoria directa a Nayjama».
Pero hay una tercera capa de significado, más profunda. «En el mundo incaico, las flores acompañaban los ritos de paso hacia la madurez, y de algún modo este ciclo también marca un tránsito personal. En estos dos años he recibido muchas alegrías con mis composiciones. Como si cada flor, al brotar, hubiera traído su propia respuesta. La creación es un espacio muy misterioso».
Más allá del folclorismo
Flores para Nayjama transita por un territorio sonoro amplísimo: el choro brasileño, el gagaku japonés, la chacarera argentina, el taquirari y la morenada bolivianos, el tango, el son jarocho. Para Álvarez Veizaga, sin embargo, no se trata de una colección de «citas» folklóricas sino de algo más existencial.
«La música popular, la académica y la tradicional comparten una raíz común: la necesidad de decir algo a través del sonido», afirma. «En mi caso, la investigación empieza siempre por la escucha y por la observación del gesto. No busco reproducir un ritmo o una forma, sino entender qué lo hace existir, qué memoria contiene».
El compositor rechaza la idea de «fusión» o «mestizaje». «Al escribir una morenada o un taquirari, no me interesa tanto ‘citar’ sus rasgos, sino dejarme guiar por su respiración interna, por sus pausas, sus insistencias, su relación con el cuerpo, su relación con las culturas. Y, al mismo tiempo, la mirada contemporánea me permite desmontar esos materiales, ponerlos en otros contextos, expandirlos, recrearlos o incluso subvertirlos. No se trata de fusión ni de mestizaje, sino de asumir que el sonido, como la vida, puede contener muchos tiempos a la vez».

Un jardín de timbres
Las partituras de Flores para Nayjama incluyen técnicas poco convencionales: «silbidos» de cuerdas, emulación de matraca, recursos percusivos diversos. «Creo sinceramente que me ayudó el hecho de no ser guitarrista», confiesa Álvarez Veizaga. «Descubrí muchas de sus posibilidades simplemente jugando, dejando que el instrumento me hablara».
Pero estas innovaciones técnicas no son ornamentales: «También debo admitir que me fascina el mundo de ruidos que produce la guitarra; es un verdadero jardín de timbres. Estos recursos no son fuegos de artificio, sino materiales con un sentido propio. En cada flor exploro alguno de ellos, y poco a poco cobran una dimensión narrativa dentro de cada pieza y del conjunto. Así como cada flor tiene su aroma, en Flores para Nayjama cada pieza tiene su propio universo de ruidos».
El diálogo con la poesía
Trece poetas bolivianos escribieron textos sobre las flores que nombran cada pieza. El proceso fue orgánico, casi impredecible. «Cuando compuse Uva Negra, la primera pieza del ciclo, escribí también un soneto y en ese momento supe que debía convocar a verdaderos poetas», recuerda el compositor.
«El proceso fue muy libre. En algunos casos, la música precedió al texto; en otros, fue el poema el que marcó el rumbo de la música. Me interesa ese tránsito imprevisible, porque obliga a soltar el control. Lo importante es la resonancia mutua: cómo una palabra puede iluminar una textura, o cómo un acariciante ruido puede sugerir un verso».
Para Álvarez Veizaga, siempre le ha atraído «esa frontera porosa entre la palabra y la música. Es un umbral muy misterioso». Los poetas no fueron simples colaboradores sino «compañeros de viaje», y las flores resultantes «no son ilustraciones, sino presencias que se buscan unas a otras».

La distancia como amplificador
Vivir en Alemania ha marcado profundamente la mirada del compositor sobre su propia obra. «La distancia es una forma de amplificar la memoria. Vivir lejos me ha permitido escuchar Bolivia de otro modo: no como una postal, sino como una vibración constante. Cada vez que escribo, hay un eco de mis lugares de origen, aunque aparezca filtrado por otras experiencias, otras sonoridades».
Europa le ofreció «espacios de escucha, rigor y confrontación», pero también le hizo consciente «de lo que no quiero perder: cierta libertad expresiva, cierta manera de sentir el tiempo».
Flores para Nayjama, interpretado por el guitarrista Héctor Osaky en su estreno mundial, es el resultado de ese cruce, de esa tensión creativa. «Es un jardín imaginario donde confluyen culturas, lenguajes y afectos. Un intento de reconciliar lo disperso, de recordar que, más allá de las fronteras, toda música es, en el fondo, una forma de regresar».
Regresar como aquel niño de cinco años que, sin saber cómo, encontró en la guitarra recostada una forma de hacer sonar el mundo.
Héctor Osaky y los desafíos de interpretar lo inédito
Hay un momento en Puya Raimondi, la última pieza de Flores para Nayjama, en que la guitarra deja de ser guitarra. Dos lápices colocados perpendicularmente entre las cuerdas y el diapasón transforman el instrumento en algo parecido a un salterio. Para Héctor Osaky, guitarrista encargado del estreno mundial de la obra, ese efecto fue «el más desafiante» de todo el ciclo.
Pero el verdadero desafío, explica, no estuvo en las técnicas extendidas en sí mismas, sino en algo más profundo: entender la personalidad única de cada pieza y hacerla sonar con vida propia.

Un hito para la guitarra boliviana
Osaky no duda en calificar Flores para Nayjama como «un hito para la guitarra boliviana y mundial». Sus razones son contundentes: «En principio, la creación de cada artista es única e irrepetible. Por ejemplo, nadie más que Beethoven pudo componer su Novena Sinfonía. Con esa base puedo asegurar que esta obra, Flores para Nayjama, es especial».
Pero hay más, el intérprete observa que «hay que considerar también que la cantidad y variedad de obras originales para guitarra de bolivianos son muy escasas lo cual posiciona este álbum en un lugar destacado por su originalidad, no solo dentro de la cultura boliviana sino también en la gran cultura universal de la guitarra ‘académica’ donde Bolivia tiene una modesta presencia».
Para el destacado guitarrista, cada pieza «destila una fantasía musical que vuelve a imaginar los ritmos que nos son familiares abriendo nuevos caminos creativos». Y ahí radica el mayor reto, «al ser cada obra única, como lo es el ser humano, tiene su propia personalidad que es lo que como intérprete tengo que comprender y comunicar. Ese es el principal desafío».
Más de un año de preparación
Desde la primera pieza hasta el estreno pasó «un poco más de un año, pero no fue una preparación particularmente intensa», aclara Osaky. «Hubo periodos de escaso avance y otros de mucho estudio. Dependía del tiempo que me permitían mis otros compromisos y cómo organizaba mi estudio de las Flores».
El proceso de aprendizaje de las técnicas extendidas fue metódico. «La mayoría de las técnicas extendidas que se utilizan en Flores para Nayjama no son nuevas y no son difíciles de aprender aisladamente, sin contexto. La complicación está en la función que cumplen dentro de cada pieza; en algunos casos pueden ser fáciles y en otros pueden ser problemáticos. El proceso de estudiarlas es el mismo que sigo para estudiar cualquier pasaje; a grandes rasgos: con lentitud primero y poco a poco adquirir seguridad».
Técnicas que amplían el instrumento
Lo que sorprendió a Osaky no fue el arsenal técnico en sí —silbidos de cuerdas, golpes percusivos, la emulación de matraca—, sino su integración orgánica. «Todas las técnicas extendidas de Flores para Nayjama me sorprendieron en su uso específico en cada pieza. No son fuegos artificiales que solo distraen, sino que están orgánicamente integradas a la música de cada flor. Eso me obligó a estudiar estas técnicas con mucho cuidado».
Las partituras escritas por Álvarez Veizaga cambiaron su manera de aproximarse a acto interpretativo. «Por ejemplo, en pasajes donde la guitarra se toca como un instrumento de percusión, tengo cuidado de no tocar como un guitarrista que golpea su guitarra sino como un percusionista que interpreta su parte. Ese enfoque seguro influirá en mis futuras interpretaciones».
Entre las técnicas aprendidas, Osaky destaca una en particular: «aprendí a hacer un tipo de tambora con la mano izquierda sobre el diapasón cruzando los dedos para lograr potencia en el golpe. Eso me lo explicó Daniel». Y luego está el efecto de salterio, logrado con lápices sobre los trastes, que ya mencionó como el más desafiante del ciclo completo.
La diversidad como unidad
El programa salta del gagaku japonés a la morenada boliviana, del tango al son jarocho, de la chacarera al taquirari. ¿Cómo mantener coherencia en semejante diversidad?
«Cada pieza conserva muy bien el género al que pertenece, de esa parte mi labor fue sencilla. Basta con tocar lo que está escrito», explica Osaky con modestia. «Mi aporte está en dar vida y personalidad a cada pieza teniendo cuidado en dotar a todas las notas con la expresividad adecuada».
Para el guitarrista, la clave está en una paradoja. «Para mi interpretación, lo que unifica tanta variedad de géneros es justamente su diversidad. Todas son piezas que se construyen sobre un género folklórico tradicional latinoamericano y uno japonés; donde las fronteras se diluyen y forman un solo ramillete. Esa diversidad permite también que se puedan interpretar las piezas independientemente, haciendo una selección o jugando con el orden o como uno prefiera».
La avalancha emocional del estreno
Tocar estas piezas por primera vez en público, con Daniel Álvarez Veizaga presente escuchando su música ejecutada en vivo por primera vez, fue «un gran logro personal que me llena de emoción ya porque fue un trabajo que tomó más de un año de dedicación, por la calidad de la música, el desafío interpretativo».
Osaky no oculta la intensidad del momento. «Tocar las piezas en estreno mundial y con el compositor presente representa una avalancha de emociones: estrés, adrenalina, ansiedad, alegría, miedo, nervios, confianza, en fin, muchas sensaciones en dosis saludablemente equilibradas», asevera.
Esa mezcla —trabajo sostenido, técnicas innovadoras, emociones a flor de piel— es lo que convierte un estreno en un acontecimiento. Y para la guitarra boliviana, Flores para Nayjama representa precisamente eso: un antes y un después.
«No podría individualizar cada aspecto técnico o expresivo que fuera especialmente desafiante ya que cada frase es una amalgama de elementos», reconoce Osaky. Pero ese es, quizá, el mejor elogio que puede hacerse a una partitura: que cada frase contenga su propio universo de dificultades y bellezas, que ningún gesto sea gratuito, que todo suene necesario.
Como un percusionista que toca su parte. Como alguien que no golpea una guitarra, sino que la hace expresarse en nuevos cánones.





















































































