Después de una campaña eterna, no se puede culpar a nadie por sentir una ansiedad casi automática por definirlo todo antes de tiempo, de ponerle nombre, rumbo y lugar en el espectro ideológico a un gobierno que ni siquiera se ha inaugurado oficialmente. Tras las pocas intervenciones públicas de los últimos días, ya se puede ver/leer la intención de construir la idea de que el gobierno de un pragmático Paz Pereira tendrá como norte “desideologizar” la política exterior (e interior), priorizando la economía y, por ahora, un acercamiento con Estados Unidos, mientras se toma distancia de los países que componen el ALBA.
Es cierto que este bloque, en la práctica, ha reportado escasos beneficios materiales para la población. Como dice el Presidente electo, la gente ni los vio ni los recuerda. Y es cierto también que, en una economía en un estado tan frágil como la boliviana, tejer vínculos con una potencia mundial parece un destino inevitable. Cualquier gobierno se habría visto obligado a hacerlo. Pero confundir esa necesidad con una neutralidad ideológica es erróneo. Básicamente, porque toda política exterior es, en esencia, una decisión ideológica: priorizar relaciones con unos países y enfriar otras implica asumir un lugar en el mapa global, hoy establecido en bloques de poder que tienen como base su forma de entender el mundo.
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Como bien resume Julio Córdova, la derecha contemporánea se volvió “marxista”: primero “gramsciana”, al dar la batalla cultural, y luego pragmáticamente económica, al hablarle a su base como emprendedores, trabajadores o cuentapropistas. La izquierda, en cambio, se volvió “ex marxista”: abandonó la base material y apeló a identidades culturales o étnicas. Esa inversión explica parte de su derrota y esto no sólo ocurre a nivel nacional. Hoy, cuando un gobierno promete pragmatismo económico y eficiencia técnica, no está eliminando automáticamente la ideología: simplemente está alejándose de la que le es contraria.
Además, el contexto internacional de hoy (basta ver cualquier periódico de este año) no permite ingenuidades. El Presidente de los Estados Unidos, en esta su segunda versión, ya no hace política sino geopolítica y dedica casi toda su fuerza de gobierno a impulsar un proyecto de hegemonía occidental política y económica —el conocido y emulado “Make America Great Again (MAGA)”— que más que nunca busca aliados estratégicos en América Latina. En ese escenario, creer que el acercamiento a Washington carece de ideología es desconocer que detrás del pragmatismo también hay una visión del mundo. En la política de hoy, quienes se presentan como antipolíticos usan la política para llegar al poder; quienes se proclaman desideologizados buscan restaurar órdenes que también se pliegan a otro tipo de ideologías, que reniegan de reconocerse como tales. La historia latinoamericana enseña que cada vez que se ha proclamado la “neutralidad ideológica” en política exterior, lo que ha seguido ha sido la adhesión práctica a una corriente cuya real pelea es su hegemonía global.
Con todo, sería imprudente fijar conclusiones definitivas. Las señales del nuevo gobierno son todavía escasas y fragmentarias. Esto va de que como ciudadanía le bajemos dos cambios a los diagnósticos precoces y es ahí donde nuestro conglomerado mediático también tiene una tarea pendiente. En las últimas elecciones, la ciudadanía repartió su mensaje con claridad: castigó a las élites políticas tradicionales, pero también a los oligopolios mediáticos que representaron solo una parte del país. El desafío será medir (y mostrar) adecuadamente cómo se valora en la totalidad de los sectores/actores del país las señales y alineamientos que van construyendo el relato propio que tendrá el venidero gobierno.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Red social X: @verokamchatka
















































































