Hace unos días un joven de 34 años muy contento contaba que lo contrataron como entrenador de fútbol, su amigo le preguntó ¿y cómo así?, la repuesta no se dejó esperar y comenzó el relato de lo cansado que se sentía en su anterior trabajo donde no había descanso ni los fines de semana. Ante ese panorama poco auspicioso decidió tentar suerte y acudir a la convocatoria de un prestigioso club deportivo de fama internacional para prepararse como entrenador, lo aceptaron, se capacitó por un buen tiempo, rigurosamente como le exigían que lo hiciera y ahí estaba en un nuevo momento de su vida dando un giro de 90 grados, dejando atrás la carrera para la que se había preparado en la universidad. “El sueldo es bueno, no le puedo fallar a mi mujer y mi hija”, decía como dándose un buen augurio en voz alta.
Al escuchar esta conversación inmediatamente recordé a una joven de veintitantos años que en abril me contó que estaba estudiando Comunicación en una universidad estatal pero se encontró con un aviso en Facebook donde ofertaban trabajo para instaladores de gas, ella estaba a punto de tener su diploma como instaladora de gas obtenido en un instituto técnico de la cooperación europea. No dudó, ella cumplía con los requisitos, actualmente está trabajando instalando cañerías, calefones, calefactores de gas en viviendas y edificios comerciales.
Estos son algunos ejemplos de cómo los jóvenes tienden a buscar capacitarse y luego encontrar empleo en áreas técnicas que no requieran de largos años de preparación universitaria y aceleren su introducción al mundo laboral con mayor independencia, sin horarios estrictos e incluso sin jefes. En ese tren están dispuestos a invertir en maquinaria o herramientas de su propiedad.
Para las personas de 60 años para arriba el mayor logro era quedarse a trabajar en un solo lugar la mayor parte de su vida laboral. Posteriormente para quienes están entre los 40 a 50 se hizo muy habitual quedarse en un trabajo 5 años, considerándolos productivos y sabiendo que más allá era estancarse. Para quienes tienen 23 a 30 años lo mejor es tener un trabajo que les permita independencia, además que sin ningún temor están dispuestos a cambiar de rubro o carrera en giros absolutamente rotundos.
El mercado laboral para los jóvenes en Bolivia no responde a políticas pensadas en ellos ni en los tiempos que estamos viviendo. Aún continúan los estereotipos en los que se solicitan jóvenes profesionales con experiencia de al menos 5 años y estudios a nivel de posgrado. La falta de políticas para el empleo juvenil se traduce en trabajo precario e informal. El mercado está sobresaturado de micro emprendimientos en el sector gastronómico, joyería y cosmética, aparecen y desaparecen, suelen ser muy eventuales y terminan ganado por desgaste, en definitiva, no ofrecen capacitación y ascenso, no aseguran una vida digna. No se puede desperdiciar la fuerza laboral de los jóvenes ofertando tareas de sobrevivencia, reproductora de pobreza. Esa necesidad de trabajo tiene que contar con políticas públicas más eficaces, coherentes con los tiempos que corren, diseñadas para avanzar en el presente, sin tener que esperar a que los jóvenes dejen de serlo para darles una oportunidad.
Lucía Sauma es periodista




















































































