Es un hecho que en Bolivia estamos camino a un acto electoral inédito. La primera segunda vuelta de nuestra historia democrática y, al mismo tiempo, una elección parteaguas que marca un ciclo político. Con los votos del 19 de octubre tendremos nuevos mandatarios, el inicio de un período constitucional, otros actores políticos y el primer año del Tricentenario de la creación del Estado independiente de Bolivia.
Toda esta confluencia de fechas, signos y aniversarios bien podrían ser buen augurio, pero sabemos que para este ciclo la mano viene cargada de interrogantes, riesgos, disputas y conflictos. Nada será fácil, a pesar de que pasamos con nota sobresaliente las elecciones generales y esta segunda vuelta será un exitoso colofón, a partir del 9 de noviembre vuelven nubes grises, vientos huracanados y amenazas de tormenta que nos sacarán de este agradable veranillo.
Nos espera en Bolivia una crisis en toda regla: inestabilidad económica e incertidumbre ciudadana producto de la falta de combustible, de dólares, una inflación en apronte y una interrogante enorme respecto de las medidas del próximo gobierno para contener la crisis y reencauzar el país. Con ello, todo listo para el ajedrez político y las imprescindibles decisiones anticrisis, falta comprobar si afrontaremos el resto con el suficiente equilibrio, madurez y cultura democrática para construir el puente que nos saque de la cuneta y nos devuelva al camino.
El requisito de inicio es arriar las banderillas electorales y empezar a prepararse para hacer política con mayúsculas en Bolivia y en serio. Basta de insultar, de amenazar con cárcel como si el Ejecutivo tuviera esa atribución, de contratar periodistas para la guerra sucia de medias verdades o mentiras descaradas y viajar al extranjero en busca de bendiciones cuando la primera y principal responsabilidad es nuestra. Los políticos deben salir de sus castillitos discursivos y de sus audiencias cautivas en los cuales son dueños de la verdad, se llenan de frases altisonantes, se apropian de esa entelequia llamada pueblo y solo se comunican con sus adherentes. Es imprescindible dejar atrás esa actitud básica, reactiva y recordar que la política es ideas, argumentos, cifras, análisis y discursos que articulan propuestas. Por ello, parece necesario plantear tres temas alrededor de los cuales se empiece a debatir y deliberar para enfrentar la crisis.
El primero es asumir que la economía, bien entendida, es política concentrada y que, en consecuencia, las cuestiones a debatir y resolver para enfrentar la crisis en Bolivia no solo tienen que ver con macroeconomía (la salud económica del estado y la economía global), sino también microeconomía (la salud económica de los individuos en su lucha diaria por alimentarse y alentar expectativas). El énfasis en una u otra dimensión identifica a los que piensan desde un sector social u otro y de los intereses en juego.
Los sectores acomodados y dueños de capital reclaman por las variables macroeconómicas porque la estabilidad económica general requiere que el estado gaste menos —v.gr. el famoso gasto fiscal— y el estado se haga a un lado para permitirles desarrollar sus industrias o negocios de la forma más abierta posible. Desde la orilla del frente, donde está la gente dueña de una parcela de tierra sin capital o la que solo dispone de su fuerza de trabajo, de un pequeño negocio informal o un auto chuto, tiene una comprensión de la economía relacionada con levantarse de madrugada para trabajar la parcela, correr al transporte público para asistir a su fuente de empleo o puesto de venta. Esto se asume de forma heroica y sacrificada, pero, al mismo tiempo, su preocupación central, individual y colectivamente, gira en torno a los servicios públicos de salud, educación y los básicos (agua, alcantarillado y energía) que debe prestarles el estado.
Esta es la confrontación material de la cual no se puede escapar porque tiene que ver con la estructura de la sociedad y la economía y que, en el caso de Bolivia, se desarrollan desde las corporaciones de los agentes económicos y desde las sociedades territorializadas y articuladas corporativamente —desde lo étnico, sindical o simplemente de eslabón económico— en un mecanismo de aglutinación para luchar en bloque porque su fuerza radica en lo colectivo. En resumen, enfrentar la crisis supone asumir que hay visiones enfrentadas por la economía, que piensan y buscan cosas distintas y que los discursos reduccionistas presentados como única verdad son falsos. Es más, cerrarse en una perspectiva, negando la existencia de los otros, en el caso del país sería, sencillamente, el equívoco de un cazador que empieza la caza dándose un tiro al pie.
El segundo tema en cuestión es la perspectiva u horizonte del desarrollo —por supuesto sometido al primero— al cual toda medida anticrisis del próximo gobierno debe apuntar. La pregunta central es hacia dónde queremos llevar al país con el próximo PGDES (Plan General de Desarrollo Económico y Social; con vigencia de 10 años y que este año se cumple) o, de repente, en modelo chino, planificar pensando en el año 2050, que es el marco de referencia que ordena la coherencia gubernativa.
Así como va el mundo hoy en día, estamos, en términos discursivos, cerrados en el debate de una alternativa. Por un lado, un modelo de apertura total a la inversión extranjera y de sometimiento a los capitales transnacionales, ofreciendo para ello sacrificar la obra pública —la inversión del estado—, la inversión social y el medio ambiente. Olvidamos, por supuesto interesadamente, que la llamada «Capitalización» de 1993 a 1997, hizo exactamente aquello y que en términos de país o de industria nacional no quedó nada memorable, salvo el gasoducto al Brasil (que a pesar de que el Brasil financió, el gobierno entregó a la fraudulenta norteamericana ENRON) o el desguace del LAB de tan triste memoria, etcétera. En otra dimensión analítica, debemos recordar que ya sabemos a dónde nos lleva el extractivismo de los recursos naturales, sea litio, gas u oro o, simplemente, los monocultivos de la soya que necesitan hacer arder los bosques orientales para expandirse. El destrozo de nuestra naturaleza, el principal activo y herencia del país, está en subasta porque está en juego esa visión desarrollista que sabemos dónde empieza, aunque no siempre dónde y cómo acaba. Al frente, nadie habla de nuestra enorme capacidad campesina de producción de alimentos que llenan nuestras mesas hasta en un 70% y que son la única garantía de seguridad alimentaria porque los dólares de la exportación bien pueden quedarse afuera.
Finalmente, como el tercer tema de reflexión y análisis, hay que poner atención al malsano proceso de hiperideologización en Bolivia, entendido como la sustitución de la realidad por las ideas de capilla o los inventos discursivos para alentar un proyecto político. No vamos a generar debate y menos definiciones sociales y corporativas que respalden las medidas anticrisis si no se discute desde la totalidad del país y desde los intereses de sus tantas sociedades. Mucho menos si para justificar lo propio descalificamos al contrario por su signo ideológico. El maniqueísmo y el reduccionismo de todo a blanco y negro solo habla de nuestra pobreza intelectual y de nuestra incapacidad de formular razonamientos que comprendan a los diferentes y, en especial, a los que siguen viviendo a la vera del camino y lejos del Estado. No olvidar que es el exceso de discursos y razonamientos de dos líneas, lo que genera descrédito y enojo social porque las ideas y los cánticos no sirven para comer y menos para alentar los proyectos de vida a los que todos tenemos derecho.
En fin, lo básico. Está bien apostar, nada más propiamente democrático, pero tampoco tiene que ser cada año.
Salud.






















































































