El 17 de agosto de 2025, Samuel Doria Medina y Manfred Reyes Villa, confirmaron con crudeza que «en política, las lealtades mal escogidas pueden enterrar hasta la candidatura mejor posicionada». Tuvieron su momento como favoritos, con sondeos que les sonreían y un contexto que parecía allanado. Sin embargo, ambos encontraron su peor enemigo en casa. No se trató de la fuerza arrolladora de sus rivales, sino de las decisiones que tomaron, de la gente que dejaron entrar y de la ceguera estratégica que los acompañó hasta el último día.
Samuel Doria Medina: cuando el caballo de Troya se instala en la sala
En un movimiento que pretendía ser expansivo, Doria Medina abrió de par en par las puertas de su partido a un contingente de exmilitantes del MAS-IPSP que escapaban de un proyecto en ruinas. Llegaron con la sonrisa del converso y el mismo manual de siempre: culto a la figura central, promesas infladas, propaganda como arma única. En vez de limpiar la casa, se les dio la llave de la cocina.
Estos operadores no tardaron en impregnar la campaña de una euforia artificial. Se hablaba de victoria segura, de segunda vuelta como escenario mínimo. Y Doria Medina no solo escuchó: compró el discurso y lo repitió. En política, la ilusión sin sustento es como un andamio oxidado: basta un movimiento para que se derrumbe.
Para los indecisos, el problema era otro: la incoherencia. Un hombre que ha sido candidato repetidas veces, que cogobernó con Evo Morales durante cinco años, insistía en presentarse como “empresario, no político”. Los votantes no perdonan fácilmente el doble discurso.
A todo esto, se sumó la elección de aliados que levantaban más cejas que aplausos: figuras como Camacho y Almaraz, con rechazo instalado tanto en oriente como en occidente. La aritmética fue simple: cada uno de esos respaldos descontó más de lo que sumó.
Ambos con sus pecados contra la población como una lista negra o un accionar constante en contra de la población de un departamento en específico.
La cocina cerrada y el menú equivocado
En el círculo de confianza de Doria Medina no había espacio para la crítica interna. Todo se decidía entre unos pocos, que confundieron disciplina con obediencia. El resultado fue un menú político servido por y para los mismos comensales de siempre, mientras el resto del país pedía algo distinto. La autocomplacencia es un veneno lento, y su campaña bebió de él a diario.
Manfred Reyes Villa: el regreso empañado
Reyes Villa tenía una carta narrativa potente: el retorno del exlíder que volvía a escena. Podía convertirse en símbolo de experiencia y perseverancia. Pero decidió jugar con piezas viejas en un tablero que había cambiado.
Llegó rodeado de los mismos operadores que lo acompañaron en el viejo NFR y en coaliciones oxidadas. Afuera de Cochabamba, donde su figura divide pasiones, no logró renovar su imagen. La gente lo recordaba… y ahí estaba el problema: la memoria era de otro tiempo, de otra política, y él no ofreció nada que la actualizara.
La selección de cuadros fue un desfile de rostros que otros partidos ya habían descartado. Lo que podía ser un equipo vibrante y renovado terminó siendo un refugio de politiqueros ansiosos por asegurar un puesto legislativo. Y lo lograron: se hicieron con candidaturas a senadores y diputados, vaciando de contenido cualquier aspiración nacional que aporte.
Cuando las encuestas engañan
Ambos tuvieron momentos en el año liderando sondeos. Esa ventaja inicial, lejos de empujarlos a la autocrítica, se convirtió en un colchón que adormeció su instinto político.
Doria Medina gastaba recursos en mantener una ficción de coherencia; Reyes Villa en repartir espacios para contentar a sus viejos cuadros. Afuera, el país se movía, y ellos no.
El patrón del fracaso
El hilo conductor entre ambos casos es claro:
- Equipos que restan: operadores sin visión, más preocupados por su propio futuro que por la victoria del candidato.
- Mensajes vacíos: discursos que no resisten contraste con la trayectoria personal.
- Sordera política: incapacidad para escuchar la calle, para oler el cambio de humor social.
- Apostar por nombres quemados: creer que suman porque alguna vez tuvieron peso.
La política no perdona estas sumas imaginarias. Si la base está podrida, la estructura se cae.
El fin de la lealtad
En la recta final, el desplome y estancamiento era más que evidente. Los votantes, en especial los indecisos, detectaron que no había proyecto real. Había reparto de cuotas, reciclaje de caras y un exceso de confianza que olía a derrota. El capital inicial se convirtió en deuda electoral.
El resultado fue que ni siquiera lograron acercarse a forzar una segunda vuelta. Para dos campañas que en algún momento del proceso electoral tuvieron la ventaja con todo el viento a favor, terminar en la orilla sin mojarse los pies de victoria es un fracaso monumental que se regalaron ellos mismos.
Lección final
Las encuestas son fotos, no garantías. Las campañas se ganan con coherencia, estrategia y equipos que aporten, no que hundan. Doria Medina y Reyes Villa confundieron compañía con respaldo, y estrategia con nostalgia. El resultado fue inevitable: de punteros a derrotados, porque en política, cuando el enemigo está dentro, la batalla ya está perdida.






















































































