Las charlas en los minibuses suelen ser un reflejo de lo que el conjunto del ciudadano común siente, piensa y expresa con quien conoce y también con quien acaba de conocer. En mayo de este año, la gente centraba su comentario en quiénes serían los candidatos. Una vez posicionados los nombres, las esperanzas que podían despertar cada uno de ellos avivaron los comentarios. Más adelante, entre el precio del aceite, la baja mínima del dólar paralelo desde hace unas semanas y las filas para la gasolina, la conversación sobre los candidatos ha dado un giro, las opiniones se han ido asentando en torno a la certeza que ninguno solucionará los problemas económicos en los que nos hemos visto envueltos. Al parecer, en el ambiente se ha cruzado una nube de cierto desaliento sabiendo que, sea quien sea que gane las elecciones, la moneda tendrá que ser devaluada, que no será tan fácil regularizar la distribución de gasolina y menos con los precios subvencionados, así como que el pan de batalla vuelva a tener 60 gramos de peso y cueste 50 centavos.
Esos comentarios con tinte de desaliento y resignación que se percibe en las calles, podrían percibirse como terreno llano para que quien gane las elecciones tome las medidas que vea conveniente, con poca reacción social. Sin embargo, es una percepción engañosa porque una cosa es que en etapa preelectoral se termine aceptando la subida de precios, la desaparición de varios productos muy sensibles como los medicamentos, por ejemplo, y otra cosa es que la expectativa está absolutamente presente en el sentimiento común. No se debe confundir la resignación con expectación.
Los políticos hicieron campaña ofreciendo soluciones asombrosas en tiempo e inventiva, mientras el imaginario colectivo busca racionalizar las ofertas. A medida que se intensifica la crisis, en el sentir popular aumenta el descreimiento frente a las promesas electorales, aunque como todo ser humano frente a la adversidad, en su interior abriga la esperanza del cumplimiento, de la palabra empeñada, apelando a la decencia que pueda tener quien gane las elecciones.
Lo que tampoco deberían olvidar los candidatos y los políticos en general es que los ciudadanos no están dispuestos a dejar de cobrar las promesas, a exigir las soluciones que plantearon en cuanta oportunidad tuvieron. Tampoco deberían olvidar que se encontrarán con mujeres, hombres, jóvenes cansados de esperar, gente que aguantó muchas mentiras, que miró cómo los políticos sean de izquierda o derecha no pensaron en ellos, sólo les importó satisfacer su sed de poder y prebendas personales o de partido.
A esta altura es bueno tener en cuenta que, a mayor oferta, mayor exigencia de cumplimiento.
(*) Lucía Sauma es periodista













































































