Se dieron a conocer los resultados de la segunda encuesta mandada a hacer por Unitel a la empresa Ipsos-Ciesmori, que, junto con el estudio realizado por Captura Consulting y difundido por Red Uno, ubica a dos candidatos de la derecha tradicional boliviana en la primera posición. Otro dato revelador es que más del 50% del electorado habría migrado su apoyo hacia las fuerzas de derecha, un fenómeno que varios analistas políticos interpretan como un “voto castigo” frente a la mala gestión del gobierno de Luis Arce. Tras 20 años de hegemonía del Movimiento Al Socialismo (MAS), el antimasismo tendría, por primera vez, una oportunidad clara de triunfo en las elecciones sin necesidad de alianzas.
El MAS —otrora fuerza hegemónica y arrasadora en la política boliviana— ha caído a una posición minoritaria en las encuestas, al borde de perder su sigla en los próximos días. Para muchos, esta debacle responde al desmembramiento interno del partido. Sin embargo, reducir la derrota del movimiento popular a un simple resultado de encuestas constituye un error político grave. Quienes proponen un “nuevo país” parecen no comprender la dinámica de los procesos históricos: asumir que el movimiento popular representado por la sigla MAS está acabado equivale a creer en un desclasamiento masivo de las bases indígenas, como si los hijos de los aymaras y quechuas hubieran renunciado a su identidad étnica, cultural y de clase para abrazar abruptamente el liberalismo occidental. Hace meses, en un artículo previo, advertí sobre el ocaso del MAS, pero esto no significa el fin del proceso de cambio. La lucha por la transformación social trasciende la vida de un partido.
Para comprender esta paradoja, basta analizar esas encuestas que muestran un porcentaje alarmantemente alto de votos blancos, nulos e indecisos. Curiosamente, a medida que se acercan las elecciones, el panorama se vuelve más confuso en lugar de definirse, pues los principales candidatos han visto reducir sus porcentajes de apoyo. ¿Qué revelan realmente estas encuestas? Detrás de los números hay dos fenómenos clave: el voto frustrado y el voto oculto. Estas elecciones tienen dos ausentes: Evo Morales y Jaime Dunn. Las inhabilitaciones de partidos y candidatos —en muchos casos, arbitrarias— han dejado fuera de la contienda a las izquierdas y derechas radicales, limitando artificialmente el espectro político. Esta acción no solo debilita la credibilidad del Órgano Electoral, sino que atenta contra un principio fundamental: que los bolivianos tengamos el derecho de elegir a nuestros gobernantes sin interferencias políticas.
El fenómeno del voto oculto revela un problema más profundo. Un sector importante del electorado no revela sus preferencias porque se siente amenazado o incómodo ¿Qué lleva a los ciudadanos a callar su voluntad electoral? La respuesta está en el clima de polarización creado por ciertos actores políticos. Los discursos de derecha —que exigen un cambio radical— han incrustado una narrativa de miedo y odio para todo aquel que crea que la construcción del Estado Plurinacional deba continuar tildándolos de masistas. La paradoja es evidente: mientras más se intensifica esta retórica de confrontación, más se distorsiona la verdadera voluntad popular. Las cifras de las encuestas, en este contexto, no reflejan la realidad electoral, sino el miedo de los votantes a expresarse libremente.
Lo cierto es que el boliviano expresa su voto de acuerdo a múltiples factores, cada uno revelador de nuestro complejo tejido social. Está el voto visceral, que es para aquel ciudadano que “vota con el estómago” porque siente cómo la crisis económica erosiona día a día el bienestar familiar o “vota con el hígado”, ante la frustración acumulada, buscando en las urnas ejercer un acto de justicia emocional antes que racional. Existe también el voto racional por un sector creciente, pero aún minoritario, que analiza las propuestas y exige planes concretos. No obstante, la población boliviana vota principalmente con los ojos, es el voto identitario, que responde a símbolos étnicos y culturales y trascienden lo económico e ideológico. Siendo que la mayoría de los candidatos no representan a esa Bolivia profunda, el margen de opciones del electorado queda reducido. Este divorcio entre oferta política y demanda social explica la crisis de representación de la política boliviana. Los partidos tradicionales, desde su hipocresía, piden un “voto castigo” contra el movimiento popular, ignorando que para muchos sectores esto equivaldría a negarse a sí mismos. ¿Estarán dispuestos a hacerlo?
No somos un país de derechas ni izquierdas, sino de clases populares incomprendidas por una élite política que se olvidó de gobernar para ellos. La dispersión del voto refleja que estamos frente a un fin de un ciclo electoral que incluye no solo la hegemonía del MAS, sino de la oposición antimasista porque esta será la última vez que varios de esos rostros figuren en esa papeleta. El penoso espectáculo del último debate pone al descubierto la crisis política en la que nos encontramos. El cambio generacional es imparable.
Omar Rilver Velasco es habitante del Kollasuyo, yatiri económico y promotor del Vivir Bien.















































































