La campaña electoral, en términos programáticos, se estaba estancando entre generalidades, algunos lugares comunes y ocurrencias varias. Mucho ruido y lamento en torno a la problemática económica y poca claridad acerca de las “solucionáticas”. Pocos identificaban con claridad el nudo gordiano económico que se deberá enfrentar y menos aún parecían tener idea sobre cómo desenredarlo. En esta semana aparecieron las primeras luces en ese panorama.
A pocas semanas del día de la votación, y en un momento en que los desbalances económicos se están exacerbando, el debate sobre las soluciones a la crisis nos estaba dejando sabor a poco. Las derechas, políticas y mediáticas, habían instalado la idea de que todo pasa por menos Estado y reducciones del gasto público, sin mayores precisiones sobre la manera de implementarlo y menos aún la estrategia política que las viabilizaría.
Por otra parte, varios candidatos se lanzaron a la feria de regalos y ocurrencias, desde la regularización de chutos, la posibilidad de no pagar impuestos, aranceles y hacer lo que te la gana si eres empresario o exportador, inteligencia artificial y aplicaciones digitales para dejar de hacer colas, gasolina a 5 bolivianos por siempre y un largo etcétera de espejitos de colores.
Todos ellos evitando decirnos qué harán en el corto plazo, qué será el determinante, porque más que nunca, como dijo Keynes, en “el largo plazo todos estaremos muertos”. La mejor narrativa marketinera de este periodo, hay que reconocerlo, fue la de los “cien días”, eslogan que nos promete una solución, nos da esperanza, sin decirnos cómo llegaremos a la epifanía. Y hay gente que lo cree.
Lo cierto es que el primer año del nuevo gobierno será feroz y la estabilidad será producto de una acción integral en varios frentes, que deberá ser ejecutada con precisión técnica y habilidad política. Se intuye que no hay solución única milagrosa. Será un proceso complejo, con incertidumbres iniciales, con riesgos que se deberá controlar, con costos que deberán ser distribuidos políticamente y con resultados que llegarán paulatinamente.
La estabilización será una operación política de alta complejidad en la que no habrá mucho margen para equivocarse. A la vista del avance de la crisis, el nudo gordiano del problema son las subvenciones a la gasolina y el diésel, porque debido a su dimensión son desbalances que tienen efectos sistémicos en el desequilibrio fiscal, la disponibilidad de divisas y la recuperación de la confianza de los agentes económicos y los prestamistas externos.
Frente a este reto, las respuestas de la mayoría de candidatos varían mayoritariamente entre la negación, como es el caso de Del Castillo, que insiste en negar el problema siguiendo el ejemplo de la irresponsable inoperancia de Arce, la demagogia de Reyes Villa, que promete un oxímoron patético, “levantar la subvención y vender gasolina a Bs 5 el litro” y la pulsión monotemática de Tuto, que quiere convencernos que es una especie de Mandrake de los créditos externos.
Hay que reconocer que solo Samuel Doria Medina y Andrónico Rodríguez parecen haber comprendido que ésa es una de las cuestiones críticas de nuestro futuro económico de corto plazo, aunque sus enfoques sobre su tratamiento difieran en varios puntos.
Ambos coinciden en que no se puede seguir con el actual esquema de subvenciones. El primero, sugiriendo su desmantelamiento en los primeros meses de su eventual gobierno, empezando por el diésel acompañado de algún esquema de compensación para las personas de menores ingresos. Mientras que el segundo sorprende con una propuesta, algo más sofisticada políticamente, pero llamativa viniendo desde la izquierda, que considere su eliminación gradual, con compensaciones de diverso tipo y con acuerdos con los sectores involucrados.
Andrónico, como en varios aspectos de su programa económico, parece preocupado por la construcción de consensos sociopolíticos para sostener políticas que tienen el potencial de impactar en los ingresos de las mayorías y aumentar los costos del transporte y la producción, alentando alzas de precios que tensionaran inevitablemente a la sociedad y la política. Por tanto, desde esa perspectiva, la vía de los acuerdos sectoriales y sociales parece recomendable, aunque su negociación y la arquitectura de compensaciones que pueda emerger será compleja y no estará exenta de un riesgo de bloqueo.
Frente a esa perspectiva, la simplicidad tecnocrática del enfoque de Samuel tiene también sus argumentos a favor y en contra. Podría ser más eficaz, pues dependería únicamente de decisiones del poder ejecutivo y de sus aliados políticos, sin tener que meterse en negociaciones y pactos barrocos. Pero la duda es si la sociedad va a aguantar el unilateralismo y una eventual no consideración de las múltiples realidades económicas de los involucrados.
Puesto de esa manera, el debate electoral empieza a ser recién interesante y relevante, pues está tocando las preguntas imprescindibles sobre cómo podríamos encarar el nudo gordiano de nuestro desequilibrio económico que luego podría habilitarnos, recién, para un nuevo ciclo de crecimiento. Al parecer, podríamos hacerlo de un tajo o desenredándolo mediante acuerdos sociales.
*Es investigador social





















































































