El país vive, estos días, un luto profundo causado por el uso deliberado y desatinado de la población por parte de los líderes políticos. En medio de una crisis económica que afecta a todos los y las bolivianas de una u otra manera, era de esperar que se sumaran conflictos sociales a este escenario. Era lógico, y no prepararse para ello resultaría ingenuo, y de alguna manera hemos decidido creer esta segunda opción. Sin embargo, no culpo a aquellos que deciden ignorar la situación y refugiarse en pequeñas victorias como conseguir gasolina en “solo” dos horas. Existe un problema mucho más grande que, quizás, también hemos decidido naturalizar y proyectar en otras causas, a veces menores. Dentro de la política boliviana, nos hemos acostumbrado a obedecer a los líderes de turno para alcanzar los objetivos como nación.
Desde Paz Estenssoro con el MNR, hasta Banzer y los jefes de las dictaduras militares, nos manejaron líderes carismáticos, pero también fuertemente dogmáticos. Es válido preguntarse: ¿Cuándo fue la última vez que una propaganda política no se centró en la imagen del candidato? No siempre debe ser así; es más, en una simple búsqueda en internet se puede encontrar mil maneras más de cómo realizar una campaña centrada en propuestas y partidos, más que en profetas. Entonces quedamos a merced de líderes, sea donde sea que nos guíen, porque cuestionarlos y enfrentarlos se vuelve traición y quien se atreve a hacerlo es castigado con el exilio hacia el otro bando. Estamos obligados a apoyar fielmente a un personaje porque odiamos más al otro.
Hoy se puede seguir observando más de lo mismo en el contexto electoral que se nos presenta como votantes. Por un lado, los candidatos de la oposición se concentran en construir una narrativa que resalta efusivamente que la guerra es contra el MAS y su gente. El gobierno de este último partido, que sigue en el poder, demostró muchas falencias y la destrucción inexcusable de la institucionalidad en el Estado. Aun así, vale la pena reflexionar sobre si esta desastrosa administración debe ser uno de los puntos centrales del plan de campaña presentado por la alianza Libre, sobre todo para pensar en el futuro del país. Dentro de todo, es un plan que presenta una estructura clara del tipo de políticas que se quiere implementar, pero es inevitable observar que su redacción se esfuerza en hablar en demasía de las proezas de Quiroga en su gobierno y las atrocidades del oficialismo de los últimos 19 años (exceptuando el gobierno de transición). Entonces, surge otra pregunta: si se logra el cometido y se expulsa al MAS del poder, ¿realmente existe una voluntad de gobernar a todo el país y no solo a los simpatizantes? En algunas partes del documento se sugiere que se busca una gobernanza para todos, pero se sigue insistiendo en la existencia de un enemigo malvado y la figura salvadora del candidato de Libre (ni siquiera de más protagonistas del propio partido).
Por otro lado, está un líder consumido por la egolatría y la sed de poder, uno dispuesto a destruir el país y gobernar a lo que quede. Es de notar la habilidad que tiene él para asociar su imagen con todo un movimiento social para poder manejarlo y colocarse como el autor único e incuestionable de sus manifiestos. Esto resulta doblemente peligroso porque, precisamente, su carácter y actitudes violentas luego se ven replicados a una escala insostenible para el resto de la población. El poder atribuido a este caudillo le otorga facultades ideales para cualquier tirano: un grupo numeroso, fuerte y lleno de rencor que obedece doctrinalmente sus mandatos.
Ambos actores me llevan a reflexionar sobre un problema que considero estructural e histórico de Bolivia: la dependencia hacia las figuras de liderazgo. Es común y hasta esperable que, como sociedad, nos dejemos influenciar por líderes con los que nos sentimos identificados de alguna manera. Sin embargo, en un país donde la democracia y la institucionalidad atraviesan un estado deplorable, es urgente dar un giro al discurso político: dejar de confiar el futuro del país en una sola persona y pasar a un proyecto estructurado, con instituciones autónomas al mando (hablar de ministerios, no de ministros). Este cambio lo podremos notar cuando los partidos dejen de hacer campaña con imágenes gigantes del candidato abrazando a una mujer indígena llorando, a otro haciendo tiktoks bailando mientras expone sus propuestas y a otro proliferando desde una guarnición paramilitar que no se realizarán las elecciones si no le llega invitación.
Mateo Gonzales Montaño es comunicador social.















































































