En diciembre de 2005, la militancia del Movimiento Al Socialismo (MAS) pregonaba “jichhapi jichaxa” (ahora es cuando, del aymara). Entonces, Evo Morales ganaba las elecciones y, por primera vez, el movimiento indígena y popular llegaba a la cima del poder ostentado por años por coaliciones conservadoras o partidos de derecha.
Comenzaba el llamado “proceso de cambio”, que implicaba la apertura del Estado a sectores históricamente excluidos y su reestructuración política, económica y social con la impronta del movimiento indígena originario campesino.
Y la Asamblea Constituyente, que conservó la hegemonía del MAS, consolidó el Estado Plurinacional a través del nuevo contrato social que implicó la Constitución Política del Estado.
Mientras, Morales se asentaba más en el poder, hasta conseguir una y otra elección con votaciones históricamente mayoritarias. Sin embargo, su desobediencia al referéndum de 2016, que le dijo No a una segunda reelección presidencial, fue el principio del fin.
Sin embargo, con ayuda el Tribunal Constitucional, en 2019 Morales zafó aquel veredicto electoral y se presentó como candidato. Al cansancio de una parte de la población por su persistencia de buscar la reelección, el parón del sistema de transmisión de resultados electorales preliminares encendió la crisis: la irrupción de Luis Fernando Camacho, el motín policial, la reunión extralegislativa de la UCB, la denuncia de “fraude” electoral, la renuncia del presidente, el golpe de Estado, la autoproclamación de Jeanine Áñez y el asilo del expresidente.
La situación dejó en el limbo al MAS, pero luego del desastroso gobierno de aquella se repuso en las elecciones de 2020 al ganar la votación con Luis Arce, candidato impuesto por Evo Morales, a pesar del ampliado de Huanuni que había definido el binomio David Choquehuanca-Andrónico Rodríguez. Como se sabe, el otrora líder del MAS había decidido el nombre de su otrora ministro de Economía en diciembre de 2019, durante su asilo en México.
También en México Morales se había planteado volver al poder en 2025. Es decir, pensó que Arce iba a ser solo un presidente “transitorio”.
Esa condición explica su temprana ruptura con el mandatario, a quien lo llamó traidor y no terminó de desacreditarlo en los últimos cuatro años. Se convirtió en su enemigo político, al punto de boicotear muchas leyes para la gestión gubernamental, entre ellas los créditos.
Esa ruptura se contagió en las organizaciones sociales del antiguo Pacto de Unidad que, en su momento, sostuvo a los gobiernos de Morales.
Así, el MAS se bifurcó entre evistas y arcistas. Sin embargo, una sentencia constitucional consumó la división: el partido se quedó del lado del arcismo y el evismo tuvo que renunciar en masa.
Lo paradójico de esa decisión es que legisladores evistas continúan en filas del MAS, entre ellos Andrónico Rodríguez, que, apartado de forma escandalosa de su mentor, es candidato presidencial por otra organización política, Alianza Popular, sin la bendición de Morales.
Al frente, luego de la declinatoria de Arce, el exministro Eduardo del Castillo se postula por el MAS. En tanto, Morales, impedido por fallos del Tribunal Constitucional y por los plazos del calendario electoral, verá si sus dos antiguos correligionarios pueden repetir victorias del MAS.
Mientras, el “proceso de cambio” hace aguas por el divorcio miserable de sus líderes, aunque tiene por muchos años más el sostén de la Constitución, que solo podrá ser tocada con una Asamblea Constituyente difícil de convocar.

















































































