Hace un tiempo cuando leí el libro de Isabel Allende “Más allá del invierno” me quedé pensando en una curiosa aseveración de uno de sus personajes, quien mencionando a las pandillas que cometían atrocidades en Guatemala dice que las hacían “intoxicados con la droga más adictiva: el poder con impunidad”. No sé si es la droga más adictiva o no, pero que el tener poder y ejercerlo recurriendo a cualquier barbaridad y quedando impune alimenta a la bestia y el tamaño de sus bestialidades.
Quien toma conciencia del poder que ejerce, por pequeño que éste sea, defiende ese espacio a cualquier costo. Depende de la formación, de si tiene principios o no, para que esa defensa se realice racionalmente o a dentelladas, sin respeto a ninguna ley o norma. Hablo de pequeños espacios de poder como por ejemplo el que tiene un funcionario público, a quien para tu desventura le exigiste cumplir con el plazo según el reglamento estipulado. En ese mismo instante el funcionario decretó que no le caes bien, entonces decide ejercer su poder poniendo tu carpeta al final de todos los archivadores. Tú y él saben que si te quejas te irá peor, en silencio observas la mirada que te ningunea y sin lugar a dudas te dice quién es el que manda. De la misma manera el motociclista que se siente poderoso en su vehículo cruza velozmente mientras el semáforo está en rojo, sabe que no hay ningún patrullero, que si tú lo viste nada puedes hacer porque estás en la mitad de la calle agradeciendo que no te atropellara. Se hará adictivo al poder con impunidad.
El poder con impunidad no es para quien mantiene valores, o para quien aún tiene sentido de la racionalidad. Penosamente para los ciudadanos de a pie, los bolivianos que detentan el poder político y económico han demostrado durante este tiempo preelectoral demasiada desfachatez y absoluto olvido del bien común. En este triste manejo del poder ha jugado su rol la impunidad que los ciudadanos hemos permitido por la indiferencia en unos casos o la impotencia en otros.
Sin embargo, no es momento de echarnos sobre las espaldas toda la mala fe, el oportunismo, la maniobra política. Los ciudadanos confiamos —a veces con mucha ingenuidad— en lo que nos prometen. De todos modos, quienes tienen poder y se sienten por encima del pueblo, no saben que mientras ellos miran desde arriba, quienes soportan su peso también tiene el poder de retirar el hombro.
(*) Lucía Sauma es periodista














































































