El papel simbólico de la Vicepresidencia en Bolivia recibió decoración étnica con Víctor Hugo Cárdenas, entre 1993 y 1997. Fue un cambio estético (multicultural), como cuando se reemplazan cortinas y muebles o las paredes se pintan de otro color. Empero, ese papel sufrió una transformación significativa con Álvaro García Linera y no solo en la conducción de la Asamblea Legislativa y la relación con el Ejecutivo. Su presencia mediática y la puesta en marcha de distintas iniciativas mostraban a un vicepresidente ejerciendo poder con propósitos claros.
En ese ejercicio político se creó el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la Vicepresidencia, una de las iniciativas más destacables en el “proceso de cambio”. Se fundó en octubre de 2013 y entre 2014 y 2017, bajo la dirección de Amaru Villanueva, consolidó su trabajo abocado a la investigación. La salida de Villanueva afectó al CIS, pero la labor de la institución siguió adelante.
La cosa se puso mal con el “gobierno transitorio” de Jeanine Áñez y pasó a peor cuando David Choquehuanca llegó al cargo que hoy ocupa. Bajo su dirección, la Asamblea Legislativa quedó sin rumbo. El “jilata” David, ignorando sus responsabilidades, se ocupó en fraccionar organizaciones para darle “base dirigencial” al Gobierno. Su presencia mediática osciló entre lo irrelevante y lo ridículo, como sus iniciativas.
Choquehuanca, hijo del multiculturalismo, adquirió prestigio internacional de “sabio indígena” desde que fue canciller. Su funcionalidad entonces radicaba en dar discursos que movilizaban prejuicios paternalistas sobre indios entre estratos medios y público extranjero. Con esas “destrezas” llegó a la Vicepresidencia, donde ha estampado el sello de su ineptitud.
Hoy, bajo su responsabilidad, el CIS agoniza en las manos incapaces de su equipo. Lo “mejor” que hicieron fue cambiar un poco el nombre en diciembre de 2023: Centro de Investigaciones Sociocomunitarias. Este gran avance “comunitario”, algo así como una “revolución de lo nominal”, es el límite máximo de quienes desencaminan dicho espacio.
En algún momento esta institución trabajó con “el propósito de producir investigaciones en ciencias sociales y humanas que contribuyan al fortalecimiento del Estado boliviano”. Dio oportunidad a investigadores, brindando al público textos en los que se indagaba sobre distintos aspectos referidos a Estado, política, derecho, economía, teoría e historia. En la actualidad, actúa como una dependencia secundaria del Ministerio de Educación: obsequia libros producidos en anteriores gestiones a unidades educativas y alardea al respecto. ¿Para eso se creó esa institución?
Pero también, cada cierto tiempo, organiza algunas charlas o seminarios pachamamísticos, en los que figuran personas como investigadores del CIS. ¿Qué están investigando? ¿Se pueden acceder a adelantos de sus investigaciones? ¿Hay espacios en los que se pueda discutir lo que vienen trabajando? Si se busca información al respecto en su sitio web (www.cis.gob.bo) se encuentra con que este no funciona (como el CIS).
Un amigo que conocí hace como 15 años asistiendo a presentaciones de libros y seminarios organizados por la Vicepresidencia me dijo recientemente: “El CIS de Choquehuanca da pena”; le respondí: “da náuseas”. Pasó de ser un centro de investigaciones a ser el templo de una secta folclórica y oscurantista (Sinclair Thomson lo palpó). El CIS está en descomposición, está pudriéndose. Con mucha razón Choquehuanca será recordado como el “inca-paz”, con todo y su equipo.





















































































