Un mínimo en democracia es que las elecciones, además de competitivas, sean ciertas. Para empezar, en su fecha de realización. Vamos bien: la convocatoria a los comicios de 2025 fija día inamovible para el voto. Y es el principal consenso identificado en el último estudio Delphi de la FES: “elecciones el 17 de agosto sí o sí”. Quedaron atrás el riesgo de adelanto por colapso del Gobierno y la tentación de postergación por autoprórroga presidencial.
Para que sean ciertas, las elecciones deben garantizar también el derecho a elegir. Conforme al calendario, estamos en empadronamiento de nuevos votantes. Es probable que rondemos los siete millones y medio de habilitados. Buena noticia: desde el padrón biométrico de 2009, el subregistro se ha reducido significativamente. Solo hay una alerta naranja: el débil registro en el exterior por falta de dólares no provistos por el Gobierno. Es un riesgo.
¿Y las candidaturas? El paisaje se va despejando y estamos a 15 días del plazo para la inscripción. Por ahora, la oposición tiene tres candidatos firmes: Samuel, Manfred y Tuto. Es incierta la situación de Chi, sin partido; y de Jaime, casado con la facción no oficial del PDC. Y hay otros pequeños, como Rodrigo y Ruth. El expropiado MAS-IPSP, por su parte, le meterá nomás con la repostulación de Luis. No hay certeza aún sobre la sigla para Evo y la difícil decisión de Andrónico.
Luego vienen actividades diversas, con plazos en el calendario, como la campaña electoral, los programas de gobierno, la propaganda en medios, el (no) debate, las renovadas encuestas de intención de voto, la consolidación del padrón, las papeletas de sufragio, el sorteo de jurados y toda la logística para llegar a la jornada electoral. Podemos confiar en la legitimidad y experiencia del OEP, como factor de certidumbre, para administrar los comicios.
Quedan dos cuestiones que pueden malograr el requisito mínimo de elecciones ciertas. El primero es la resolución del TSE sobre la habilitación o no del candidato Morales a la reelección discontinua, no prohibida en la Constitución. Desde hace una década, es un asunto que polariza. La otra cuestión, más técnica, es la implementación y funcionamiento sin fallo del sistema de resultados preliminares. Lo demás son condiciones de contexto y cuenta regresiva.
Está finalmente, como principio democrático, la certeza sobre el reconocimiento del resultado. Para coronar el proceso, la noche del 17 de agosto ningún actor relevante debe cantar “fraude monumental”, empezando por los candidatos derrotados. Es deseable asimismo que nadie toque puertas en los cuarteles pidiendo “junta cívico-militar”. Necesitamos elecciones ciertas.
FadoCracia populista
- En su precoz campaña electoral, un carismático candidato aseguró que necesitaba “100 días carajo” para sacar al país de la crisis. Si fuese presidente, pues, el 12 de febrero de 2026 seremos felices. 2. Más radical, quizás por su exceso de juventud, otro candidato aseveró: “Nada de 100 días, en un día carajo”. Si gana, el 9 de noviembre el “Estado tranca” estará roto. 3. Un tercer candidato, de la vieja guardia del mercado de valores, jura que, ¡en una hora!, mientras lee su discurso, sin haber pisado Palacio, tendrá un tendal de presos. 4. ¿Quién da menos? Ojalá algún candidato requiera cinco minutos (siete exagerando) para decretar el fin de la crisis múltiple. No aguantamos más. 5. También podría haber un pre-presidente que cambie Bolivia sin todavía ser electo, a punta de nostalgias. 6. Poco antes de asumir la presidencia, en la histórica plaza San Francisco (“el hambre no espera”), Siles Zuazo prometió desmantelar la corrupción y aliviar la grave crisis económica en 100 días. Sobran recuentos. 7. Viene un Gobierno de transición. Le tomará algunos años, si va bien, encaminar soluciones. “Toda promesa es ilusoria”, enseñó Borges.




















































































