Hace algunos días, en la ciudad de La Paz, tuvimos una visita no muy agradable de los cooperativistas mineros. Fue una incursión en la ciudad, solicitando varias demandas al gobierno del presidente Luis Arce Catacora, como la falta de explosivos y de combustible para sus actividades. Pero también la explotación en nuevas áreas protegidas como el salar de Uyuni. Al ver que tomaban las calles en la ciudad, comparaba lo que sucedía hace varios años con los mineros y en esta misma ciudad. Erigía mucha comprensión, solidaridad y, sobre todo, apoyo en sus movilizaciones, hospedándoles, por ejemplo, en las aulas de la UMSA. Hoy es diferente, a pesar del uso de los cascos de mineros o guardatojos, todos nuevos, permite hacer una primera lectura de quiénes son y qué buscan. Los cooperativistas ya no son mineros preocupados en el país, en los sectores sociales postergados y menos son revolucionarios.
Las redes sociales se han convertido en el mejor espacio de información de lo que hacían en su estadía en las calles de la ciudad. Por ejemplo, las actividades nocturnas, como las visitas a los lenocinios, grandes borracheras en medio de bailes, incluso en las discotecas. También las compras masivas sin restricciones. Dicen que ya no tienen grandes ingresos de dinero por las políticas del Gobierno; pero ¿por qué siguen mostrando gran derroche de dinero en las actividades citadas? Los adictos a las redes sociales produjeron una especie de “fest mineritos”, burlándose de cómo de descarados y mentirosos son los otrora proletarios revolucionarios.
Queda muy claro, los cooperativistas mineros, que lamentablemente aún usan ese nombre para camuflar sus prácticas de grandes contaminadores de los ríos, son los nuevos ricos y empresarios. Bajo intimidación y amenazas, pretenden seguir usufructuando de nuevos recursos naturales del país. El Gobierno central tendría que solicitar el cambio de razón social a los cooperativistas. El término de cooperativa ya no cabe, pues ya son patrones, dejaron de ser proletarios hace varios años y la vanguardia política de los de abajo.
Pasando a otro tema, hablar sobre la Policía es referirse con mucho pesar e impotencia. ¿Quién no ha pasado alguna experiencia amarga de formas de coerción y hasta amenazas? Lamentablemente, se han convertido en un ente anexo, por no decir, en parte del hampa organizado. Es muy lamentable caracterizarlo así, pero es la realidad. Espero haya algún policía que no tenga la identificación señalada.
El asesinato de un joven de 22 años, que quería recuperar su celular que le robaron en la Ceja de la ciudad de El Alto, desató la protesta, malestar y tristeza en la ciudadanía por la enorme inseguridad, además de la falta de efectivos policiales en las calles de la ciudad.
La respuesta del Gobierno central y la Alcaldía de El Alto fue ridícula al instalar una especie de quiosco, llamándolo modulo policial. Esta forma de contestación ha adquirido la mofa masiva en las redes sociales. Hoy, la población alteña está en rebelión a las políticas del Gobierno sobre el accionar de la Policía, porque ya no se puede tolerar más, como lo sucedido y durante varios años.
El Gobierno tiene que tomar acciones inmediatas si quiere salvar a la institución policial. Lo más sensato sería cerrar la institución y componer otros mecanismos de acceso y, sobre todo, delinear cómo se puede garantizar, a través de la nueva formación académica, a policías que al menos aprendan a respetar y aplicar lo que estipula la Constitución de 2009. Qhipa urunakanxa janiw walikiti sarnaqawisanakaxa. Qhuyan irnaqirinakaxa, jach’a qamirixapxiwa. Ukhamaraki pallapalla jaqinakaxa lunthanakampiwa chikachisxapxi. Arsusiñaniya ¿janicha?
Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.




















































































