Los cruceños tienen suficientes razones, no ideológicas ni culturales, si no coyunturales y accidentadas, para afianzar su querencia y su fortaleza de identificarse como cruceño de pura cepa, ante algunos hechos que han generado un revuelo de críticas, comentarios, memes, chistes, etc: la actitud de María Galindo, directora de Mujeres Creando, de romper el tipoy, vestimenta típica femenina de Santa Cruz, como un todo geográfico y que tiene una larga historia. Que le valió que sea expulsada a gritos de la Marcha Indígena por las propias mujeres indígenas.
Además, en Santa Cruz los sectores cívicos han realizado desfiles, concursos y otras actividades como acto de desagravio del tipoy por la actitud violenta de la feminista, a quien le preguntaron si se atrevía ser lo mismo con una pollera.
Y el otro hecho recién: los golpes entre un ex dirigente del MAS vs un dirigente de la Unión Juvenil Cruceñista, quien corrió a chicotazos al conocido político, que marchó por la plaza con el puño en alto y con la sigla Evo Pueblo.
En este segundo caso, al dirigente unionista ya lo han catapultado como héroe cruceño y han tronado las bandas del “Viva Santa Cruz”, además tantas lisonjas y alabanzas que se han escuchado y se seguirán arengando en los medios de prensa, en las redes sociales, en los grupos de WhatsApp.
Y como muestra un botón que compartimos de opiniones de la gente en el Facebook, apoyando y rechazando:
Karen Mendez Pinto: Cruceño de ORO hay que darle un Oscar
Raul Soleto: Lo que la mayoría queríamos que sucediera
Carmelo DuranVivero: Ya era hora que lo pongan en su lugar
Marco Antonio CQ: Ese cinturón tiene que ser enmarcado y llevarlo a un museo
Blanca Luz Melgar: Puedo morir en paz.
Mirael Arroyo Paniagua: Petacones impresentables huaiqueando a otro petacón impresentable.
Cintia Zapata: Lograrán hacernos odiar a los cruceños con el resto del país
Carlos Becerra: Representan el brazo parapolicíal de la elite.
Ambos hechos han encendido el fuego del cruceñismo, que se viene repitiendo en cada gobierno de turno. Y sin duda, es usado como bandera regional para afianzar el discurso del ser cruceño, como aquel que produce, es pacífico, es el motor del desarrollo, es el que no bloquea y tiene los brazos abiertos para todos. Ergo, somos los buenos de la película.
Hay que agregar a ello la forma cívica de denunciar o protestar contra quienes no comparten sus ideas y propuestas, las mismas que son las únicas y verdaderas que tienen consistencia y que deberíamos apoyarlos todos, según el Comité pro Santa Cruz y que se refiere al pedido de identificar a los diputados cruceños que hayan votado por la abrogación de la cuestionada Ley 1720, con el objetivo de apuntarles con el dedo y gritarles: Traidores, enemigos de la cruceñidad.
Son formas de expresiones de malestar, de ira, de indignación ante determinadas situaciones, pero que no condicen con la grandeza y la dignidad de todo un pueblo, como es el cruceño, de quien el poeta dijo que “somos un río de pie”, no de rodillas ni andar mendigando limosnas ni arrastrarse al extremo de circunscribir la pelea ideológica, política a simples chicotazos, listas de traidores o enojos ante la rotura del tipoy.
Santa Cruz tiene una historia de grandes héroes y mártires, como el de Andrés Ibáñez, que llevó adelante su corta revolución igualitaria, que provocó el enojo de los oligarcas y terratenientes, quienes orquestaron luego su asesinato. Pero este luchador por la igualdad y libertad es casi invisibilizado por el sistema de historiadores e investigadores.
“¿Importó algo que hubiera provisto de luz eléctrica a la ciudad de Santa Cruz? ¿Sirvieron de algo mis discursos admonitorios a la vieja oligarquía acerca de las consecuencias de sus errores, o mis previsiones sobre la proximidad de la tormenta? No, no los salvé del naufragio ni pude evitar la marejada social. Producida ésta, apenas conseguí sobrenadar las embravecidas aguas, las que finalmente me arrojaron desnudo a las playas de un mundo extraño, propiedad de los ilotas electorales que antes me aclamaban por un pedazo de carne y una tichela de alcohol.
En los ojos de los nuevos protagonistas de la historia pude mirar playas desérticas y rocosas de indiferencia y menosprecio”, nos retrata a la sociedad y a poder cruceño el periodista y escritor, Oscar Barbery Justiniano en su obra “Yo, un boliviano cualquiera”.
La lucha por el respeto a Santa Cruz no se circunscribe a puñetazos, chicoteadas o listas de traidores; se basa en lo que ya nos planteó el intelectual Sergio Antelo: los cruceños y su libre determinación, a quien también lo borraron del mapa.















































































