Considerada bajo un Sistema de las Prácticas la arquitectura tiene tres fases: la práctica arquitectónica, la práctica arquitectural y la práctica social. Estas fases definen la totalidad del oficio de diseñar y construir con una visión contemporánea.
Actualmente, el gremio se desenvuelve en las dos primeras prácticas y, por esa limitación, el ejercicio profesional termina con objetos arquitectónicos que solo alimentan el ego de arquitectas o arquitectos.
Cuando la sociedad ocupa los ambientes proyectados y construidos por un profesional se suma la Práctica Social; y es en ese momento, cuando se configura todo el proceso del hábitat. Con el uso cotidiano, individual o colectivo, se forma el sentido social y estético de los edificios y las viviendas.
En otros términos: la Práctica Social termina de configurar, ideológica y artísticamente, cualquier obra de arquitectura. En la actualidad, los arquitectos piensan que lo resuelven todo.
Diseñando muros, espacios interiores y “atmósferas” piensan que la creación arquitectónica está concluida y cerrada. Para justificar esas decisiones, los arquitectos han elaborado un constructo muy peculiar y hermético: un metalenguaje que solo ellos entienden.
Por el contrario, bajo un pensamiento sistémico, es la Práctica Social la que confiere las dimensiones sociales y culturales de cualquier edificio a lo largo de su historia. Viviendo en una sociedad precaria y fragmentada como la nuestra –donde la movilidad social es intensa y la economía es una montaña rusa–, los resultados son insospechados.
Va un ejemplo histórico sobre el tema: el Ex Hotel Plaza en El Prado paceño. En diciembre de 2017, ANF publicó una nota que decía “en diciembre de 2013, el SIN embargó el inmueble y, como la deuda era alta, 86 millones de bolivianos, el hotel quedó confiscado”.
Por esa confiscación estatal, el otrora lujoso hotel está ahora tomado por emprendimientos comerciales de todo tipo desde ropa que viene en fardos hasta sopitas de fideo bajo estruendosos parlantes con música chicha. ¿Qué pasó? Pues, que la Práctica Social “transformó” al edificio. Pasó de ser el símbolo de los hoteles de lujo a ser el símbolo de intensas prácticas urbanas de un nuevo estadio social.
Las transformaciones que la Práctica Social produce en la arquitectura son múltiples: en sus funciones, en su estética, e incluso en su destino ideológico. El ejemplo histórico que me gusta reiterar es la Casa del Fascio, construida como sede del Partido Fascista de Mussolini en Como Italia el año 1932 por el arquitecto Guiseppe Terragni. Al terminar la segunda Guerra Mundial, se rebautizó como la Casa del Pueblo, una sede “democrática” para múltiples usos. Ese edificio europeo es el emblema del transfugio político.
¿Cuándo concebirán los arquitectos su oficio con pensamiento sistémico? Mientras tanto, va una anécdota sobre el ex Hotel Plaza. El día de su inauguración en el año 1978, me atreví a preguntar a Juan Carlos Calderón cuál era su intención con esa obra. Me respondió sin ambages: “yo traigo cultura a esta ciudad”.
Ese objetivo cultural duró, apenas, un par de décadas. La Paz de este siglo es la consecuencia, indefinida e incierta, de un conjunto pluricultural e hiperabigarrado (Alex Ojeda Copa dixit) que todavía no concreta un horizonte urbano. Mientras transcurre este tiempo de incertidumbres y paradojas, La Paz esta sometida a un ejercicio masoquista, delirante y estrambótico, de la fiesta, la protesta y los múltiples puestos del mercado “del día a día”.

















































































