Si una ciudad cuenta con una plaza, ¡ya tiene el lugar donde comenzó a construir su memoria!
Las ciudades que vemos en las postales nos cuentan hoy dos historias. La primera se refiere a lo que ocurrió con aquellos lugares abiertos a la experiencia ciudadana: espacios donde, en tiempos pasados, la población se reunía a través del paseo, las caminatas o los encuentros espontáneos. Incluso en las grandes metrópolis, esos escenarios permitieron construir espacios de expresión colectiva y dar forma a una parte esencial de la memoria social.
La segunda historia habla de la ciudad contemporánea. La urbe que avanza hacia su transformación en metrópolis del presente parece apostar por nuevos planes y proyectos para el encuentro y las actividades recreativas. Sin embargo, resulta paradójico que, en muchos casos, esas grandes avenidas que podrían propiciar una vida urbana dinámica se conviertan —por las exigencias del estilo de vida actual— en simples corredores de tránsito forzado.
La experiencia histórica muestra que muchas ciudades, especialmente en países desarrollados, han dejado de lado el diseño de espacios de concentración ciudadana o los han reducido a meras vías de circulación. Esta omisión ha llevado a que los encuentros sociales se desplacen hacia espacios cerrados.
No obstante, cuando llega el momento de recuperar costumbres y tradiciones, las calles de la ciudad antigua vuelven a ser recorridas. Se reactivan allí las prácticas móviles del pasado, como los bailes y celebraciones callejeras. La memoria, al parecer, no olvida aquellos lugares que resguardan la esencia histórica de las sociedades, particularmente en lo que respecta a sus prácticas expresivas.
Así, aunque ciertos proyectos urbanos busquen borrar las huellas del pasado, la población regresa a esos espacios para reavivar su memoria cultural. Esto confirma lo que Marco Polo sugería al describir ciudades con o sin memoria: incluso en medio de la modernidad, las historias propias renacen. Leonia, una de sus ciudades imaginadas, es el ejemplo claro: se rehace a sí misma cada día y, en ese acto, construye una identidad múltiple, diversa e inagotable. Algo similar ocurre con las ciudades reales cuando son apropiadas por sus habitantes.
En estas nuevas y relucientes urbes, donde a veces escasean los espacios concebidos para el disfrute colectivo, los simples recorridos comienzan a adquirir sentido. Empero, en la vida intensa y productiva de hoy, los espacios destinados al gozo ciudadano parecen diluirse.
Las plazas de antaño sobreviven muchas veces como piezas de museo urbano: preservadas, silenciosas, casi abandonadas. Ese silencio dice mucho sobre la vida contemporánea. Como afirmaba Marco Polo, incluso en una banca olvidada —donde alguien decide sentarse— continúa escribiéndose la historia de una sociedad. Esos sitios silenciosos guardan una memoria rica y diversa de quienes los habitaron.
Por eso, las ciudades con vida urbana intensa siguen multiplicando su repertorio de imágenes: aunque el deterioro esté presente, la exuberancia de sus relatos no desaparece fácilmente.
Hoy, muchas ciudades conviven simultáneamente con su pasado y su presente. Son dos ciudades distintas —como bien dicen los pensadores urbanos— que se miran constantemente pero no se aman.
Patricia Vargas
es arquitecta.
















































































